Víctimas de la prohibición, sobre Bryan Cranston y Trumbo (o al revés)

I

Cuando supe que Bryan Cranston había interpretado a Dalton Trumbo en una película, lo primero que pensé fue: Dios mío. Quise verla de inmediato. Pronto. Con urgencia. Para entonces Trumbo no se había estrenado aquí en México [y no supe si finalmente lo hizo], así que acudí a la red para ver a Hal de Malcolm in the middle, a Walter White de Breaking Bad, interpretar al famoso guionista de cine norteamericano. Antes de confesar mis crímenes [como que recién vi la famosa y adictiva serie del profesor de química que se pone a preparar metanfetaminas] quisiera decir que el personaje del padre de familia disfuncional clasemediera norteamericana lleva fascinándome un tiempo. Hace ya varios años que la serie se transmite en la televisión abierta y casi desde entonces la vi en su entereza. Siempre me pareció que el actor que interpretaba el personaje de Hal [en aquel entonces, cuando recién la veía, no tenía en claro su nombre] era el mejor de esta serie que de por sí aún me parece que posee un humor excepcional. Qué sé yo, sin embargo, sobre actuación o sobre cinematografía. O sobre humor. Simplemente me parecía que aquel hombre actuaba formidablemente; honesto, sincero [sus gestos, sus movimientos corporales, cómo corría, cómo se enfadaba, cómo tenía miedo, felicidad, deseos por su mujer] y cierto día, después de mucho verlo en la pantalla, me aprendí su nombre. Después, cuando Breaking Bad se estrenó acá [tras un rato de éxito en EU], vi que Hal se había inmerso en una nueva aventura. Y que había sido exitoso: en mis redes la gente no dejaba de hablar de la serie, de cambiar su foto de perfil por alguna imagen de los personajes, de alabarla, de decir cuán adictiva era. No sé, quizá fue eso lo que me alejó de ella. Aunque debo aclarar que tampoco es que repudiara la idea de un día sentarme y verla. Fue justo hasta hace poco, cuando vi Trumbo, que tomé la primera temporada en dvd que una amiga me había prestado [tras decirme cuánto me iba a gustar], y una noche me la puse a ver. En primer lugar, me sentí con la obligación de hacerlo si pretendía escribir un texto al respecto de esta película de la que se supone estoy escribiendo; y en segundo, me sentía en deuda con Hal, con la admiración y respeto que decía profesarle. Desde ese día hasta hoy no he dejado de ver la serie y ahora me faltan las últimas dos temporadas [crimen número dos]. Las deseo como nada, debo decir, pero he procurado retrasar ese placer, dejarlo para un poco después. Es que algo tan bueno no puede durar tan poco. Algo tan bueno como las actuaciones de Bryan Cranston. Ya lo ha dicho Hellen Mirren [quien en Trumbo interpreta a la antagonista: la columnista y actriz Hedda Hopper], este hombre es:«uno de los actores estadounidenses vivos más grandes». Yo, que no sé nada de actuación apoyo esa aseveración por completo y es por él que he visto esta película [dudo que hubiera sido el mismo éxtasis con otro actor, aunque también la habría visto por el personaje] y es por él que escribo estas líneas. Si por mí fuera Cranston hubiese ganado el Oscar por mejor actor. Ninguno de los otros me parece que haya hecho mejor trabajo que él en Trumbo. Caray, pero qué sé yo de los criterios que llevan al jurado a elegir al mejor de entre esos cinco hombres. Es un hecho, me gana la emoción, pero tras haber visto todas las cintas [el resto de ellas en el cine], mi opinión permanece intacta y honestamente esperaba que así hubiese sido [y que DiCaprio hubiese estado lejos de la estatuilla; fue un poco triste que el chiste que circulaba en redes no se cumpliera: Leo obtendría el Oscar a través del actor que interpretara su vida; si Cranston lo hubiese conseguido, hermosa casualidad, Dalton Trumbo habría cumplido ambas situaciones]. En fin, pienso esto sobre todo tras haber visto los detrás de cámaras de aquel dvd de la primera temporada de Breaking Bad que me prestaron: escuchar al propio Cranston hablar sobre su quehacer como actor reforzaba mis expectativas. En ese apartado del disco el actor comenta cómo es que busca la esencia de los personajes, lo que más pueda motivarles a hacer las cosas que hacen para interpretarlos lo mejor posible. El odio, el miedo. En el caso de Walter White, dice, se le complicó un poco porque el personaje mismo no tenía claras sus prioridades. No es un error del guion, ni mucho menos, aclara. Al contrario, es un acierto. Cranston lo dice: su actuación le resultó sencilla por lo bien que estaba escrita la historia. Su aportación principal, que se dio durante las audiciones, fue proponer la apariencia de Mr. White: un hombre que vestía en tonos marrones, un bigote insulso, con cierto sobrepeso, sin ilusiones. Un hombre derrotado. Cranston logró plasmar una tras otra esas características del personaje en los inicios de la serie, hasta transformarlo en ese otro que estaba oculto en él. En Scarface, dice. Tan lo logró que no sólo el guionista-director de la serie [Vince Gilligan] estaba seguro de que él era quien tenía que hacer este papel, sino que sus propios colegas alabaron su trabajo histriónico. Lo tacharon de camaleón. Un actor al que le puedes poner cualquier papel en frente. Me pareció un adjetivo adecuado, que ayuda a responder la pregunta: ¿Cómo interpretaría Bryan Cranston a Dalton Trumbo? Para mí implicó una doble motivación para ver la cinta: la apasionante vida del guionista interpretada por un tipo apasionado por la actuación.

