El juego del olvido

La anciana vivía sola desde hacía muchos años. ¿En qué momento mi hija dejó de usarlos?, se preguntaba cada que colocaba los juguetes en el patio delantero de su casa, en una silla de plástico. Simplemente no tenía respuesta; no supo cuándo los abandonó. Fue de repente, sin que nadie se diera cuenta. Sobre los juguetes había un letrero con el signo de pesos dibujado en un pedazo de cartulina amarilla, desgastada. La mujer podía vislumbrar desde la sala si alguien interesado en la venta se acercaba a la puerta: su casa no tenía cortinas.

Allí en la sala, en una mesa cercana a la ventana, estaba el teléfono.

—¿Cuándo dejaste de jugar con tus juguetes?

—¿Mamá? ¡Otra vez con eso! Ya te dije que no sé. Estoy muy ocupada, por favor llámame después.

Eran figuras de peluche y de plástico manchadas por el resguardo de tantos años en cajas de cartón. Dos muñecas que cerraban los ojos, un oso pardo sin una oreja y un ave amarilla, imitación del algún personaje de caricaturas. Todos sentados en la misma silla.

Los muñecos se quedaron allí varios días. Nadie se acercó a preguntar por ellos. La lluvia y el viento poco a poco desgastaron el letrero; el signo de pesos casi desapareció. La mujer, entonces, optó por devolverlos a casa. Los lavó en el baño y los colocó en el sillón principal de su sala.

Es momento de que se vayan—les dijo a todos, sentada frente a ellos, como si la escucharan atentamente. Se levantó a la cocina, despacio, y tomó una bolsa negra de plástico para echarlos uno a uno en ella. Tras hacerlo salió al patio y la depositó en el único bote que tenía y regresó a la sala. Una vez allí, se sentó en el sillón y miró hacia afuera. Una niña estaba parada frente a la puerta, llorando:

—Mamá, ¿dónde pusiste mis juguetes? ¡Quiero jugar con ellos!

La anciana se levantó y abrió la ventana para escucharla:

—¿Qué?

—¿Dónde los pusiste? ¿Dónde pusiste mis juguetes?

—¡Ya te dije que estás muy grandecita para esas cosas!

***

Cuando la mujer fue a tirar la basura, reparó en que había tirado los muñecos. ¿Qué hacen aquí? Uno a uno los sacó de la bolsa. El oso había perdido un poco más relleno de su cavidad. El pájaro se ensució el pico. A una de las muñecas se le calló un párpado, por lo que sólo cerraba un ojo. ¿Quién pudo hacerles algo así?

La interrumpió el teléfono.

—Mamá, iré a visitarte el fin de semana. Necesito que encuentres las recetas anteriores para poder renovarte la medicina. Voy a ir sola, ya sabes que a los niños… Cuídate.

Esperó a que dejara de sonar para poder escuchar el mensaje. Apagó la contestadora y se fue a recostar a su recámara.

***

Un ruido la despertó. Estaba sudando. Se quitó las cobijas de encima y se incorporó, apoyándose en los barrotes de su cama. Caminó a la sala, a la velocidad que sus piernas le permitieron, y encendió la luz. Los juguetes no estaban.

—Los juguetes se han ido. Me dejaron por haberlos tratado mal.

—¿Mamá? ¿Qué hora es?

—Iba a repararlos por la mañana, pero ya no están.

—Son las tres de la mañana. Ve a dormir, por favor. Ya te dije que te visitaré el sábado.

Colgó el teléfono. Regresó a la cama tras servirse un vaso con agua directamente del grifo de la cocina. Apagó la luz de la sala. A oscuras, la mujer se recostó en el sillón. Allí estaban los juguetes. No dio crédito a lo que percibía y encendió la luz. Estaban todos: el oso, las muñecas, el pájaro.

***

Los rayos del sol entraron de lleno por la ventana desnuda. Por eso no tenía cortinas en la casa: le gustaba ese momento en que la luz entraba libre, sin filtros; incluso cuando era de noche y la luna emitía su propio brillo.

Se colocó una pañoleta alrededor de la cabeza y se puso un suéter, el primero que encontró en el ropero. Echó los juguetes en una carriola y salió a la calle.

Caminó despacio hasta llegar a la pequeña explanada.

—Doña Lucía, buen día. ¿Dos litros, verdad?

—Tres. Mis nietos van a desayunar conmigo.

—Ya veo, tiene visitas. Con mucho gusto –el hombre sirvió la leche, mientras echaba un vistazo a la carriola. Evitó preguntar por su contenido.

—Gracias, don…

—…Roberto. Es una mañana fría, tenga cuidado, señora. ¿Va de vuelta a casa?

—Sí.

La mujer comenzó a andar, empujando la carriola. De pronto, el pájaro cayó al piso. Trató de levantarlo sin soltar el manubrio. Entonces el hombre acudió a su ayuda:

—Aquí tiene, doña Lucía —el hombre acomodó los juguetes y le dijo—: Su casa es hacia el otro lado.

—Sé perfectamente donde vivo, señor. ¿Que no puedo pasear a mis niños?

***

—Hoy va a venir mi hija, así que tienen que portarse bien con ella, seguramente los extraña mucho —les dijo a los juguetes, a los que arregló cada detalle: colocó una nueva oreja al oso, reparó el pico del pájaro y el párpado faltante de una de las muñecas que encontró tirado en el piso de su casa.

Descolgó el auricular y marcó el teléfono que estaba escrito en su agenda. Sonó varias veces y nada. Buscaba reconfirmar la cita, pero nadie respondía al otro lado. Seguramente está ocupada. No creo que lo haya olvidado.

Junto al teléfono había un par de fotografías. En una aparecía ella con su hija. En la otra, solo su hija. Las miró por largo rato y se sumergió en sus recuerdos…

—Mamá, cuando sea grande quiero ser doctora para curar a los enfermos. Y curarte cuando seas viejita.

—Si te pasas el día jugando, nunca llegarás a nada. Deja a esos juguetes en paz y ponte a hacer la tarea. No sabes el esfuerzo que hago por ti para que salgamos adelante, como para que pierdas el tiempo jugando.

***

La tarde llegó y la anciana seguía esperando. No tenía televisor, así que sintonizó el radio. Se sentó en el sofá. El pronóstico del clima señalaba un día frío y lluvioso. Sin embargo, el tránsito en la ciudad era fluido y con pocas complicaciones. ¿Qué habrá pasado que tarda tanto?

Se quedó dormida ahí sentada.

La radio comenzó a transmitir música de trío. La canción: “Solamente una vez”. Ésa la había compuesto su esposo, que llevaba veinte años muerto.

Pasaron un par de horas y ya todo estaba a oscuras; ni siquiera la luz de la luna entraba por la ventana. Se levantó del sillón casi de golpe. ¿Habrán llegado y se habrán ido?, fue lo primero que pensó. Notó que el teléfono estaba descolgado y que otra vez no estaban los juguetes. Buscó en toda la casa, y el último lugar que revisó fue la cocina. Examinó cada entrepaño del refrigerador, cada gaveta de la alacena. Cuando pensó que la búsqueda había terminado, miró el horno de la estufa. Lo abrió y descubrió los juguetes dentro, para su sorpresa empapados de alcohol. El olor a gas enturbió el lugar.

Encima de la mesa había una caja de cerillos.

A lo lejos, la radio seguía encendida. Se podía escuchar la voz del locutor decir: “No lo olvide, hoy es noche de martes, noche del recuerdo”.

 

Una versión previa de este texto se publicó originalmente, alguna vez, en la revista Molino de Letras.

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