Carnitas La Potosina

Pensé que la lengua era de toro. Cortada en rodajas, púrpura. Así la quise imaginar: que la lengua que estaba en ese taco perteneció alguna vez a la cabeza que colgaba en la pared junto a las fotografías y los retratos de toreros.

El local lo atendían Martha y Rosela. Eran hermanas. Rosela era mayor por 3 años. El padre de ambas, don Raymundo, fue quien inauguró el negocio “La Potosina” durante la década de los setenta. Era un amante de la tauromaquia y de la carne. De la carne de cerdo. Aprendió a cocinar carnitas en el lugar donde nació, en el Estado de México.

Yo era el único cliente del lugar. De las tres o cuatro veces que había ido siempre fue así. No entendía el motivo: las carnitas eran excelentes, frescas, recién hechas, bien servidas. Quizá iba a la hora en que los demás ya se habían ido o a la hora en que estaban por llegar. Como fuera, agradecía esa soledad. Así podía comer en paz.

Como aquel día.

Pedí un par de tacos de lengua y uno de hígado. Con eso me bastaría para sentirme lleno. Martha era quien despachaba y Rosela quien limpiaba las cuatro o cinco mesas. Solo te dirigían la palabra si era necesario. Una leía la sección de política y la otra la de finanzas del periódico El Universal. De fondo ponían el radio. La estación siempre variaba: a veces era música brasileña y otras, clásicos del pop en inglés de los ochenta.

Debajo del mostrador que tenían frente a las mesas había unas macetas que reforzaban el color verde del azulejo de las paredes. Unas paredes frías, desgastadas, tristes. Un perro de pronto iba a recostarse ahí.

Ese día no.

Solo las plantas acompañaban a Martha y Rosela incondicionalmente. Envejecían junto a ellas y como ellas: quietas y en silencio.

___

Las tortillas de esa taquería eran algo que me encantaba. No estaban hechas a mano, pero qué bien sabían. Quizá ese era el secreto de su éxito. Bueno, de su éxito conmigo. Algún negocio de por ahí se las vendería. Quien sabe cuál. Ya no pude saberlo.

Lo que sí supe fue que Raymundo Mejía se casó a los 18 años con Cristina Otero. Se la robó y la llevó al Distrito Federal, a la colonia Vallejo. Antes de fugarse, él consiguió dinero vendiendo un par de toros del ganado que su padre tenía en el municipio de Temascalapa. Así pudo rentar el local entre las calles de Mozart y Beethoven.

“La Potosina”.

Cristina nació allí, en San Luis Potosí, pero vivió en Temascalapa hasta los 16 años, cuando se fugó con su novio. En aquel tiempo ya estaba embarazada de Rosela. Raymundo siempre pensó que el hijo que su mujer esperaba sería una niña. Y que sería como ella. Por eso le puso así al local. Por la mujer que se había robado y la hija que tendría.

En una silla separada de las demás, con un letrero hecho a mano, las hermanas vendían revistas sobre distintos temas que podías leer mientras comías. Así lo hice aquella vez. Tomé una sobre periodismo y política. Me detuve en un reportaje sobre la legalización de las drogas. Pero me aburrió en el segundo párrafo y mejor presté atención a las fotos de toreros que colgaban de las paredes. Y a la enorme cabeza de toro que estaba en el centro de una de ellas.

—Oiga, disculpe, ¿la lengua de qué es? —le pregunté a Martha.

—De cerdo, joven.

—Está bien buena. ¿Desde cuándo aprendió a cocinarla?

—Desde muy chica. Mi papá y mi mamá atendían el negocio y nos enseñaron a mi hermana y a mí, ¿verdad, Rosela? De eso tendrá como cuarenta años, imagínese.

Rosela se limitó a levantar la mirada de su lectura y asentir con la cabeza. Eran muy parecidas físicamente, sin ser gemelas: Rosela era rubia y Martha morena, al menos de los tintes que teñían sus cabelleras rizadas. Martha utilizaba un prendedor y Rosela apenas se ataba la mata con una liga. Ambas usaban anteojos. Vestían pantalón, un suéter y no se maquillaban. Una hablaba un poco más que la otra.

Por cierto, la salsa que preparaban no se quedaba atrás. La vertían en unos pequeños botes amarillos de “grasa de cerdo industrializada”. Estaba riquísima. El aroma te obligaba a echarle aunque fuera un poco al taco. Y también vendían cervezas: ya me había tomado dos para entonces.