II

Cuando supe que Dalton Trumbo había sido interpretado por Bryan Cranston en una película, lo primero que pensé fue: Dios mío. Quise verla de inmediato. Pronto. Con urgencia. Supe de Trumbo en mis años de adolescencia gracias a Metallica [como ocurre con otros descubrimientos que he tenido]. En su videoclip –su primer videoclip– para la canción «One» intercalan fragmentos de la obra Jhonny Got His Gun, novela y película de Trumbo, con sus trallazos metaleros en blanco y negro. El single del disco …And Justice For All está basado justamente en este trabajo del escritor. Fue por eso que supe que existía un hombre llamado así. Pasó un tiempo y fue hasta la facultad que volví a oír su nombre [y vi Papillon sin tener idea], cuando un profesor nos habló sobre elmacartismo, la «persecución anticomunista impulsada por el senador Joseph McCarthy durante el período de la guerra fría»; una cacería de brujas contra los comunistas [o sospechosos de serlo] que llegó hasta Hollywood y que, entre sus muchos afectados, estuvieron los guionistas. Y el más famoso de entonces, Dalton Trumbo, encabezó su lista negra, los diez de Hollywood a los que se les negó toda posibilidad de trabajo, cambiándoles la vida en muchos casos para mal y para siempre. Es en este periodo [de 1947 hasta 1960] que se sitúa esta película, a su vez basada en el libro del mismo nombre, autoría de Bruce Cook. En la cinta [guion de John McNamara, aplaudido por Cranston] vemos cómo Trumbo pretende, primero, hacer entrar en razón a los tribunales acerca de sus acusaciones injustas, irracionales; vemos cómo fracasa y es encarcelado [sin cometer crimen alguno] un año, y cómo, tras salir de prisión, su estrategia consiste en escribir desde las sombras, con sobrenombres, para sustentar a su familia y a las de los miembros de esa lista negra, a los que nombraré las víctimas de la prohibición: aquellos cuya sangre se derramó en las dos estatuillas doradas que Trumbo obtuvo durante su anonimato. Me detengo: contar cada uno de los detalles que ignoraba sobre todo lo que rodeó a Dalton Trumbo en aquel momento de su vida sería echar a perder gran parte del platillo. Porque ahí radica la magia de esta película: en revelarle al espectador un personaje nuevo en su totalidad, un individuo en todas sus dimensiones posibles, especialmente en aquella que concierne a su vida privada: cómo fue que afrontó este individuo semejante adversidad sin ser vencido. «Cuando trataron de silenciarlo, él hizo que el mundo lo escuchara», reza uno de los eslóganes promocionales. Parte de esta travesía también es contada en el filme Trumbo y la lista negra, escrita por el hijo de Dalton, Christopher, y dirigida por Peter Askin. En este documental de extraña estructura vemos de primera mano a ese hombre cuya foto escribiendo en la bañera resulta una imagen imborrable [lo hacía por una razón de acuerdo con esta entrevista: pasaba tanto tiempo escribiendo que requería aliviar su espalda en la bañera, de tal modo que se llevó el trabajo diario de escritura hasta ahí]. Lo vemos dando entrevistas, discursos, y vemos a ciertos actores interpretar algunas de las cartas y demás textos que escribió a su mujer y a su familia mientras estuvo preso. Vemos a Michael Douglas, a Paul Giamatti o Liam Neeson leer, interpretar magistralmente, una selección de esos textos. Y uno apenas puede contener las lágrimas. Este documental también resulta revelador para quien vea primero la película que protagoniza Bryan Cranston: supe por él que Trumbo estuvo una temporada en la Ciudad de México, un par de años, después de la cárcel. Sin embargo su plan de establecerse acá, quizá trabajando para nuestra industria cinematográfica, fracasó ante la precariedad económica que hasta hoy persiste y tuvieron que volver a su patria, la patria que los denigró. Situación que se omite en Trumbo a secas. En fin que la segunda cinta que menciono, me parece, puede complementar a la primera. Es más, para quien en su vida haya visto u oído hablar sobre Dalton Trumbo, el documental de su hijo sirve incluso como corroboración por si caben dudas sobre la impecable actuación de Bryan Cranston: vemos cómo el actor encarna la forma de hablar, de masticar y escupir las frases; de gesticular, de escribir, que tenía el oriundo de Colorado. Sobre todo de escribir. No sé, no me había pasado antes con alguna película, pero no había sentido tantas ganas de escribir como cuando vi esta cinta dirigida por Jay Roach [el director de las películas del espía Austin Powers, que jamás he visto]. Uno ve a Trumbo dar cada segundo de su existencia por la palabra escrita, cada respiro, cada trago de whisky o benzedrina; su vida toda era escribir. Ese verbo tan hermoso en inglés que es typing, llevado al éxtasis. Me emocionó mucho cómo sin contemplaciones hace lo que tenga que hacer con tal de no soslayar aquello para lo que nació: contar una historia, aún fuera una donde un alien viola a una colegiala o aquella que finalmente le daría un Oscar. Qué emocionante es ver a un hombre que ganó todas sus batallas detrás de su máquina de escribir.

