Entre ratas y sórdidos amores

Las ratas saben. Saben muy bien y por eso siempre corren. Esperan –y esperan mucho– para luego huir despavoridas, o por lo menos con la conciencia de que la muerte es siempre inminente. Recargadas en las paredes se desplazan en perfecta línea recta y velozmente, desde allá, desde un arbusto lejano, y cruzan la calle hacia la coladera, hacia el escondite que las mantenga a salvo, hacia donde puedan permanecer ocultas del resto de las criaturas que comúnmente deambulan en las calles. No se detendrán a menos, solo a menos, que una trampa las capture, o una escoba o unas garras. De otro modo no darán la cara, a menos que, si por suerte pasa, se vean acorraladas en la esquina de una barda, de la cocina o del baño o de donde sea. Entonces saltarán eufóricas, desconcertadas, apanicadas. Morderán. Estarán dispuestas a todo por salvar su vida.

—¿Te acuerdas cuando maté dos ratas? Sí, eran bebés, pero no menos aterradoras.

—No puedes obligarme a estar contigo.

—La casa se infestó, cómo olvidarlo. Ni siquiera pudimos dormir.

Aterradoras. Las ratas saben del prejuicio que injustamente cargan: el título honorable de ser los seres más despreciables de la tierra, por encima de cucarachas, arañas, de casi todos los hombres, y de otras alimañas que se pasean por ahí sin ser perseguidas.

—No puedes —repitió.

No, no puedo. Nadie puede hacer eso, ¿cierto? Es lo que todos dicen, y decir lo contrario es incorrecto, inmoral, abyecto. Simplemente no se puede decir.

—Sí puedo —le dije a esas horas de la noche en la parada de autobús poblada de seres nocturnos, como los transexuales ataviados en escotes y minifaldas que estaban detrás de nosotros, como el taxista que esperaba a alguien con la luz interior del automóvil encendida, como aquella rata, y ésa otra, que cruzaban –hasta cierto punto tranquilas– la, ésa sí, solitaria avenida.

Detrás de sus lentes sus pequeños ojos me condenaron. Los pequeños ojos que hacía mucho no veía.

—¿Qué sentiste al matarlas?

—Horror. Ya ves, nunca lo había hecho. Pensé que era incapaz de matar a cualquier ser vivo.

—La primera, la que salió corriendo debajo del refri, la mataste de una patada. Me acuerdo. Te quedó en la pierna izquierda, con la que solías jugar futbol. Pateabas fuerte, me dijiste.

—Los mejores jugadores de la historia han sido zurdos, pero hasta en eso del pamboleo siempre fui un asco.

—A la segunda la mataste cuando cayó en la trampa de pegamento. Te dije, te grité porque estaba aterrada, que no la tiraras viva a la basura. Fuiste por una escoba, te pusiste los audífonos, y la golpeaste en la cabeza lo que duró una canción de death metal. Eso dijiste cuando me tocaste el hombro y me despabilaste. Tenía los ojos cerrados, y me tapé los oídos con las manos.

—Hiciste bien: la rata no paró de gritar.

Porque las ratas sabemos. Sabemos cuán despreciadas somos.

—¿Y entonces qué, piensas obligarme a escobazos? —sonrió.

—No, no. Para obligar a alguien no siempre es necesaria la violencia.

—¿Ah no? ¿Qué se necesita?

—Enamorarlo.

Echó el rostro hacia atrás y vi su cuello, y sus labios, y su pelo. Todo lo que me moría por acariciar pero que ya tenía prohibido. Y que, pensé -por lo visto sin equivocarme- que no volvería a tener nunca.

—Así obligas al otro a estar contigo —seguí mi choro—, a compartir tu casa, tus cosas, tu comida, tus fluidos. No todos se enamoran a primera vista, por lo general suele haber un conquistador, y no todas las conquistas han sido a la fuerza. O quizá sí, pero a veces sin violencia evidente. Porque el amor, me has hecho pensar siempre, es a huevo agresivo: es una construcción, un jodido plan con maña para capturar al otro, para poseerlo. Es una trampa para ratas, para esos seres despreciados que solo necesitan un poco de comprensión, de buen trato. De cariño. Y una vez pegado, habrá un momento en que el animal, o el individuo, deje de llorar.

—Cuando ya esté cansado, o muerto.

—O cuando se acostumbre, o el captor decida matarlo. El amor solo al principio aparenta ser de mutuo acuerdo. Finalmente una de las partes se encargará de aniquilarlo por decisión unánime.

—No siempre es así.

—No, no siempre, es cierto, pero en nuestro caso tal parece que sí: yo te obligué a estar conmigo a través de eso y hoy ya no quieres que te obligue. Ya no quieres nada. Como en la película.

Desde allá, dirigida por Lorenzo Vigas. Escrita por Lorenzo Vigas y Guillermo Arriaga. La historia de un amor sórdido entre un joven hojalatero y un viejo pulidor de piezas dentales.

—Me gustó. Se rifó el Arriaga. Sé que te gustan esas historias transgresoras, que sacuden al espectador. Vas a decir que de eso se trata el cine —me dijo y al parecer sonrió.

—¿Pos sí, no? Es de agradecer que haya tipos como estos que quieran contar el lado oscuro, pero luminoso, del alma, no que busquen complacer al mercado con películas bien pinches cul… vaya, sí que estuvo buena.

Entonces llegó su camión. Se subió abruptamente y apenas y se despidió con un abrazo, sin beso en el cachete. Como los últimos días, como los últimos meses, como el último año y medio. Pagó su pasaje y recorrió el pasillo hasta hallar un lugar. Nunca volteó la vista hacia atrás, hacia mí, y jamás volvió a buscarme pese a que hubo un día en que no podía vivir sin mí.

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