En este mundo de las monas

We should live in a beautiful world…
“Beautiful”, Marillion

Llueve.

El grupo reunido en la explanada de adoquines bermellón, algunos sentados en la larguísima banca de concreto que la rodea, otros de pie, se rompe. La mayoría se resguarda en la parada de autobús que está a unos pasos, en las afueras del metro Hidalgo, de las gotas que aterrizan sin previo aviso, todas juntas, millones de ellas, sobre sus cuerpos y los cuerpos de todos.

Es viernes por la tarde y unos se acercan a ver a aquellos dos que han decidido quitarse la playera y mostrar sus torsos morenos, enrojecidos, tostados por el sol que desde hace rato está oculto detrás de las nubes grises que también los observan. Aquellos dos que han decidido caminar al centro de ese espacio que es suyo; esgrimir los puños y rifarse un tiro sin motivo aparente para las otras personas que también están allí, en la parada, a pocos metros de ese piso rojo, y que se alejan unos pasos al ver que el grupo se dirige a ellos, sin importarles la lluvia.

—Así es la calle.

El sonido de los golpes es rápido: apenas ha tocado al rival se disipa, no deja resonancia; acaso la piel húmeda le confiere un breve chasquido, casi imperceptible, si se está atento a los impactos con la mirada.

El más bajo de los dos recarga la cabeza, encorvándose, en el pecho del contrincante que es al menos veinte centímetros más alto. Golpea con los brazos extendidos los costados de aquel hombre que se ensaña a puñetazos con su espalda. Tras dos o tres intentos, éste recula y recupera la guardia. Los brazos de ambos están marcados por unos músculos cortesía de ningún gimnasio.

De pronto, uno estira la mano en son de paz.

Y el otro, el más grande, le responde con un cabezazo directo al rostro.

Eso no impide que el más bajo reaccione con un derechazo que da justo en el centro de los labios enemigos, con una potencia que deja en ridículo el golpe de cabeza. Los demás se acercan intentando detener la pelea. “Es de a solo”, reclaman a gritos las mujeres que están cerca cuando miran que los demás quieren intervenir.

Como Blanca, que me repite, con su pedazo de estopa en la mano:

—Así es la calle.

&

Sábado, mañana.

Salimos del metro Garibaldi y caminamos sobre el Eje 1 Norte, Mosqueta, considerado como una de las varias zonas peligrosas de la ciudad de México. El fotógrafo no ha desayunado y se compra unos cacahuates en un puesto de periódicos. Además del hambre no trae cambio: piensa que lo va a ocupar durante el recorrido. La noche anterior un joven me pidió una moneda para un taco en la parada del trolebús a las afueras del metro Hidalgo, le digo. Después de dársela me dio un abrazo, con el puño derecho cerrado. En él resguardaba su mona, palabra que, según la RAE, significa “beber hasta trastornarse los sentidos”. Pero él no se la bebía, la inhalaba.

Le pedí que me dijera dónde podía encontrarlo, continué.

Por aquí ando, me dijo.

Y dónde duermes.

En donde caiga.

Días antes, muy cerca de allí, el fotógrafo entrevistó y retrató a Érika, una joven que se prostituía en algún punto de la calle mientras se moneaba.

Ella también le pidió dinero.

Cruzamos Paseo de la Reforma, ya con las monedas listas. Las primeras personas que vislumbramos están ahí, resguardadas por la estatua en honor a Simón Bolivar, tiradas en el pasto. Para ser casi mediodía el aire aún es frío. Avanzamos. Los locales establecidos y los ambulantes ya han comenzado sus actividades. La avenida es un largo corredor en el que transitan muchas personas. Vislumbramos frente a una tienda un trío de hombres, uno de ellos con la mano pegada a la nariz. Más allá, cerca de la entrada al metro Guerrero, un joven nos pide un peso para su pasaje. El fotógrafo se lo da. Aquel se lo agradece. Aprovecho y pregunto si le gusta el activo.

No, nomás la mota, responde.

En diez minutos, por lo menos hemos visto a cinco personas activando, pero no nos acercamos a ninguna. No sabemos cómo hacerlo. El segundo intento también fracasa: un hombre en harapos sale de un Oxxo, con una bolsa de mandado a cuestas y una cerveza Indio de lata en la mano. No, tampoco activa. Pero nos ofrece un trago; “con confianza”, nos dice.

Reculamos.

