La causa

Pisas el acelerador todo lo que abarca tu pie. La máquina ya empieza a tambalearse cuando alcanzas los 140 kilómetros por hora. En el auto vas tú y tu mujer con más de cien mil pesos en oro dentro de la cajuela. Notaste que alguien los siguió después de la caseta de Acapulco. Siempre estás atento al retrovisor porque así te enseñaron a manejar, no porque pienses que van a seguirte. Pero era algo que se veía venir. Ya te había dicho el señor Olmos que tuvieras cuidado con el regreso. Que buscaras rutas nuevas. Que no llamaras demasiado la atención. Vas a 140 y el coche te pide una tregua. No se la concedes. Tomas el volante con los diez dedos de tus dos manos y lo aprietas. No vas a utilizar la palanca por ahora. Solo el pedal. Tu mujer no dice una sola palabra. Ni tú a ella. Confía en ti. Qué importa si no llevan puestos los cinturones de seguridad. Si ha de morir, espera morir contigo. Voy a darle el paso, le dices. Ella asiente con la cabeza; sabe que su voz no es oportuna y que solo esperas su apoyo sin cuestionamientos. Quieres que te haga pensar que estás actuando bien. Te haces hacia la derecha y desaceleras un poco. El coche que viene atrás, un auto de modelo más reciente, negro, con una sola persona abordo, no te rebasa. El camino se va a llenar de curvas, lo conoces perfecto, has ido a entregar más de cinco veces el oro y la plata al señor Olmos desde la Ciudad de México hasta Acapulco. Sabes que ésa es la causa: quieren el paquete de hoy. Pero no piensas entregarlo antes de tiempo. Vienen unas curvas adelante, te preparas para tomarlas. Al diablo lo que han dicho de que ha de bajarse la velocidad para hacerlo: cinco años manejando motocicletas te enseñaron que la rapidez de un auto es perfectamente controlable. Así lo haces, tomas las curvas sin quitar el pie del acelerador. Si fallas, tú, tu esposa y el hijo que lleva en las entrañas quedarán hechos pedazos junto al automóvil, un Fairmont 87, ocho cilindros, una máquina poderosa que jamás te ha fallado y que sabes que tampoco lo hará ahora. Cuando pases las curvas vendrá una recta que te sacará como un proyectil por la carretera. Agárrate, le dices a ella, quien sigue impertérrita junto a ti. El coche se acelera a casi 200 kilómetros cuando el camino remonta en una línea larga e interminable. Tu perseguidor se queda un poco atrás pero no se detiene. Ni lo hará. Es mucho el dinero que llevas guardado. Así que no te desesperes, porque él te va a seguir. Para eso lo contrataron.

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