El grito

El presidente despierta sudando, exaltado. Lo primero que hace es observar su reloj de pulso (son las cinco y cuarto de la mañana) y agradecerle a Dios que lo que acaba de experimentar haya sido una pesadilla: se encontraba dando un discurso en una importante cumbre cuando se dio cuenta, súbitamente, que todo el recinto estaba lleno de serpientes de cascabel que comenzaban a morder a los asistentes, incluido él, con sus colmillos chorreantes de veneno.

Se levanta de su cama king size en la que, al lado suyo, duerme su esposa y primera dama, quien fuera actriz porno y modelo para calendarios auspiciados por marcas de aceite para coches. Ella descansa plácidamente; su ronquido es un susurro apacible, cálido, que lo tranquiliza un poco. Tras ponerse las pantuflas con forma de patas de oso polar que la más pequeña de sus tres hijas le regaló la navidad pasada, el hombre se encauza al baño de la habitación presidencial. Camina despacio entre la oscuridad que poco a poco cede y abre la puerta del baño. Prende la luz y frente a él emerge su imagen adormilada, reflejada en un enorme espejo rectangular cuya orilla está repleta de pequeños focos, como si fuera el camerino de una estrella de cine. El presidente abre la llave del agua caliente, coloca ambas manos frente al chorro tibio y las lleva directamente a su rostro. Se enjuaga la boca, suspira y se mira en el espejo: contrario a otros mandatarios, él posee más vida conforme han transcurrido los años de su gobierno. Es verdad, ha embarnecido un poco, pero eso no ha restado un ápice a la belleza que, gracias a sus votantes femeninas, lo llevó directamente hasta la silla presidencial, o que lo encumbró, según la revista Poderes, como «el presidente más guapo de la historia del país».

―No, no en balde estás aquí ―susurra masajeando sus pómulos y regalándose una sonrisa, la misma que cautivó a la primera dama el día en que, cuando era gobernador de la comarca más peligrosa del territorio, pidió que lo llevaran de encubierto a uno de los sets de grabación en el que se filmaba su más reciente película.

El presidente sabe que en menos de una hora llegarán sus asistentes y le brindarán todo lo necesario para afrontar lo que han estado ensayando durante la semana: el discurso que ofrecerá a sus pobladores por el día en que celebran la independencia de su país. El «grito», como le llaman en este pintoresco sitio a dicha celebración. Lo sabe muy bien, y mientras orina piensa que podría echarle una llamada a Juana Segunda, su bruja de cabecera, para preguntarle qué tan peligroso es soñar con serpientes de cascabel en un día tan crucial como este, aunque las cosas que les diga a sus incautos escuchas sean casi las mismas que sus antecesores les han dicho siempre.

Se aparta de la taza del baño, el sensor del wc se activa, y el presidente abre la llave que está en el jacuzzi. Desde que está al mando de este país, que hasta este momento (y según los propios conteos oficiales) lleva ciento cincuenta mil muertos por una infructuosa guerra contra el tráfico de solventes, no ha vuelto a bañarse en la regadera. Vierte su champú para cuerpo preferido y observa la crecida del agua, el paso de las burbujas que se forman en tonalidades púrpuras. Conforme se desnuda, el presidente medita una vez más la posibilidad de llamar a Juana Segunda. Pone la punta del pie izquierdo en el agua para templar su temperatura. Abre un poco más la llave del agua fría, y con la mano derecha hace un movimiento ondulatorio sobre las aguas jabonosas para que por fin pueda adentrar todo su cuerpo. Desde ahí, sentado como está, alcanza el teléfono adherido a una de las paredes antes de que le llamen sus asesores, y marca el número de Juana. Suena tres veces antes de que la mujer conteste:

―Ay, tú, qué horas de llamar.

―Juanita querida, ¿cómo te va? No es asunto urgente, no te preocupes, es sólo que tuve una pesadilla, no sé si me puedas ayudar.

―A ver, cuéntame.

El presidente procura recordar cada detalle del sueño y se lo cuenta a Juana Segunda. Especialmente menciona el sonido enfurecido de los cascabeles y la mordida que sintió en la mano que sujetaba el micrófono. Se observa en la ducha pues siente aún los colmillos encajados, pero no hay rastro de herida alguna.

―¿Debo preocuparme, Juanita?