&

De nuevo estamos sobre Paseo de la Reforma. Nos dirigimos hacia el metro Hidalgo. Cada uno tiene algo que mostrarle al otro: “Ahí fue donde me encontré a Érika”, me dice, señalando las afueras de una pequeña unidad habitacional. Más adelante, poco antes de los edificios de la PGR, ahí viven algunos chavos, le digo. Antes estaban ahí, y le señalo una porción de tierra de un camellón que está enfrente. Como los que estaban en Artículo 123, le comento. Quizá eran ellos, pues ya no están. Su lugar ahora lo ocuparon unas jardineras y el concreto de la banqueta levantado para que nadie más volviera a instalarse allí.

El fotógrafo no había visto esa “comuna”, la de la PGR, hecha de lonas, madera, cartón, con una bandera de México izando en medio. Unos escalones dan la bienvenida.

Nos sentamos junto a los perros que ahí descansan.

Esperamos.

Algunas personas se acercan a buscar a quienes viven dentro. De ahí salen un par de hombres; el primero, más joven, nos ignora y se dirige a otra parte. El segundo, de mayor edad, lleva en las manos un fajo de billetes. También nos ignora y se dirige quién sabe a dónde. Después unas mujeres. Una de ellas, muy joven, lleva un vestido corto color rosa, entallado. Se sientan en el otro extremo de las amplias escaleras.

Nadie nos dice nada.

Estamos a punto de irnos cuando una familia se acerca. Llevan en las manos bolsas repletas de bolillos. Esperan, como nosotros, a que alguien salga a recibirlos. Nadie lo hace. Cruzan la calle expresando “allá hay otros”, refiriéndose a los que están trabajando limpiando los parabrisas de los autos que por ahí transitan. Los vemos caminar de un lado a otro, buscando a quién darle su regalo.

Nos levantamos y caminamos hacia ellos.

—Preferimos darles comida que dinero, ese se lo gastan en el vicio —me dice el hombre, que asegura llevar un año haciendo eso: ayudarle con comida a la gente necesitada. De sus rostros (de él, de la señora, y de una joven que va con ellos) no desaparece un gesto de angustia y aprehensión cuando nos retiramos, ahora sí, hacia el metro.

Allí siempre hay chavos de la calle monéandose, comentamos.

Y sí. Ahí están.

&

Sábado, mediodía.

Andrés va de un lado a otro llevando las órdenes de tacos y quesadillas que mamá prepara para otros locatarios. Su andar es presuroso y dispuesto. Sentadas junto a nosotros, hay un par de personas. Allá enfrente, en la explanada de suelo rojo, donde se erige una barda con una leyenda de Manuel Buendía, ahí mismo donde alguna vez estuvo su ataúd después de que lo asesinaron en 1986, están ellos.

En esa barda se lee:

No entiendo un periodismo sin ideales. Ni el reporterismo, ni la entrevista, ni el reportaje, ni el artículo, ni la crónica, ni el editorial, ni mucho menos géneros de tan comprometido ejercicio como la columna, pueden llevarse a cabo sin un ideal. ¿Cuál es ese ideal? Servir a nuestro país con los recursos del periodismo.

Los observamos. Mientras tanto mamá prepara más y más tacos. Así le dicen a aquella mujer después de ocho años de tener ahí su puesto. Los chavos vienen y van, pero ella les sigue ayudando: cuando puede, y si le sobra comida, se las da.

Andrés es uno de los beneficiados.

El periodiquero del puesto contiguo lo molesta: qué bonito caminas, niña, le grita. No le importa que los comensales lo escuchen. A Andrés tampoco y lo ignora.

Acepta charlar con nosotros.

—Espérenme, nomás entrego esto y ya —nos dice, amanerado.

Nos sentamos al borde de los escalones que dan a la explanada. Justo enfrente de la leyenda de Buendía, hay una estatua de Francisco Zarco. Su placa reza “hombre periodista y funcionario sin mancha en su vida privada y en su vida pública”.

—Me agarraste sin activar, por eso me ves así.

Eso lo dice porque su semblante me hace pensar que ni siquiera se droga. Es ecuánime, reflexiona y medita sus respuestas a pesar de que me advierte, sacudiendo la cabeza y las manos que “si activo me pierdo, soy otro”.

—La vida en la calle es difícil, pero divertida —me dice el joven de 22 años. Sus pestañas son gruesas, oscuras, resaltan las delgadas cejas y los labios también gruesos de ese rostro moreno que viene del Estado de México y que pernocta, regularmente, cerca del metro Centro Médico.

