Acerca de los falsos profetas

Me pasa seguido, seguramente porque el cartel es mi medio favorito de comunicación, que si observo el anuncio de una película y éste me llama la atención corro a verla al cine, o a donde se pueda. Eso me pasó hace poco, cuando recién anunciaban el estreno de González: falsos profetas, una película que, según el afiche, abordaba el tema de estas iglesias lideradas por hombres que hablan en portugués (de indefinida nacionalidad pero probablemente brasileños), esos que en ciertas noches de desvelo hemos visto en la televisión.

Esos que, algunos de nosotros, consideramos unos farsantes hijos de perra, pero que algunos otros ven como auténticos poseedores de la palabra del señor. Los hemos visto en esas noches de insomnio, a los hombres y mujeres que desesperados acuden y cuentan sus cotidianas situaciones de impotencia, urgidos por un poco de caridad que los hombres que hablan portugués están dispuestos a brindarles. Ahí no lo dicen, pero es bien sabido (porque la gente ya corrió con el chisme) que los portugueses son, sobre todo, hombres de negociosos dispuestos a exprimir hasta la última gota, el último centavo de los roídos bolsillos de sus fieles. Así que por sí mismo el tema me parece que vale la pena abordarse en una película, especialmente para aquellos que hemos abandonado el rebaño desde hace tiempo y que incluso poseemos un interés periodístico al respecto. En una entrevista, el director reveló justamente el interés periodístico que una compañera suya del CCC tuvo, pretendiendo hacer un documental sobre estos centros religiosos y topándose con una inclemente y violenta pared para no realizarlo. El oscuro negocio de la fe que no pretende ver nunca la luz.

Así, con estas ideas en mente, acudí a la Cineteca y con todas las expectativas me senté a mirar la película. De inmediato uno se da cuenta de que las cosas no serán como uno pensaba, que serán simplemente de otro modo e irán de menos a más. O de mal en peor, cuando se trata de la situación de un hombre, cuando se trata de ponerlo contra la pared. Un hombre desesperado, inmerso en la podredumbre de la cotidianidad, de la falta de empleo, de la falta de ingresos, de las deudas. De la falta de mujeres. De la falta de amor. Un hombre que pelea día a día contra su frustración para asomar el rostro entre la mierda en la que está sumergido se encuentra de pronto con la salida fácil que los portugueses son expertos en ofrecer. Pero esa salida se torna hostil. Porque el paraíso no está al alcance de quienes nos venimos arrastrado en el pinche infierno. Harold Torres, el actor que protagoniza esta cinta en el papel de González, encumbró perfectamente el desasosiego de un cabrón al que lo persiguen el banco, su madre, su arrendador. Su soledad. Sus demonios. Su expresión facial, la forma en que enfrenta las cosas, el hecho de cubrir con cartones la ventana de su cuarto para que no entre el sol… Es un hombre cuya nube negra no lo deja de perseguir: la tiene ahí encima llenándolo de agua, de rayos y truenos, y no lo dejará ver la luz en mucho tiempo. Tal cual nos ha pasado a algunos de nosotros en este pinche país: por más que se trate de salir es tanta la mierda que hay tragársela hasta casi ahogarse. Si se sobrevive, felicidades: uno ha tenido éxito.

Es en ese mundo casi subterráneo, pero tan común, donde comprar a crédito una televisión puede ser tan atroz como colgar cabezas de un puente, donde Dios no se para a saludar, que sus emisarios que hablan portugués hacen como que nos escuchan, mientras se enriquecen sin atisbo alguno de sentir que están pecando. Son los elegidos, los que no tendrán que sufrir más de la cuenta para poseer una sonrisa en el rostro. Por lo que harán sentir su impunidad, y hasta el último momento creerán que sus alcances son, justamente, infinitos.

El amor, por su puesto, ha de aparecer por aquí. Afortunadamente no lo hace de la forma más melosa, pues en este entorno pantanoso sería imposible. Se manifiesta entonces de la forma quizá más pura: cuando un hombre se halla en la cima de su desesperación, como diría Cioran. En esa cima, que bien puede ser el más profundo de los agujeros, emergerá entre un hombre y una mujer el sentimiento más auténtico, más celestial, por el que vale la pena querer continuar lo que reste del camino, sea una hora o cien años de latigazos.

González: falsos profetas me parece una enorme película. Salí de la sala pensando que era de las mejores películas mexicanas que he visto en los últimos años. Eso no significa nada para el lector, ni para nadie, pues soy un insensato que ha visto solo unas cuantas cintas y no tiene más punto de comparación que sus propias ruinas. Que su propio dolor reflejado en una pantalla.

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