―Soñar con serpientes siempre es de preocuparse, tú. Aunque hay casos, como este, en que se sueña con muchas, venenosas y de cascabel, que pueden significar absolutamente lo contrario: podría asegurarte que se trata de la tremenda ovación que recibirás de tu gente, al rato que des el grito. No te me preocupes, y sobretodo encomiéndate a Dios. Ya verás que ese sueño es un augurio de éxito.

En el fondo de su alma el presidente está inconforme con la respuesta de Juana Segunda, pero, vaya, qué sabe él de esas cosas. Ella es la experta y su palabra siempre le ha otorgado buena suerte. Aún recuerda el día antes de las elecciones: no tuvo una pesadilla (es más, no durmió) pero sí llamó a la bruja para pedirle sus predicciones. «Ganarás por un amplio margen, ya verás. No hay quien se te compare, nadie es mejor que tú», le dijo ese día, cuatro años atrás.

Tras despedirse, el presidente cuelga y termina de enjuagarse. Se pone de pie y nuevamente se encamina al espejo. Allí se cepilla los dientes lentamente. Observa la blancura de éstos. Después toma un bote de espuma, vierte un poco en su mano, se la embarra en el rostro y se pasa el rastrillo por la barba rala de dieciocho horas sin afeitar. Ésa es una rutina que no ha dejado desde que inició su carrera política: poseer unas mejillas libres de vello; una rutina, en realidad, que no ha dejado desde que entró a la universidad, aquellos años en que quería dar la mejor impresión a sus compañeros y profesores.

Sale del baño enfundado en su bata oficial que lleva sus iniciales bordadas. Se la regaló un alto funcionario de una empresa privada que le tiene gran estima. En la habitación, la primera dama sigue dormida. Así que el presidente enciende su enorme pantalla de televisión y la sintoniza en el noticiario principal. La conductora, su único contrapeso en los grandes medios, anuncia lo que todos los programas: hoy será el cuarto grito en la explanada de la ciudad. Sus allegados le han dicho que debe escucharla sólo para balancear la apreciación mediática que se desprende sobre su figura día con día, pero al presidente no le gusta el tono en el que ella se refiere a él: si bien no lo insulta abiertamente, sí critica sus pasados tres discursos y sus acciones recientes en distintas materias. Por ejemplo, hoy le lanza una pregunta al aire: «Presidente, usted que ha sido incapaz de sobreponer el estado de derecho ante tanta violencia que azota a nuestro país, ¿cuándo piensa renunciar?» A él le encantaría decirle a la conductora que nunca, que no renunciará y que la única manera de que deje el poder es cuando acabe su sexenio. De tal modo que, con la voz de fondo de la conductora adjudicándole responsabilidades que él ya no sabe si posee o no, se dirige a su vestidor, donde tiene colgados, y perfectamente listos, más de un centenar de trajes y corbatas. Su asesora de imagen ha llenado aquel guardarropa con los más distinguidos modelos, de cortes hechos a la medida del mandatario. Eso a él lo anima más que nada cada mañana. Una vez que tiene puesta la ropa interior se coloca la camisa; elige un modelo color oscuro, lo mismo para el traje. No es fácil apreciar el tono exacto, pero eso no importa, pues ése es precisamente el color que más le gusta. Una vez listo, de una de las gavetas que se desprenden del mueble que está a un costado del perchero, saca un peine y se mira en uno de los espejos. Su cabello pareciera tener moldeado eternamente su peinado: una raya en medio que deja caer dos mechones lacios; en la parte superior el pelo luce más oscuro y en la inferior ya hay algunas canas, su único signo de imperfección.

Sale del guardarropa y la primera dama ya está desperezándose.

―¿Qué horas son?

El presidente se encamina a ella con cierto desgano y le dice la hora. La mujer conserva el aroma de la cama, el mal aliento y un par de lagañas. El hombre teme ensuciarse con ella y pronto se aparta.

―Hoy es un día importante, eh.

―Lo sé, señor presidente. Me arreglaré en seguida.

―Apúrate, la jornada será larga.

―Ya sé, señor presidente.

La primera dama se levanta lentamente de la cama. Él la observa caminar hacia el baño y encerrarse. Luego observa la pantalla de televisión. La conductora ya está en otra noticia: unos lancheros que estaban perdidos regresan de su viaje tras dos meses de naufragio. Ahora observa su reloj de pulso. Es el que le regaló su padrino político, a su vez tío consanguíneo. A él le debe todo eso que tiene alrededor. Incluso que esté casado con la mujer que ya ha abierto la regadera.