—La banqueta es tu colchón, el cielo tu cobija.

A veces me mira directo a los ojos y, otras, mira hacia la nada. En principio sólo estábamos los tres: Andrés, el fotógrafo y yo. No pasa mucho tiempo para que los demás, los que estaban sentados en la gran banca larga de concreto que rodea la piedra de Buendía, se acerquen, curiosos. De pronto nos quedamos solos él y yo; el fotógrafo ha comenzado a charlar con los demás a un par de escalones de distancia.

El sol nos quema a todos sin piedad.

—¿Cuánto cuesta una mona?

—Cinco pesos.

—Y con qué la puedes hacer, además de la estopa.

—Con un cacho de papel, con una gaza, con un trapo. Con lo que sea.

Andrés no menciona el contenido de éstas, también diverso, pues incluso hay quien le ha agregado sabor. No solo es tíner. No de acuerdo a la tipificación de los inhalables que estableció el Cenadic (Centro Nacional para la Prevención y el Control de las Adicciones), en dos documentos que mencionan fácilmente veinte tipos que a continuación cito y enlisto:

  • pegamento de contacto,
  • tolueno,
  • benceno,
  • removedores de pintura,
  • productos de limpieza,
  • lacas,
  • pinturas en aerosol,
  • quita manchas,
  • correctores líquidos,
  • marcadores permanentes,
  • removedores de barnices de uñas,
  • líquido para encendedores (contienen gas butano),
  • crema batida en aerosol (óxido nitroso),
  • gas propano (el que se utiliza para cocinar);
  • éter y cloroformo;
  • pinturas en aerosol,
  • quitamanchas,
  • aromatizantes ambientales,
  • fijadores para el cabello,
  • desodorantes,
  • cera para muebles,
  • limpiador de computadoras (“aire” comprimido),
  • protectores de tela,
  • aerosoles analgésicos,
  • sprays para cocinar (aceites en aerosol);
  • nitritos: conocidos como “poppers”, son relajantes musculares y de vasos sanguíneos que se usan generalmente asociados a la actividad sexual.

El centro define a los inhalables como “…sustancias químicas tóxicas, que se transforman fácilmente en vapor o en gas cuando se exponen al aire. Se inhalan por la nariz y/o boca, y alteran las funciones del cerebro, causando graves daños en el organismo, incluso pueden provocar una muerte instantánea.”

Drogas que en la calle son la ley, y de las que, prácticamente, nadie escapa.

—¿Qué se siente?

—Te da mucha sed o hambre. Es como estar muy borracho. A veces, cuando estoy en mi alucine, veo cosas –me cuenta mientras abre ambas manos haciendo figuras, como rosas que se abren, representando la sensación que me describe.

Todo esto, con productos legales no propicios para traficar ni propiciar una guerra, y fácilmente conseguibles.

Entre 18 y 22 pesos cuesta el litro de tíner en las tlapalerías. El PVC (Polyvinyl chloride/ Policloruro de vinilo) está entre 30 y 40 pesos. El Tolueno, a 28. Los tres más baratos que la marihuana más barata.

Celina Alvear, directora del centro, detalló durante el Foro internacional sobre el uso indebido de psicoactivos volátiles, que los inhalantes son la tercera droga por la que los jóvenes reciben atención en los centros Nueva Vida; habiendo un aumento en su consumo, explica, por “su bajo costo, sus efectos de tranquilidad o euforia, su potencial adictivo y su acceso fácil”.

—Te olvidas de todos tus problemas —me dice Andrés, sin mirarme. Está lejos de su familia, no le gusta verlos, me cuenta inmediatamente. Su padre tiene diabetes; dice haberlo perdonado por todo y se lamenta por él.

—La calle es libre, en ella buscas la felicidad; pero aunque te vayas lejos, arrastras tu soledad con cadenas.

Andrés ha estado en albergues desde los trece años cuando se escapó de casa, y siempre ha ido y venido de ellos. Me platica y limpia su rostro del sudor en su camiseta morada, esa que veré otras veces, otros días.

De pronto calla. Espero un momento incómodo a que me diga algo más.

—La calle tiene muchas entradas, pero hay muy pocas salidas.

