La reencarnación de Max Ehrlich

Antes de leer el último capítulo de La reencarnación de Peter Proud cerré el libro y fui al baño a fumarme un cigarro.

Estaba… muy tenso. Nervioso. Repleto de ansiedad… Necesitaba un trago pero a la mano sólo tenía aquel tabaco que robé del bolso de mi madre, como en los viejos tiempos.

Sabía en qué iba a terminar todo pero, ¿cómo lo resolvería el autor?

No pensé que llegaría a preguntarme eso.

Lo que sí es que esta novela tiene que ver conmigo más de lo que imaginé.

Supe de ella por un profesor, el profesor al que más respeté de la facultad donde estudié periodismo. En Facebook él tenía su perfil bajo el pseudónimo de Peter Proud, y cuando llegaba a poner algo, o cuando yo veía su perfil, me preguntaba quién chingados sería ese tal Peter al que se refería pero no hacía más, no buscaba. Nada de nada.

Cierto día, mientras husmeaba entre los libros viejos (uno de mis mayores placeres) que venden a las afueras del metro La Raza, vi un ejemplar de la novela en pasta dura. Ese ejemplar no tenía texto de cuarta, de contraportada. En la página legal decía que fue editado por Grijalbo España, impreso en México. Lo sostuve unos momentos, le di unas vueltecillas, pero esa vez no me animé a llevármelo. Pensé que quizá no valía la pena y que aquel pseudónimo que había usado el profesor era sólo una mofa (no había, como ya dije, investigado nada sobre el tal Peter). Lo dejé pasar, compré otro libro, creo, y pasados muchos días, meses, regresé a husmear a aquel lugar en búsqueda de otro libro del que espero escribir algo pronto (es que es de esos que me llevó al camino de la escritura, por decir lo menos). En esa búsqueda, en el mismo puesto, volví a toparme con Peter Proud. Me pareció por demás curioso: ya lo había olvidado, pero al momento lo recordé y volví a revisar el volumen. Nuevamente noté que no tenía texto de cuarta, así que le eché una hojeada “más profunda” que la anterior. Así me topé, en las últimas páginas, con una breve semblanza del autor, acompañada de una fotografía en blanco y negro. Ese breve texto enunciaba que este hombre vivía en Los Ángeles con su mujer y sus dos hijas, que era autor de otras varias novelas, guionista de cine y de televisión. (Si tuviera el ejemplar a la mano la pondría literal, pero lo presté en cuanto lo hube terminado.) Echando otro ojo por la red me encontré que también fue periodista. Que nació en Springfield. Que es homónimo de un famoso actor y director de teatro alemán. Y que ya murió…

Su nombre: Max Ehrlich.

Confesaré que fue esa semblanza la que me ayudó a llevarme aquel ejemplar (y los veinte varitos que costó). Pensé que probablemente aquel profesor no estaba bromeando y que en su juventud había leído este libro y que le había gustado. Que el hecho de que aquel autor fuera periodista y guionista le había causado curiosidad, o que se lo habían recomendado a él en la facultad por esa misma razón, y que lo había disfrutado.

Eso pensaba cuando ya estaba leyéndolo en el metro. Lo primero que noté fue el oficio del escritor: aquella era una narración precisa, clara, sin ambages, que entraba de lleno en la acción. Muy visual, muy cinematográfica. En corto leí los primeros dos o tres apartados, aunque tuve que parar porque llegué a mi destino. En fin, una vez que estuve en casa entré a la red y por vez primera investigué qué pedo con este libraco y con el tal Peter. Me topé con que no era tan famoso como pensé. Un bestseller más en el mundo. Novela setentera que contó con su versión cinematográfica (que vi aquí, por cierto, hace unas horas). Mención aparte, y aunque el mismo autor fue el guionista, la peli sintetiza toda la novela -sus más de doscientas páginas- en menos de dos horas; eso provoca, naturalmente, que la tensión y atención que Ehrlich provocan por escrito se diluyan hasta no causar absolutamente ninguna emoción, o casi ninguna. No a mí. Si acaso me recordó a ciertas pelis porno que tenía mi padre ocultas en casa (y que descubrí porque siempre he sido un metiche) por su producción de bajo presupuesto. Acaso, eso sí, me dio un mejor panorama de cómo se veía el mundo en aquel contexto, en aquellos años.

