A media carretera

Desde el interior de la patrulla un rayo de luz apuntó a mi ojos. El auto se detuvo junto a mí y una voz que también venía de dentro dijo: párate. El alcohol o el miedo me hicieron detenerme al instante y alcé las manos. Recordé que ese gesto ya lo había hecho antes, en circunstancias similares, solo que en vez de policías aquellos que me detuvieron, y que manejaban un taxi, parecían secuestradores. Parecían porque no quise averiguarlo y esa vez logré escapar corriendo. Ésta no. No he hecho nada, pronuncié con esfuerzo en voz alta, para que quedara claro que no era un delincuente, y entonces los dos policías bajaron. Revisión de rutina, dijo uno. En la oscuridad de aquella avenida no pude ver sus rostros. Parecían dos sombras, dos demonios con los que tenía que encontrarme por pretender buscar un taxi que me llevara casa a esas horas de la noche. A ver, qué traes en la mochila. Abrí el cierre. Unos libros salieron en mi defensa. ¿Y eso qué es?, señaló uno. Mis audífonos, es su funda. Ábrela, dijo. La abrí. Recién los había comprado, me salieron carísimos, y pensé que esa sería la última vez que los vería. Por suerte los vieron y de inmediato los guardé. Pon todas las cosas que traes sobre la cajuela. Las puse. Qué traes en la cartera, muéstranos tu identificación. Les mostré. Vienes bebido. Sí. ¿A qué te dedicas? Supongo que yo tampoco estaba solo y un ángel guardián evitó que dijera que era periodista. Uno independiente, sin paga, con una breve trayectoria. Sin identificación de medio alguno aunque estuviera impulsando el proyecto digital llamado Kaja Negra, donde además de escribir editaba los textos, no sólo los periodísticos sino los literarios y los que se cruzaran. Que hacía periodismo básicamente por amor al arte desde que descubrí mi vocación en la preparatoria, a los quince años; que lo estudié en la UNAM y que nunca me arrepentí. Que mis temas eran justo los de la gente que vaga en las calles por la noche en búsqueda de un refugio. Los perdedores. Los transgresores. Que repudiaba las injusticias. Que estaba atraído por el caos. Por la vida, que por eso hacía periodismo. Mi mente se la pensó unos segundos mientras las dos sombras revisaban mis pertenencias, entre ellas un iPod que me había regalado mi mujer con todo el amor que me tenía, y un poco de tequila que llevaba en una botella de un cuarto de litro: lo que había sobrado del breve encuentro que había tenido con uno de mis maestros de la palabra escrita y que acababa de culminar momentos antes. Él me dijo, te pido un taxi. Yo le dije, no hay problema, ahorita agarro uno y lo dejé en la puerta de su vivienda. Sólo quería caminar un poco, fumar, hallar un cajero porque ya no llevaba efectivo, e irme a casa. Además viene tomando en la calle, dijo uno, y respondí a ambos que no, que sólo llevaba aquel trago en la mochila. Dime a qué te dedicas, insistió el otro, ordenando, y entonces pronuncié: soy escritor. Supongo que ninguno de los dos se lo esperaba. Uno preguntó: y qué escribes. Dije que historias sin importancia. Hubo un silencio y yo pensé que me había salvado. Decir en México que uno es periodista, al menos a media carretera, en la madrugada, frente a dos policías, era más peligroso que confesarse asesino. Fue que vislumbré el panorama: no había muchos autos alrededor, y aventarme un tiro contra ellos podría ser mortal. Tendría que dejar que me robaran a placer o acabaría como cadáver en algún parque a la mañana siguiente. Así que permanecí en silencio. De pronto los policías se encaminaron al coche tras devolverme la cartera, pero sin que hubiera recogido todo aquello que estaba sobre la cajuela, y dijeron: se acabó la revisión, te puedes ir. Los vi subirse al coche, encender el suitch y arrancarse. ¡Hijos de su puta madre!, les grité mientras trataba de jalar mis cosas desesperadamente con los brazos; éstas cayeron sin tregua y conforme tocaban el suelo parecieron fundirse en las tinieblas. La patrulla se alejó. Me habían robado mi tarjeta de débito, el iPod, mi teléfono, y alguna otra cosa. Permanecí ahí un momento más: estaba muy lejos de mi hogar, sin manera de comunicarme y sin dinero. Bebí entonces aquel trago de tequila que me quedaba, lo bebí hasta el fondo, lancé un grito a la nada y empecé a caminar con la certeza de que aquello solo era el principio.

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