&

Blanca se acercó junto a los demás, todos ellos aspirando de sus puños, caminando lento, con la mirada en todo y en ninguna parte, ahí junto al fotógrafo, y se sentó a escuchar y a platicar con ellos sobre la vida en las calles. Después de observar la charla con Andrés, me pidió que la entrevistara.

—Pero apunta como con él —me dijo al ver que había guardado mi libreta.

Apenas pudo decirme algunas cosas. Que tenía 18 años y que la niña que llevaba cargando, Aracely, 11 meses. Que a veces andaba por el metro Tasqueña y que solo bajaba a la estación Hidalgo para monear.

—Me gusta porque así drogada no me da sueño.

Escapó de su casa porque su padrastro se pasaba de verga, me cuenta; se mantiene pidiéndole dinero a la gente.

—Ahí me ves con mi cara de pendeja pidiendo para un taco.

Y aún así hay veces que se pasa más de dos días sin comer. Lo que le dan, si es poco, se lo da todo a su hija, que tuvo con su “mejor amigo”, quien la golpeaba.

Igual que su novia.

En algún momento le sugirieron que diera a su hija en adopción.

No quiso.

—Ella es mi vida —me dice, y besa la frente de su bebé.

Observa lo que escribo sobre ella. Pese al fuego que tiene, muerde el labio inferior de esa boca reseca que cubre sus dientes percudidos.

—La vida en la calle es muy difícil. Hay muchas peleas, por cualquier cosa, que porque no mojaron bien la mona, por cualquier cosa. Así es la calle.

Me contó cómo una vez se defendió de unos policías que querían tumbarle sus únicos 200 pesos. Cómo querían que, para no hacerle nada, tenía que pasar por todos. Y fue cuando les dio el dinero.

—Si no, te agarran como pendeja.

Pero en su rostro no hay un solo atisbo de pendejez. Tiene un brillo que resalta sus ojos verdes, el cabello negro y lacio, corto; la piel blanca, las manos delgadas, finas; las pecas.

Su sonrisa.

Blanca sube con nosotros al metro. El olor de su mona nos acompaña por todo el camino, llamando la atención de la gente, que nos mira a los tres que ocupamos los asientos en el vagón.

Nos platica que estudia la secundaria, aunque no le creamos, nos advierte. Que antes estuvo en Casa Alianza –en el edificio naranja que está cerca del metro Hidalgo–, y que ese día, celebración de la Independencia de México, festejaría en otro lugar, donde ha estado los últimos días, cerca del metro Villa de Cortés.

—Sin activar: no monas, no alcohol.

Ahí donde se bañaría, lavaría su ropa y cambiaría a su bebé.

Antes de despedirse estrechándonos la mano, quedamos de verla el lunes siguiente por la tarde, donde la habíamos visto, para darle el retrato que el fotógrafo le tomó.

&

Viernes, tarde nublada.

Camino por donde me dijeron los encargados de la puntualidad de los camiones del paradero que está a las afueras del metro Villa de Cortés. “Sí, por ahí en la siguiente cuadra está el albergue”, me dicen. Observo a todos los viandantes por si alguno de ellos es ella. Pero no, ninguno es.

Llego.

No parece haber una puerta. El mecánico del local de enfrente me dice que toque con el candado. “Ésa es la seña”, me dice. Antes de hacerlo, miro una placa que está ahí afuera: “Hogar para Jóvenes en Proceso de Rehabilitación Social ‘Puente de vida’”. Un policía sale. Me dice que solo pueden atenderme de lunes a viernes, pero hasta las cinco de la tarde. Que llegue por eso de las dos. Le agradezco y me marcho, no sin antes preguntarle por Blanca, a quien debí ver hoy para darle la foto que no llevé aquel lunes lluvioso que la vi y en el que un par de hombres se batieron ahí en la explanada roja y donde quedamos, por segunda vez, de vernos, ahora el viernes, a las cinco.

Hoy no llegó.

El policía no la recuerda.

&

Lunes, mediodía.

Afuera del albergue hay tres hombres descargando unos costales. Ingresan al lugar como si nada. Me cuelo con ellos. Ya dentro, espero cerca de donde está una pequeña oficina. La mujer que atiende a los cargadores me mira a unos pasos. Se acerca para preguntarme:

—¿En qué puedo ayudarte?

Después de explicarme las labores del centro, un espacio donde la gente que vive en la calle puede ir a pasar el rato (centro “de paso”, le dice), para lavar su ropa, bañarse, a veces para comer o dormir (exclusivamente los varones), y hasta leer, vuelve a preguntarme, casi afirmando:

—¿Estás en situación de calle?

