Sobre enfrentar la guerra

Como si fuera el viento colándose por un camino estrecho que seguramente conduce a algún sitio hostil, una especie de zumbido envuelve las palabras de Ernesto Sabato en ‘El altar del dios desconocido’:

Al llegar a la época de la banda de asaltantes había elaborado ya las siguientes posibilidades:
1.- Dios no existe.
2.- Dios existe y es un canalla.
3.- Dios existe pero a veces duerme, sus pesadillas son nuestra existencia.
4.- Dios existe pero tiene accesos de locura, esos accesos son nuestra existencia.
5.- Dios no es omnipresente, no puede estar en todas partes. A veces está ausente, en otros mundos, en otras cosas.
6.- Dios es un pobre diablo con problemas demasiado complicados para sus fuerzas. Lucha con la materia como un artista con su obra. Algunas veces, en algún momento, llega a ser Goya, pero generalmente es un desastre.
7.- Dios fue derrotado antes de la historia por el príncipe de las tinieblas, y derrotado, cometido como presunto diablo es doblemente desprestigiado puesto que se le atribuye este universo calamitoso.

Y ese sonido sombrío permea cada minuto del disco, cada acorde que se sucede después de esta introducción (tomada de la novela Sobre héroes y tumbas del escritor argentino -y que no he leído, pero escrito esto la buscaré para hacerlo-), cada una de las notas está repleta de algo inquietante, que envuelve a quien lo escuche y lo atrapa y lo deja sin respiración, sumergido en aquel mundo que la música de estos suecos ha creado en su regreso, después de casi diez años sin disco en estudio desde Slaughter of the soul. No son estas, sin embargo, las únicas palabras escritas por plumas argentinas las que se hallan en el cd. Acá hay invitados de lujo. Si uno mira el librito y lee los créditos, y las letras, notará en un par de epígrafes los nombres de Julio Cortázar y de Jorge Luis Borges, ambos pilares de la literatura de su país, de la literatura en español. Confieso que no soy seguidor de sus palabras (de Borges, de Cortázar), un poco al contrario, pero eso no me impide reconocerlos y sobretodo cuestionarme por qué Tomas Lindberg se inspiró en ellos para hacer las letras para la música de los hermanos Björler.

Él mismo lo explica en esta entrevista, al decir:

El punto de partida es el realismo mágico, que es una corriente literaria [en la que sus elementos mágicos aparecen en unos escenarios realistas (…)] que se generó a partir del conflicto postcolonial en los países de América del Sur durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta, que incluye el trabajo de [Jorge Luis] Borges, [Ernesto] Sabato, [Gabriel García] Márquez, [Julio] Cortázar, y en el que hay dos lados. El primer lado es que yo quería crear en este texto, en estas letras, el mismo estilo, como estos autores, el cual tiene varias capas, intertextualidad, mezcladas entre las historias normales; un tipo febril de la realidad que es más retorcido y tal vez, incluso, mágico. Hay diferentes niveles en el texto que interactúan entre sí y algunos significados ocultos en ellos. Y la otra parte del concepto es: cuando comencé a estudiar este género literario me di cuenta de que eran todos parte del postmodernismo y del postestructuralismo, y estos autores iban en contra de una forma de explicar el mundo, o de una forma de explicar la realidad, y yo estaba realmente intrigado por eso. Por lo tanto, aunque las letras fueron escritas por mí, cuando se les lee o escucha se crean de nuevo en su propio contexto, en su realidad. Así que el concepto del álbum está en constante cambio y se ocupa de la idea de que tenemos que conquistar o reconquistar la realidad cada día, cada uno de nosotros y donde nada es lo que parece.

Esto explica que la mayoría de los títulos de At War With Reallity provengan de textos de los autores mencionados. ‘The Conspiracy of the Blind’, ‘Death and the Labyrinth’, ‘The Book of Sand (The Abomination)’, ‘Heroes and Tombs’, ‘City of Mirrors’, ‘The Circular Ruins’…

Y eso quizá explique la naturaleza de este álbum. Una batalla épica contra la realidad. Contra los sentidos.

Aún recuerdo la primera vez que escuché la primera canción que vio la luz (si acaso eso es posible) de este material: ‘At War With Reallity’. Expresé: “Es oscura, potente, melódica. Si todo el disco es así no tendrá madre”. Todo el disco, ahora que lo escucho por quién sabe qué número de ocasión, resultó mejor que eso. Resultó ser una pieza impecable de 15 canciones (en la edición con bonus tracks) que trenzan esa malignidad, ese viento negruzco con la melodía que los Björler llevaron al límite en The Haunted hasta su penúltimo disco, Unseen. Quizá se podría decir que esto alcanza la madurez que ya muchos quisiéramos, pero sería insuficiente decir esa mamada tan trillada. Es un paso adelante en la exploración de las posibilidades del metal extremo, sin pecar de técnica abrumadora, imprimiendo sencillez, concisión, además de un necesario y profundo feeling. Un feeling que se alimenta del dolor y se manifiesta a modo de ejecuciones impecables de tantos años de experiencia, y que ven su mejor forma en los riffs. Hay muchos guitarrazos que sin duda recordarán cada uno de los materiales de At the gates, especialmente el Terminal Spirit Desease y el Slaguhter, sin duda, pero evocando la dureza de The Red In The Sky Is Ours. Aunque insisto, sólo los evoca. Evidentemente. Es su estilo y el estilo en una banda se obtiene sobre todo en las entrañas. Este disco es parteaguas, partemadres, no sólo porque se escribió varios años después de los otros (incluso después de una separación como grupo), sino porque se desmarca, además, de los materiales que otras muchas cientos, miles de bandas, graban el día de hoy y que recuperan, machacan y vomitan el “sonido de Gotemburgo” y derivados. Que se cagan en él. Como se dice en el barrio, estos cabrones vienen a poner orden, a redefinir los estándares de calidad que la aglutinación mundial de bandas tanto ha malbaratado en pos de la fama. O de cualquier otra mierda más allá de la música per se. At the gates hace quince canciones y una se sucede detrás de otra sin descanso. Sin concesión. No hay espacio para el aburrimiento sino para la reflexión a la que empuja no sólo las letras (que probablemente sean mucho más oscuras que cualquier realismo mágico, pero no tanto como la realidad que ahora nos trastorna), sino la música. Hay que escuchar esto con unos whiskys encima y sentir en cada recorrido sanguineo su poder. Al máximo. No hay espacio para cambiar de pista. Cada una es un escalón más cómodo hacia las cavernas de nuestra conciencia. Y uno se deja llevar como no ocurre en tantos otros discos del género. Uno simplemente escucha, y matea, y le hace al cuento tratando de tocar como ellos (como Adrian Erlandsson), y se eriza la piel y uno dice: wow. Es para darles las gracias.

Si estas palabras fueran para calificar este material le daría un diez, sin duda. Pero no se trata de eso. No, por favor. Es una invitación, quizá. Un artículo sobre enfrentar la guerra. Para que aquel que desee escuchar este disco (además, grabado en el estudio Fredman bajo el manto de Fredrik Nordstrom) sepa que el viaje es sinuoso, complejo, intrincado. Que tiene curvas, bajones de ritmo, rapidez. Que se inyecta muy profundo. Que te sacude. Si, que es la vida misma y que trastoca tanto en algún lugar del alma que de plano ese viaje se vuelve inolvidable.

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