La gotera en el grifo de mi destino

Le ruego a Dios no encontrar trabajo. Me aferro al desempleo como un niño lo haría con la paleta que se le ha caído al piso. Mis papás insisten en que ya es momento de hacerlo. Que necesitan que apoye con los gastos de la casa.

Yo digo que no es necesario.

Tengo 27 años y en mi vida he trabajado. Desde que salí de la escuela –un centro de idiomas y computación que está cerca de aquí– me la he pasado muy bien con mis padres sin necesidad de trabajar. No sé por qué ahora tienen tanta urgencia en que lo haga.

Según ellos, el negocio de refacciones para instalaciones de gas y agua va mal. Mi madre atiende el local y mi padre es el plomero. Yo me quedo en casa mirando la televisión, me paso un ratito en Internet (no mucho, unas tres horas) o pensando en mi próxima obra de arte.

Porque, estoy seguro, soy pintor. Desde pequeño me gustaba hacer dibujos en las paredes. Mis padres no consideran que he buscado en Internet durante dos días y no encuentro nada que se relacione con mi profesión. Cuando tecleo “pintor” aparece: “Verifica la ortografía de tu búsqueda”. No entiendo por qué. Solo buscan contadores, ingenieros, abogados, diseñadores. No hay nada para artistas como yo, así cómo voy a encontrar trabajo. Pero ellos insisten en que debo buscar un empleo porque el negocio va muy mal (siempre dicen eso) y a mi padre le va peor. Ella tiene 60 años y él 67. Que ya están viejos para continuar trabajando, repiten y repiten; que necesitan descansar, que debo hacer mi vida lejos de ellos…

Yo digo que se ven de maravilla y que todavía aguantan.

—Hijo, puedo enseñarte el oficio de la plomería para que te ganes tus centavos y ya no dependas de nosotros —me dijo mi padre hace un par de días.

—No, papá, yo soy pintor.

—Pero hijo, nunca has pintado un cuadro, ¿de dónde sacas eso? —intervino mi madre.

—Mamá, ¿no te acuerdas de las paredes que rayoneaba de chico?

—Carlos, ¡eso tiene más de veinte años! —me replicó.

Y ante eso nada pude decirles.

Entonces, lo he pensado, seguramente lo mío es la actuación. Me explico: de niño me fingía enfermo para no ir a la escuela. Y me salía muy bien, faltaba seguido. Pero al teclear en el buscador “actor” nada más me sale “actuario”.

—Hijo, ¿qué te parece si hoy te enseño algunas cosas sobre plomería? No digas que no es lo tuyo si no lo has intentado —me dijo mi padre ayer.

Le di una oportunidad. Estuvimos toda la mañana con eso: traté de colocar unas mangueras por debajo del lavabo y solo logré empaparme a mí, a mi padre y al piso del baño.

—No, papá, no puedo.

Se me quedó mirando como al niño que levanta la paleta del piso y se la lleva a la boca: decepcionado.

Pero aquí estoy frente a la computadora en el buscador de empleo, otra vez, contra mi voluntad, pero con el deseo de desdibujar aquel gesto del rostro de mi padre. Tecleo palabras sin sentido, trabajos que no quiero conseguir. No sé qué poner, sin embargo observo que mis dedos se mueven rápidos y fluidos. Como los del pianista que, no hay duda, siempre he sido.


Texto publicado originalmente en Kaja Negra.

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