De compras en el Gualdos

Entramos con el minicarrito al minisúper Gualdos. Tenía cuatro pasillos revueltos: después de unos botes de diez litros de cloro, había cajas de cereales con un pirata en la portada. Y después del pirata, shampoos al 2×1 con aroma piña-coco. Fuimos ahí porque necesitábamos una bomba para el baño que llevaba dos días tapado.

Según el letrero de la entrada, todo estaba a un mismo precio: siete pesos. Antes de encontrar la bomba destapadora, unas servilletas, un jabón líquido para manos, trapos para cocina y unas galletas con chispas de chocolate abordaron el carrito.

—Todo cuesta siete pesos. ¡Es tan barato! —me dijo ella.

No pensé que fuera justo pagar lo mismo por un paquete de 500 galletas que por un jabón líquido para manos. Pero de eso se trataba el Gualdos. Por eso fuimos ahí, para ahorrar. Avanzamos.

—¿Ya viste esas escobas?, apenas tienen cerdas. Seguro no barren un carajo —le dije. Las miró. Tomó una por el palo y la levantó a contraluz. Casi se transparentaban de tan delgadas.

—Llevémosla.

—Estás loca.

—¿Loca? ¡Si cuesta siete pesos!

—Necesitamos una bomba, no una escoba. La que está en la casa es perfecta.

—A cada rato se le zafa el palo. Ya no sirve.

—No se zafa tanto. Esta cosa se va a romper a la primera.

—Compremos dos, entonces.

—¡No!

El Gualdos no tenía musiquita de fondo y los otros tres clientes que estaban ahí además de nosotros escucharon mi negativa con claridad. Me observaron como si fuera un marido golpeador a punto de someter a su esposa por las greñas.

Ella puso las escobas en el carrito.

Recién nos habíamos cambiado a la vieja casa que dejó mi abuela muerta. Murió de vieja, según me dijeron. Tenía muchos años que no la veía, y un día, simplemente, me informaron que había muerto. No lo lamenté como es debido: llorándole, yendo a su entierro. En cambio, acepté la oferta de mis familiares de ocupar aquella casa por una módica renta.

Por poco vendían ataúdes en el Gualdos.

Aquella era nuestra primera vez de compras desde que decidimos vivir juntos, una semana atrás; y también era nuestra primera vez en ese “súper” mercado. Muy cerca de ahí había un centro comercial mucho más grande, pero pensamos que para lo que necesitábamos no teníamos que gastar tanto.

Pero, como bien decía mi abuela muerta: “Lo barato sale caro, mijo”.

La vigilante del lugar me miró tras el incidente de las escobas como si fuese un peligroso exconvicto. Medía más de metro ochenta, portaba un uniforme negro y su piel morena parecía de piedra. Amarraba su cabello largo y sin teñir con una liga color rosa. Sentí su pesada mirada como si me estuviera tocando con el dedo índice en la nuca. Así que fingí estar muy interesado en unos sartenes de latón que, musité, seguramente incendiarían la casa después de freír algo en ellos.

Entonces pasó algo que nunca me había pasado en un centro comercial.

Se fue la luz.

Si, señores usuarios, favor de permanecer en calma y esperar a que recobremos la energía eléctrica. Por su seguridad, cerraremos las puertas y nadie podrá salir hasta que la luz vuelva y podamos cobrarles sus mercancías. Los revisaremos cuando se vayan para que haya constancia de que nadie se robó nada.

Solo le bastó alzar la voz a Fredy para que lo escucháramos. No usó un micrófono o un megáfono, nomás habló con fuerza y los cinco clientes que estábamos allí lo escuchamos. No sólo eso, también lo que dijo después: Fredy estaba desesperado por salir porque tenía una cita con su novio, Richard. Habló con él varias veces mientras estábamos a oscuras.

—¿Richard?, espérame un rato más, se fue la luz aquí en el trabajo y a ver a quiroas regresa. Yo también te amo, gurrumino.

La guardia de uno ochenta cerró la puerta y se puso frente a ella, con su macana sujetada por ambas manos.

Detuvimos el carrito y esperamos a que volviera la energía eléctrica. El rechinar de los zapatos en aquel piso recién trapeado sonaba claramente; lo mismo el tronar extraño de la chamarra de piel de uno de los clientes que estaba a un pasillo de distancia.

—¿Y ahora? —le pregunté a ella.

—Pues hay que esperar… ¡Mira! —y señaló uno de los estantes.

Los asideros de las bombas para baño eran de colores fluorescentes y podían verse en la oscuridad. Tomó uno y lo levantó. Lo movió de un lado a otro como si fuera una lámpara, pero más parecía una espada de Star Wars. Era verde. Las paredes del baño de la casa eran de ese color, así que la eligió.