De pronto suena el teléfono.

―Presidente, en cuarenta minutos estaremos con usted.

―De acuerdo.

―Le irá muy bien, señor presidente.

―Ya sé. Los espero.

El presidente cuelga el teléfono, pero aún retumban en él, como zumbidos, los cascabeles con los que tuvo la mala suerte de soñar.

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Tomada del brazo de su esposo, la primera dama avanza hacia el balcón del palacio nacional. Porta un vestido ceñido, de diseño exclusivo, con un escote que deja ver buena parte de sus enormes senos. Aunque tiene estrictamente prohibido usar cualquier vestimenta que incite a la perversidad de quienes la miren, en estos cuatro años se las ha arreglado para dejar ver algo de su cuerpo de vez en cuando, no sin provocarle al presidente disgustos y linchamientos mediáticos.

Junto a ellos caminan las tres hijas del presidente. La primera dama no le cae bien a ninguna, pero ha podido lidiar con eso los cuatro años que llevan de casados. Ha podido lidiar con cualquier tipo de injurias, en realidad, con tal de vivir la vida que ahora tiene. Qué bien le ha hecho rodearse de lujos y opulencia, situación totalmente contraria a cuando era actriz porno y modelo de calendarios, en la que vivía en un modesto departamento al oriente de la ciudad, austeramente: viajaba en el transporte público, iba al mercado, compraba sus electrodomésticos a plazos. Cosas de las que, gracias a que conoció a este político aquella vez en el set de grabación de una de sus películas, no volverá a vivir.

En la explanada principal la gente espera a la familia presidencial, amparados por la decoración que el gobierno local ha colocado, alusiva a las celebraciones. Truenan pirotecnia, juegan con luces láser, rehiletes y matracas; comen garnachas. Desde el balcón del palacio la primera dama los observa abrigados, sonrientes, felices, deseosos de escuchar a su presidente. Ella bien sabe, sin embargo, que muchos de ellos están ahí por obra y gracia del equipo que mueve multitudes a los eventos de su marido, ofreciéndole a la muchedumbre algo a cambio de su presencia, ya sea dinero en efectivo o despensas. Pero no le importa, le parece válido, lo más natural en la política: todos los partidos lo hacen, y qué mejor para la gente que obsequiarles algo en agradecimiento por estar ahí de pie unas horas.

Hasta que llega el momento.

La primera dama observa la forma en que su marido se dirige a sus gobernados. Lo mira seguro de sí, sujetando la bandera, con su dicción envidiable. Parte de su gabinete está detrás de él. El secretario de defensa, por ejemplo. Ella lo mira con coquetería, a sabiendas de que sus deslices están bajo control. Hace mucho que ha dejado de gustarle a su marido, quien, sabe ella muy bien, se ha acostado con muchas otras mujeres (y hasta hombres) durante su mandato. Así que su conciencia descansa tranquila, y más que culpa ella siente una enorme satisfacción, la adrenalina de saber que su esposo la cree incapaz de pagarle con la misma moneda. Pobre , piensa, que creyó que mi putería era cosa pasajera, y que yo era una pendeja que de nada se daba cuenta. Eso pasa por la cabeza de la primera dama mientras él, su marido y presidente, grita:

―¡Viva la patria!

―¡Viva!

―¡Viva la constitución!

―¡Viva!

―¡Viva la independencia!

―¡Viva!

La primera dama observa al presidente tirar de la cuerda que hace sonar una campana. Esa acción le excita: imagina, en el lugar de su marido, al secretario de defensa. Le excita imaginar a toda esa gente anonadada por su amante ejecutando un acontecimiento en apariencia tan simple. Sonríe, hace sus mejores gestos, sabedora de que la están fotografiando, de que las cámaras de televisión captan su rostro. Se acerca a su esposo, colocando una de sus delgadas manos sobre su espalda. Con la otra mano saluda. Lo mismo hacen él y las niñas. Todos lucen auténticamente felices.

Entonces ocurre el terremoto.

Ella es la primera en caer hacia atrás, sobre sus nalgas operadas. Encima le caen las hijas del presidente; él se sujeta del muro que tiene más próximo. Sus asistentes también caen al suelo por la brusquedad de los movimientos que atentan contra la integridad del palacio y de quienes lo albergan. La algarabía y felicidad que se oía entre la gente hace un momento es suplantada abruptamente por gritos de terror.