III

Cuando supe que Bryan Cranston había interpretado a Dalton Trumbo en una película, lo primero que pensé fue: Dios mío. Y al ver Trumbo quedé plenamente satisfecho, así que la vi un par de veces seguidas más, y quizá otra [quizá no], para poder escribir esto. Todo ese periodo oscuro, negrísimo, por el que tuvo que atravesar el protagonista [y que pareciera irreal pero que no lo fue], encarnado por Cranston, está plasmado en una película que supera las dos horas pero que en ningún momento aburre, que en ningún momento cansa, sino que mantiene al espectador interesado. No, no lo tiene al filo de la butaca y esas cosas, pero lo tiene allí, dispuesto a saber qué sigue, de una forma amena, clara, precisa, donde no hay cabida para la confusión aun para los más ignorantes [como yo], aun para aquellos que no tenían idea de que existía este hombre, o el macartismo, o la lista negra. Uno aprende mientras se entretiene, mientras disfruta. Mucho de este mérito se lo lleva quien estuvo nominado a un Oscar como mejor actor: la simpatía que Bryan Cranston transmite a través de la pantalla, camaleónica, única, sostienen los ciento veintitantos minutos de este largometraje dramático. Uno ve a Hal, a Walter White, y no ve a ninguno de los dos; uno ve a Bryan Cranston y no lo ve porque sobre todo está ahí Dalton Trumbo con sus gafas gruesas y su prominente bigote encanecido, no la caricatura que el propio actor temió personificar [puede que alguien diga que lo hizo]. Como espectador veo el respeto que mostró por ese personaje que no era ficcional [por lo tanto más difícil, pues implica una mayor responsabilidad, según él, según lo que contó en aquel material extra de Breaking Bad respecto a lo sencillo que puede ser adecuar un personaje ficticio a las posibilidades histriónicas]: Cranston leyó sobre Trumbo, se acercó a sus hijas, estudió cada uno de sus movimientos [cómo movía el cigarrillo mientras hablaba, por ejemplo] para conseguir una representación fiel que su propia familia, y quienes lo conocieron y siguen con vida, pudieran reconocerlo. En esta entrevista le preguntan a Cranston qué pensaría Trumbo sobre la película que hicieron sobre él. Responde: creo que la amaría. Porque tenía su ego, y le encantaba hablar con la gente, y hablar de sí… Yo también lo creo. Y siento [vaya términos para un texto que pretende hablar sobre una película] que no había mejor actor para interpretarlo que él. Dios mío, vaya que no hay uno mejor.


Este texto fue publicado originalmente en Kaja Negra.

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