De pronto se escuchó el grito de una mujer:

—¡Aaaaaaaaaaaaaaay!

Mi novia soltó la bomba del susto y de pura suerte cayó al carrito. Dentro de él, como ya dije, había dos escobas, unas servilletas, un jabón líquido para manos, trapos para cocina, unas galletas con chispas de chocolate y la bomba para destapar el baño con el mango color verde fluorescente.

—¿Richard?, tengo miedo, gurrumino. Se fue la luz en la tienda y hay un hombre verde caminando por los pasillos con el pito de fuera.

El grito fue de Fredy.

Todos se rieron, menos yo y alguien más.

—Debería darles vergüenza. Tan grandotes y riéndose por pendejadas como esa —dijo.

Era la voz cavernosa de una anciana. Una muy amargada de la que se reflejaba su sombra en la pared cada que un coche pasaba frente a la tienda de amplios ventanales en la entrada.

Era la única cerillo del Gualdos.

—Ay, doña Argelia, ¿a poco usted no se metía cosas más grandes en su juventud? —le cuestionó Fredy.

Todos seguíamos de pie allí, sujetando el carrito en la oscuridad y yo sujetando a mi novia por la espalda. Ya se escuchaban los pies ansiosos golpear el piso para salir corriendo de ahí y los murmullos de queja de los otros tres clientes: eran hombres, al parecer; uno de ellos, el que estaba al alcance de mi vista, el de la chamarra de piel, era obeso, cuarenta años, lentes, calva… lo identifiqué mejor una vez que mis ojos se acostumbraron a las tinieblas.

—No, Alfredo, yo siempre he sido una mujer entregada a Cristo —le respondió doña Argelia.

—¿Y Cristo que tal la tiene, oiga?

Entonces se hizo la luz.

Como vampiros al amanecer, nos llevamos las manos al rostro ante el impacto. Nos acercamos despacio, reaprendiendo a avanzar con el carrito, a la caja. Ahí estaban Fredy, doña Argelia y, a un par de metros, frente a la puerta e inmóvil, la guardia de uno ochenta.

Aún me miraba con desconfianza.

Fuimos los primeros de la pequeña fila.

—Buenas noches, ¿encontraron todo lo que buscaban? —nos dijo Fredy (así tenía bordado su nombre en la camisa de su uniforme rojo con amarillo, los colores de Gualdos), con una sonrisa en su rostro marcado por el acné, con sus labios delineados ligeramente por un lápiz labial de color rosa.

—Y lo que no buscábamos —respondí. Mi comentario no le hizo gracia ni a él, ni a doña Argelia. A nadie.

—Sí, muchas gracias —intervino Esther, mi novia. Pero no importó.

—¡Guillermina! —Fredy se dirigió a la guardia— revisa al caballero, por favor. No vaya a ser que se haya robado algo que no buscaba.

Guillermina llegó a mí con la rapidez de un leopardo, me tomó por la nuca y me sometió contra el mueble de la caja, donde pasan los productos. Era muy fuerte y no me pude zafar.

—Coopere, señor, o me veré obligada a usar mi macana.

Aflojé el cuerpo y dejé que me esculcara.

—No robé nada, señorita.

Mientras me cateaban, doña Argelia empaquetaba nuestras cosas. Me miraba de reojo, como cuidándose de que no fuera a robar otra cosa. Esther estaba a un lado, simplemente.

—¿Qué es esto? —me dijo Guillermina, bajito, al oído.

—Mi cartera.

—¿Y esto?

La guardia de uno ochenta me agarró el pene con todo y huevos.

—Se me hace que usted era el hombre verde que andaba por ahí en los pasillos, ¿verdad?

Y me soltó. Fredy estiró su mano flaca, cadavérica, de uñas pintadas de morado, con el ticket. El inevitable dolor en el vientre me dobló. Me recargué un momento. A Esther no la revisaron, no les pareció peligrosa. No se dio cuenta del apretón de huevos que me dio la guardia.

—Son 49 pesos, por favor.

Pagué con uno de 50. El peso que sobró se lo di de propina a doña Argelia. Lo recibió sin darme las gracias.

Salimos con el minicarrito del minisúper Gualdos. Guillermina alcanzó a lanzarme una última sonrisa que fulminé con una mirada al suelo. Descargamos las cosas en la cajuela del auto. Subimos.

—No creo que sirva de nada tu bomba, ni mis escobas, pero son lindas, ¿no? —me dijo Esther, como se dice cualquier cosa.

Permanecí en silencio. El dolor en el vientre no había desaparecido.

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