El terremoto persiste los siguientes cuarenta segundos. La primera dama y las hijas del presidente (que inconsolablemente lloran) son levantadas del piso por el primer mandatario y por el secretario de defensa. El barandal en el que estaban recargados segundos antes se desploma sin tregua. La primera dama suplica a Dios (pues eso sí, siempre ha sido muy creyente) que el edificio soporte la trepidación. Todo a su alrededor es caos, gritos, llanto, absoluta consternación. La primera dama le pide a Dios que los ayude a todos los que están ahí sin poder moverse, que detenga por favor ese castigo y, perjura, dejará de ser quien ha sido para entregarse al decoro, y por su cuenta correrá que el presidente se vuelva un mejor hombre.

Eso reza la primera dama cuando todo se detiene.

―¿Están bien todos? ―dice una voz―. ¡No se acerquen a la orilla!

El presidente desobedece el mandato oficial y se desplaza despacio contra la pared para mirar el peligroso borde. En su cabeza resuenan cascabeles de serpiente que lo llaman, como si fuera el cántico mágico de una flauta que controla su voluntad. Cuando echa un vistazo a la devastación un resplandor lo ciega de pronto. No puede creer lo que observa en el momento en que recupera la visibilidad: del agujero que el sismo ha dejado en medio de la explanada emerge una enorme serpiente cubierta de plumas.

Él es el único que puede verla.

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Las imágenes de la televisión mostraron a detalle el momento. Desde un helicóptero el camarógrafo logró capturar, pese al terror del reportero estrella que iba junto a él, cómo un enorme hoyo se abría en medio de la explanada principal de la ciudad. Todos los que estaban cerca fueron devorados, junto con la bandera nacional, por la naciente profundidad.

Se reportaron miles de muertes. No sólo en el lugar de los hechos perecieron personas, sino prácticamente en toda la ciudad. Los llamados internacionales de apoyo no se hicieron esperar, y la lucha de la sociedad civil por recuperar los cuerpos de los escombros inició inmediatamente después de que los movimientos tectónicos derrumbaron las inmediaciones aquella noche.

La mañana siguiente el presidente y su gente se reunieron en el salón de emergencias, lugar donde, francamente, pensaban que jamás se reunirían. Además de un mensaje a la nación, aquellos políticos tenían que delinear las acciones que llevarían a cabo para restaurar la ciudad. En la mesa redonda donde acaeció una ligera lluvia de ideas, se encontraba la mano derecha del presidente, el secretario de gobernación, a quien solían nombrar sólo con su apellido. Así como su jefe inmediato, este hombre disfrutaba de los objetos lujosos, especialmente de los automóviles.

―Los recursos que se destinaron este año en materia de prevención de desastres ―dijo el funcionario― son insuficientes para recomponer el daño hecho, señor presidente. En realidad, aun si utilizáramos todos los recursos que están previstos para las demás secretarías y programas, no nos alcanzaría para, prácticamente, reconstruir la ciudad.

A un lado del presidente estaba sentada la primera dama. Él la tomó de la mano, gesto que hacía mucho tiempo no tenía con ella. Incluso se dio el lujo de sonreírle cariñosamente. Fue así que propuso lo siguiente:

―Secretario, el dinero no es problema. Si cada uno de nosotros salimos a las calles y ayudamos a la gente, verás que las cosas se irán componiendo poco a poco.

Hubo un ligero silencio provocado por la incredulidad de quienes estaban ahí. ¿El presidente hablando de ayudar a la gente con sus propias manos? Esas parecían palabras de un demagogo, más parecidas a las de su adversario número uno: el líder de la izquierda, crítico implacable del gobierno en turno. Además, el presidente, quien tanto se había enriquecido robando de las arcas de los recursos públicos, ahora pretendía decir que el dinero no era lo importante.

―Señor, no está hablando en serio, ¿verdad? ―Expresó el secretario, realmente consternado.

―No he hablado tan en serio desde que tomé el poder hace cuatro años.