El camino de La resurrección de Peter Proud en su versión cinematográfica me llevó a una cosa que no sabía y que me congratulé por conocer y que también me pareció muy curiosa: David Fincher (uno de mis cineastas favoritos) pensó dirigirla por allá de 2009. No encontré noticias recientes que digan algo más, como si el proyecto murió o qué. Acaso un texto en el que Fincher menciona que, en efecto, buscó los derechos de la novela, pues esta película fue de las primeras que le hizo pensar que él pudo haberla dirigido mejor. No lo dudo. Aunque repleta de muchachas piernudas (menos mal), la peli, como dije, incluso a veces parece no tener sentido. Me hizo pensar que si alguien no había leído antes la novela no entendería un carajo al verla. En fin, que me emocionó mucho el hecho de que Fincher pudiera dirigir una versión actual de este libro. Y fantaseé, conforme lo leía, la forma en que se vería la película… Porque justo él me parece un tipo que sabe adaptar muy bien novelas a la pantalla grande. De hecho pensé en él un momento antes de saber esto, antes de saber que en algún momento el director buscó adaptar este libro: La reencarnación de Peter Proud me recordó un poco a la novela El juego, de Jeff Rovin, la cual Fincher adaptó muy cabrón al cine, provocando en mí que la buscara y leyera. Y así lo hizo con El club de la pelea, Perdida, El curioso caso de Benjamin Button, La chica del dragón tatuado… Novelas claras, concisas, macizas, que te agarran del cogote, que no te sueltan. Que pudieron ser bestsellers o no, pero cuya calidad narrativa, cuya honestidad al contar una historia (sin mamarrachadas intelectualoides) las hermana.

Perdón, me emocioné.

Regreso.

Todo esto viene a cuento porque al día siguiente de las navidades recientes me propuse culminar con la lectura de esta novela. Y ahí estuve unas horas, enganchadísimo, leyendo en la casa materna. En un momento en que descansé la vista, mi padre miró lo que estaba leyendo y dijo: “Ese libro lo leí cuando tenía tu edad. Lo presté y jamás me lo devolvieron. No lo había vuelto a ver hasta ahorita”. Eso sí que me pareció muy curioso: justo pensé que, cuando terminara de leer, le regalaría el libro a mi padre porque él es, sobre todo es, un ferviente creyente de la reencarnación…

Vaya, este libro estaba repleto de coincidencias vitales.

Me asustó un poco, debo decir, porque de lo que se trata es más o menos de eso: del destino insoslayable que tiene un alma que reencarna, que no muere. Un destino perpetuo. Quizá el mío tenga que ver con este libro: hasta me la chaqueteé mentalmente pensando que en una de esas Max Ehrlich reencarnó en quien esto escribe (murió algunos años antes de que yo naciera…). Su estilo (seguí jalándomela) me pareció tan familiar…

Mi padre me despertó de un zape. Me contó más o menos por dónde iba el libro, y casi me revela el final antes de tiempo. “Te vas a sorprender”, sentenció nomás, por suerte. Cuando lo dijo aún me faltaban algunas decenas de páginas; le creí, pero no pensé que fuera para tanto: para cerrar el libro, respirar, desear un trago, fumarme un cigarro en el baño…

Cuando finalmente terminé de leer (tras armarme de mucho valor), me encerré entre las sábanas y tardé un rato en dormir. Estaba sabrosamente consternado. Qué chido que una novela te ponga así, pensé.

Sobre todo estaba feliz de habérmela encontrado.

En fin, para medio cerrar esta serie de mamadas que he escrito, quisiera contar que antier me topé nuevamente con ella (como dije antes, ya la presté). Estaba buscando cierto título fundamental de las letras mexicanas (y que encontré en la edición que quería, válgame dios) y de pronto, entre los estantes de esa librería de viejo donde husmeaba, vi el lomo en pasta dura de La reencarnación de Peter Proud. Lo saqué, le di una hojeada, miré el precio (cincuenta varitos más caro que lo que me costó en La Raza; eso sí, era un ejemplar más cuidado). No había otro título del autor, así que devolví el ejemplar a su sitio. Me fui sin él. Pero me dejó pensando que no me ha dicho todo lo que tiene que decirme.

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