—…sí.

—¿Te drogas, te moneas?

—A veces.

Después de preguntarle por Blanca (una amiga mía, le digo), me dice que sí, que ahí se aloja; aunque tiene dos Blancas, solo que una ya mayor. La que conozco, me platica, a veces va. Su foto está en mi mochila. Ahí la mantengo. Antes de dejarme pasar, la mujer me explica que la casa está disponible de 9 de la mañana a 2 de la tarde y de 5 a 7 de la tarde, que me puedo quedar en ese mismo momento a ver si me gusta.

Me quedo.

Las paredes tienen la pintura desgastada y en ellas aún cuelgan algunos de los adornos del festejo nacional de la Independencia. En la estancia hay varios sillones que están frente a una amplia cocina. A unos pasos una puerta da a un patio en donde están las lavadoras. Entre los sillones hay un par de libreros donde hay colecciones científicas, algunos libros en inglés, viejas enciclopedias, y libros de Para leer de boleto en el metro.

Tomo uno y me siento.

Miro el índice. Hay una crónica que me interesa, de Josefina Estrada.

Leo, el ambiente es idóneo para ello. No hay un solo ruido, quizá porque hay pocas personas dentro; pero los sillones son cómodos y entra suficiente luz. Me observan con extrañeza; ignoro si alguien se había sentado ahí a leer. Pero es imposible a pesar de todo, el libro es solo un pretexto, un escudo para poder ver a mis anchas.

Dos de ellos merodean. Uno es Bryan, tiene 21 años, toda la vida la ha llevado en la calle y es adicto al activo, aunque hace poco lo dejó. En el hogar tiene apenas tres meses. El otro es Carlos, de 37, alcohólico, me pregunta que de donde soy.

—Del metro Hidalgo.

—Ah, por ahí te la cotorreas.

Después Jorge, uno de los encargados del centro junto a Jocelyn, la mujer que me atendió al llegar, les pide su ayuda: había que cargar los bultos de tierra que habían llevado al albergue.

Luego había que bajar unos colchones, más de veinte, a la camioneta que trajo esos bultos.

Díganle al nuevo que les ayude.

—¿Nos echas la mano? —me dice Carlos.

Lo más difícil fueron los bultos; tanto Carlos como Bryan ya tenían cierta experiencia como cargadores en La Merced o en Tepito y sabían cómo echárselos a la espalda. Yo no. Los colchones, en cambio, ubicados en la segunda planta de la casa, fueron más fáciles de trasladar: se podían arrastrar por el piso. Esos colchones eran para otros albergues, a los que irían más tarde Jorge y otras personas, incluido otro Jorge, quien también ayudaba al lugar.

Después del esfuerzo físico, nos piden que nos lavemos las manos para comer. Nos dan sopa azteca, huevos ahogados y agua de horchata. De postre: una mandarina y una pera. Durante la comida platicamos; Carlos me cuenta cómo hace poco tuvo una peda de tres días seguidos; Bryan cuestiona a una de las mujeres que cocinaba si era verdad que la tierra giraba alrededor del sol o si era al revés, como él creía.

Y así pasan algunos temas hasta que dan las 6 de la tarde.

Y en ningún momento llega Blanca.

Me siento y tomo el libro que dejé ahí. La crónica de Estrada se titula “Noche de Alba”. Principia: “Si Alba pudiera verme diría…”.

Antes de despedirme y recibir la invitación a regresar en un rato, dejo el volumen en su sitio.

Prometo volver pero no lo hago.

&

Dos años después de aquello aún recuerdo que todo el camino de regreso busqué el rostro de Blanca en cada joven, en cada mujer que miraba sentada en el metro o en el piso de los andenes o de la calle, o caminando, sin éxito.

Hoy todavía me asomo a la explanada del metro Hidalgo para ver si la encuentro. Todo parece igual: la misma señora de las quesadillas, nuevos vendedores, el mismo hombre del periódico, la misma barda de Buendía y su periodismo ideal que pocos llevan a cabo, los mismos u otros, nuevos jóvenes monéandose. Pero ella no está.

Si vive, su hija debe tener cuatro años.

Lo único que me consuela es saber que, en este mundo de las monas, así es la calle.


Texto publicado originalmente en Kaja Negra.

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