―Señor, si me permite…

―Mira ―intervino la primera dama―, mi marido tiene razón. No habrá discurso que valga ante esta desgracia ―dijo, sorprendiéndose por su atrevimiento―. Lo mejor que pueden hacer ustedes es salir a las calles y apoyar al presidente ―culminó. La primera dama estaba convencida de que sus rezos habían surtido efecto y que ahora, tanto ella como su marido, serían mejores individuos, capaces de cambiar las cosas radicalmente.

Nadie estuvo de acuerdo con lo que el presidente decretó en aquella reunión en el salón de emergencia. Hubo argumentos en contra pero él, drásticamente, y muy distinto a como se conducía en la cotidianidad (la marioneta de la televisión, le apodaban algunos), supo refutarlos y su decisión no pudo contravenirse.

Fue así que se vio al presidente siempre acompañado de su esposa (a quien comenzó a llamar mi Diosa) primero en los lugares aledaños al desastre, hurgando él mismo entre los escombros, despojado de saco y corbata y, después, inaugurando tanto brigadas de restauración de daños y recuperación de cuerpos como visitando en sus propias casas, o lo que quedaba de ellas, a los damnificados. El cuarto año de su gobierno se dedicó a ayudar en persona, como dijo desde aquella reunión, a la sociedad. Fue ganándose el respeto de la gente que lo repudiaba (más del 40% de la población antes del grito) al ver que, casi milagrosamente, como si una fuerza sobrenatural estuviera detrás, todo iba volviendo a la normalidad. Incluso el boquete de varios kilómetros de profundidad que había en la explanada principal fue cubierto. Tales acciones sirvieron para que el sector empresarial más poderoso del país, que en un principio tachó de insensato al presidente, culminara por apoyarlo. Lo mismo su adversario, el líder de la izquierda, se unió a sus esfuerzos, en un hecho político sin precedentes. Hasta la conductora del noticiario principal de la televisión aplaudió en su programa, todas las mañanas ―sorprendida, sin duda, por lo que estaba presenciando―, el esfuerzo del presidente. Los líderes religiosos, culturales, todos los sectores de la sociedad (tanto en la ciudad como en los estados, e incluso internacionalmente) se unieron a la causa.

Se trataba de un auténtico renacer. Algo que ningún individuo se había imaginado.

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El presidente despierta perfectamente descansado. Lo primero que hace es observar su reloj de pulso (son las cinco y cuarto de la mañana) y levantarse hacia el baño. Orina apaciblemente. Se lava las manos con rapidez y se observa en el espejo. Nota que tiene menos canas que antaño. Sí, algunos se lo han dicho: presumen que utiliza algún tinte. Sus allegados, incluso, le han pedido la marca. Escucha desde ahí que su Diosa se ha levantado. Buenos días, mi amor, le dice desde ahí. Buenos días, querido, alcanza a escuchar que le responde ella. El presidente sale del baño y en el televisor ya están las noticias: el país ha resurgido de las cenizas, dicen todos los conductores. Se encamina hacia el vestidor, toma el primer traje y la primera corbata que encuentra. Desde que ocurrió el temblor, hace exactamente un año, ha dejado de ser quisquilloso en ese aspecto. Es más, han dejado de importarle esos asuntos.

La primera dama se encamina a él y lo besa en los labios. Desde que ocurrió el temblor no ha habido día en que no se besen o muestren su cariño el uno al otro. Tampoco hay día en que ella no agradezca a Dios que la haya escuchado, ni que se sorprenda del enorme cambio que no sólo experimentó su marido, sino la nación entera.

―Hoy es un día importante, mi Diosa ―le dice él a ella.

―Ya lo sé, amor mío.

―He preparado el discurso para conmemorar el primer año del desastre natural más grande que ha sufrido el país en su historia. Creo que a todos les gustará.

―¿Me lo mostrarás antes de leerlo, querido?

―No, querida, es una sorpresa ―y el mandatario sonríe. Le da un beso en la frente a su mujer y continúa―: en cualquier momento llegarán por nosotros. Visitaremos las zonas restablecidas del siniestro.

―Ya lo sé, mi presidente. En un momento estaré lista.

El presidente se sienta a la orilla de la cama. Se le ve relajado. Observa un poco más el noticiario, cuya nota principal siguen comentando, hasta que le llaman por teléfono.

―Presidente, en diez minutos estaremos con usted.

―De acuerdo.

―Le irá muy bien, presidente.

―Nos irá muy bien, ya verás.

Ahí sentado, el hombre suspira. Una satisfacción divina invade su ser.