—¿Y qué fue de sus padres? —me dirigí de nuevo a Martha.

Rosela la miró como diciéndole ¿le vas a contar a este extraño nuestra intimidad?, una mirada de desconfianza muy natural, la comprendía; a nadie le gusta contarle su vida a un desconocido. La mirada de las hermanas era mutua, de complicidad absoluta entre ellas, sin necesidad de decir palabra alguna.

—Fallecieron hace años —me contestó Martha sin dar detalles y siguió en lo que estaba: echando trozos de carne a un cazo enorme.

Mi plato se vacío en ese pequeño diálogo, así que pedí otro taco de lengua. Una lengua de toro, quería seguir pensando. La mujer me atendió de inmediato, al fin y al cabo no había alguien más. También pedí otra cerveza.

Ni las paredes ni las plantas habían cambiado de lugar.

—Disculpe, ¿cómo se llama usted?

—Martha.

Miré a Rosela. Ya sabía su nombre porque su hermana lo había pronunciado hacía un momento, pero volví a preguntárselo por cortesía; me lo dijo tan bajito que pedí que me lo repitiera. Yo les dije el mío. Alcé la ampolleta de Corona y brindé. Brindé solo, porque ellas no estaban bebiendo. No parecía que tomaran una gota de alcohol.

Las fotos de toreros también seguían allí. No había rastro de polvo en ellas. En ninguna parte del lugar, en realidad. La higiene era algo que las caracterizaba. Apenas terminaba un taco y Rosela ya estaba lavando el plato y sacudiendo la mesa. Martha, por otro lado, era muy cuidadosa al momento de partir la carne. Sus cortes eran certeros, precisos. Enrollaba el taco con delicadeza, de tal forma que ni un trozo de carne quedara fuera de él.

—Tienen muchas fotos de toreros, ¿por qué? —me atreví a preguntar sin más. Al aire. Poco a poco la cerveza me desinhibía.

Martha se encargó de responderme de nuevo:

—A mi padre le encantaban.

—¿Cómo se llamaba?

—Raymundo. Raymundo Mejía.

—¿Y su madre?

—Cristina Otero.

Fue cuando Martha me contó un poco más sobre ellos, sobre cómo se fugaron, cómo iniciaron el negocio y cómo lo aprendieron. Al mismo tiempo yo seguía mirando las fotografías. Trataba de poner atención en ambas cosas, en la plática y en las miradas, pero me fue imposible: quería que me contara cómo habían muerto sus padres.

—¿Y la cabeza de ese toro? —pregunté, estúpidamente, para llegar al punto por otro lado; no me atrevía a preguntárselo directamente. Algo en el silencio de ambas me repelía.

—Uno que mi padre mató.

Dicho eso, Martha sonrió, se levantó de su lugar y salió a un patio contiguo. Rosela se quedó leyendo. No me miró. Dejé el taco por la mitad, me sentía satisfecho. Di varios tragos a la cerveza hasta casi terminármela. Esa bebida me embriagaba rápido y me volvía imprudente. Pero no lo suficiente para preguntar lo que quería saber, ni para erradicar mi cobardía.

Además de que me provocaba incontrolables ganas de orinar.

—Disculpe, ¿su baño?

Rosela señaló una pequeña puerta en la esquina del lugar. Caminé rápido. En cuanto la abrí, me bajé el cierre y descargué. Respiré profundamente, estaba acalorado. Me quité la sudadera que llevaba puesta. La amarré a mi cintura. No me lavé las manos y regresé a mi mesa.

No estaban ni Martha ni Rosela.

___

Me senté despacio, jalando la silla sin hacer ruido y terminé con la cerveza en compañía de las plantas, las paredes y sus cuadros. Iba a servirme otra –también podías hacer eso: ir por un refresco o una cerveza al refrigerador y destaparlo por cuenta propia– pero miré mi reloj. Ya era tarde. Había quedado de ver a un amigo y ya llevaba 15 minutos de retraso.

Ninguna regresaba.

Calculé cuánto había consumido y dejé el dinero en la mesa, contando lo de la propina. Antes de salir del lugar, eché un último vistazo a los cuadros. Uno de ellos era una noticia de 1978 (de un periódico que ya no recuerdo el nombre), enmarcada, que versaba sobre una tarde de fiesta brava. El matador Raymundo Mejía cortó dos orejas esta tarde en La Plaza México, decía la cabeza de la nota.

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