El cantante

Fingir su muerte no había estado dentro de sus planes para evadir los impuestos que debía –por los que más temprano que tarde iría a la cárcel–, pero su asesor más cercano –muy cercano– le hizo ver que esa versión (tan cierta pero tan usada por muchos otros famosos al grado de volverse propia de teóricos conspiradores) todo el mundo la creería. Lo pensó bien ante la insistencia y la premura: no sólo su libertad se vería beneficiada, también su vanidad: vivir, ver la forma en que su público recibiría la noticia de su muerte le daría el regocijo de conocer los verdaderos alcances de su amplia carrera artística. De su éxito. Pocos tienen ese privilegio, se dijo, y al momento se le dibujó una sonrisa en el operado rostro. ¿Pero qué decimos?, le preguntó la estrella a su asesor cercanísimo y éste le soltó sin titubeos: un infarto. ¿Crees? Es un clásico, no falla, apeguémonos al manual. El cantante suspiró profundamente y dijo, sonriente como hace mucho no se le veía: Adelante entonces, no perdamos más el poco tiempo que me queda.

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