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Tomada del brazo de su esposo, la primera dama avanza hacia el podio que han colocado en la explanada principal. Porta un vestido discreto, negro, que no muestra gran cosa de su cuerpo. A su lado caminan las hijas del presidente, con quienes ha arreglado sus diferencias. Han dejado de llamarle puta, e incluso la más pequeña le ha dicho mamá. Se sientan al centro del podio. Las otras sillas son ocupadas por los demás funcionarios. En una de ellas está el secretario de defensa, con quien ella ha dejado de tener aquel romance. A un lado del presidente está el secretario de gobernación. Todos ellos lucen felices ante el público que, expectante, vitorea como si se tratara de adular a una estrella de rock: «¡Presidente, Presidente!» La explanada y las calles aledañas están repletas. Todos los canales de televisión transmiten la misma señal, ya sea vía aérea o terrestre.

El presidente se dirige al podio. Todo el mundo guarda silencio. Con la mano derecha acomoda el micrófono y comienza:

―Estimados pobladores. Hoy es un día histórico. Hoy conmemoramos, aquí, en el lugar del desastre, el día en que nuestro país supo que debía renacer. Desde entonces no sólo logramos levantarnos de entre los escombros. Conseguimos, como sociedad entera, rehacer nuestras relaciones individuales y, por lo tanto, hemos dado varios pasos adelante para convertir a este sitio en el mejor lugar para vivir del mundo. Estoy plenamente agradecido con ustedes, porque sin su apoyo esto no habría sido posible.

El presidente continúa pronunciando las palabras que no ha escrito en ningún papel. Su mujer e hijas le observan, la gente que está primera fila le sonríe. Es inquebrantable el lazo que este hombre ha establecido con ellos, es mágico. Inimaginable antes del temblor que azoró a esta ciudad.

―Hoy, estimados pobladores, debo anunciarles mi renuncia ―en ese momento el silencio se pronuncia; la atención que le prestaban se torna en desconcierto, en tristeza absoluta―. No se preocupen, mi lugar lo tomará el secretario de gobernación, un hombre que ha estado cerca de mi gestión este último año. Ha aprendido muy bien, tiene totalmente clara la misión de este gobierno.

El secretario voltea a verlo sin ocultar su sorpresa. Sonríe, sin embargo, pues las palabras del presidente son ciertas: todo este tiempo ha aprendido qué es lo que verdaderamente necesita el país. Es, piensa, lo más importante que le han endilgado nunca, y con absoluto honor y placer tomará el cargo.

―Yo, por mi parte ―sigue hablando el mandatario―, he dado todo lo que tenía que dar a la política para servir a mi país. Confío plenamente en que juntos, sociedad y gobierno, seguiremos por esta senda, marcados por la tragedia, sí, pero impulsados por algo que, jamás en nuestra historia, nos había motivado tanto a cambiar verdaderamente.

Dicho esto, la muchedumbre comienza a gritar y a aplaudir enardecidamente. Entonces el presidente es deslumbrado por el mismo resplandor que lo cegó fugazmente un año antes.

En el momento en que recupera la visión, se percata de que está en la explanada principal, en un podio, frente a una muchedumbre que le aplaude como nunca antes le han aplaudido, ni siquiera cuando en su campaña regalaba las mejores despensas. A su lado están sentadas su esposa y sus hijas, entre otros miembros de su gabinete. Súbitamente suda. No comprende qué es lo que está haciendo ahí. Su último recuerdo es el del momento en que habló con Juana Segunda por un sueño que tuvo con unas serpientes de cascabel. Voltea hacia donde está sentado el secretario de gobernación, como pidiéndole que le explique lo que pasa. La gente aplaude. El presidente bebe un poco de la botella de agua que tiene enfrente. Trata de tranquilizarse. Se limpia el sudor. No pronuncia ninguna palabra: el vitoreo de la gente se convierte en un incesante cascabeleo y en la mano con la que sujeta el micrófono siente una mordida. Se observa con brusquedad pero no hay herida. El presidente recuerda entonces parte de la interpretación de la vidente, quien, por cierto, murió en la catástrofe: «Podría asegurarte que se trata de la tremenda ovación que recibirás de tu gente, al rato que des el grito. No te me preocupes, y sobretodo encomiéndate a Dios. Ya verás que ese sueño es un augurio de éxito».

Pero el presidente no está dando el grito, de eso está seguro.

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