La maldad nuestra de cada día

Le estoy hablando a mi familia […] Habrá algunas cosas que descubrirán sobre mí en los próximos días. Sólo quiero que sepan que, por feas que se vean, las hice con el corazón puesto en ustedes.

Es hasta que las personas que amas te miran aterradas que te das cuenta.

Nada más sutil y contundente que los ojos de la pérdida. Total e irreversible.

Finalmente, uno lo sabe, fueron las decisiones. Esas que no escatiman en dejar caer todo su peso sin previo aviso. Sin embargo uno espera su llegada, paciente, atento, y pretende prepararse aunque sea inútil.

Así que uno sabe, en ese momento, que el daño está hecho.

Que se es malo.

Aún cuando esa maldad provenga de la razones más buenas. Porque esa maldad siempre ha vivido dentro y no queda mas que entregársele. Sólo era cuestión de tiempo para que viera la luz y se apoderara de todo. Y dejara su indeleble constancia especialmente en las personas más queridas. Ahí donde más duele.

Es entonces que hay que aceptarlo: las personas que amas no te aman más.

Te odian.

Y nada queda por hacer.

Después de terminar de ver las cinco temporadas de Breaking Bad, hecho polvo, anonadado, volví a ver el primer capítulo de la serie casi por inercia, como queriendo impedir que todo terminara. Ahí me encontré con las palabras que pongo en cursivas, las que Walter White le dirige a su familia antes de ser capturado por la policía. Y entonces pensé en la redondez de la trama. En cuán perfecta es. Claro, cosas que ya han dicho todos sobre este programa de televisión que me tardé en descubrir (el error no reside en verla ocho años después de que se estrenara -lo cual agradezco porque pude verla de corrido y sin el ánimo de otros espectadores-, sino en no verla. Nadie debería cometerlo). Y no dudo, gracias a mi ignorancia, que ésta es una de las obras de ficción más poderosas creadas en cualquier medio y formato de los últimos tiempos, del cine y la literatura (aunque WW exista). Y de la televisión. Quién lo diría: tan denostado medio otorgando al gran público una obra maestra (así que no se nos olvide, por favor, que el medio no es el mensaje). Un western moderno cuya cinematografía me dejó apabullado. Lo poco que sé sobre eso, sobre el trabajo de la cámara, me deleitaba en cada episodio. La forma en como se cuenta esta historia (una sobre los cambios, en general, que puede sufrir cualquier persona; a propósito evoqué esta canción de Godsmack) que poco a poco se torna más oscura y violenta pero siempre conservando el humor, los pies en el piso; cuida todo el tiempo el interés del espectador. No tiene concesiones. Alguien por ahí en la red decía que lo maravilloso de Breaking Bad era cómo en cada capítulo uno no tiene ni idea de lo que va a pasar: te engancha porque la historia se mantiene fiel a lo que es y jamás titubea: los personajes y sus situaciones cotidianas, su esencia, aunque pareciera lo contrario, es incorruptible; los vuelve tremendamente cercanos, reales (aguas, enlace con spoilers).

Es la maldad nuestra de cada día.

Ah, quiero escribir tanto y me veo impedido por la emoción, por la grandeza del guion, por la hechura fina que me dejó, como a todo el mundo, enviciado. Y es que no hay nada más que decir una vez que se mira en su entereza esta creación de Vince Gilligan protagonizada por el enorme Bryan Cranston (quien ha dicho reiteradas veces que es el papel de su vida, y de quien escribí estas líneas poco antes de ver toda la serie). Acaso debo escribir que siempre me recordó, justo por esa aridez en los colores y en la trama, en las razones y los cambios agresivos y constantes de los personajes, a Cormac McCarthy (mucho más que a Tarantino). Y aunque por acá este texto diga que el autor de The Counselor (El abogado del crimen) se fusiló y sintetizó la trama de la serie para el guion dirigido por Ridley Scott (me reí un poco), Breaking Bad me recordó constantemente, por ejemplo, a la novela No country for old men (No es país para viejos), adaptada al cine por los hermanos Cohen en 2007, el año previo al estreno de la serie de AMC. En fin, que en común tienen el western, las drogas, la violencia. Sí, y la hondura moral de los personajes. Qué maravilla enterarme que después Cranston leyó un fragmento de Blood Meridian (Meridiano de sangre) para este promocional turístico de Nuevo México. Más allá no he encontrado más cosas en común, pero fue emocionante hallar ese material (aunque sigo preguntándome si entre las influencias de Gilligan y su equipo de guionistas se halla el autor de Rhode Island. Espero que sí).

Ah, quiero escribir tanto y me veo impedido por la emoción.

Por eso es lamentable que no haya tenido dinero para saciar mi ansiedad de información y comprarme los dvds y ver los extras, pero ya he echado una mirada en YouTube a varias entrevistas o eventos como el Emmy, donde Cranston pateó el trasero (esta fue la primera vez) de protagonistas muy cabrones de muy cabronas series (incluyendo mi amado House). Y me enteré también de la adaptación colombiana de la serie, llamada Metástasis (aguas otra vez: el video enlazado contiene spoilers. Leer los comentarios para reír a gusto una vez que se vea toda la serie, o por lo menos el capítulo que aquí aparece), a la cual un usuario define: “Vergüenza es lo que deberían tener los productores de esta cagada por tomar una obra maestra y rebajarla a los burdos estándares de una telenovela sin presupuesto.” De acuerdo estoy.

También quisiera hablar de la música, del papel fundamental que juega en cada escena ya sea para causar tensión o para relajar a la audiencia. O de los colores de la imagen usados según el estado de ánimo de los personajes.

Pero estoy impedido.

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Un comentario en “La maldad nuestra de cada día

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