Un océano de nubes (muerto es mejor)

Edgar Allan Poe, In memoriam

 

No quiero recordar cuando estaba vivo. Todo es mejor ahora. Sin tener que levantarse temprano para trabajar; sin tener que comer, vestir, ni ir al baño; sin tener que pagar la renta, ni tirar la basura; sin tener que lidiar con los vecinos; sin tener que respirar ni cansarse de todo.

Estar muerto es como estar en medio del mar. O en una isla perdida en él, rodeada por un océano de nubes. Con tranquilidad absoluta. Estás solo, sin alguien que te moleste y con la libertad de poder gritar como para que te escuche Dios. Aunque, sinceramente, eso no pasa: como cuando estaba vivo, no lo he visto por ninguna parte.

Muerto ni Dios te oye.

Y me alegro.

Lo único que extraño de vivir es el alcohol. Embriagarme sin consideraciones de ningún tipo. Un vaso de ginebra, igual de solo que yo, para acompañarme. Pero estando muerto es imposible beber. Por lo tanto vomitar, que era lo que siempre hacía. Me embriagaba para eso, para vomitar. Era una forma de desahogarme, de sentir que se escapaba mi alma por la boca; junto a la comida, el coraje y la rabia que uno lleva dentro. Todo al mismo tiempo.

Extraño el alcohol.

Tampoco he podido ver el mar de vuelta desde que morí. Vivía junto al mar. Y allí el mar era hermoso. Profundo, oscuro. Por eso se parece tanto a la muerte. Cuando mueres todo se torna así, en tinieblas, justo como los hombres lo imaginaban. Pero eso sí, no podemos hablar con los vivos. En eso se equivocan. Es de las pocas ideas erróneas que el hombre ha pensado sobre la muerte. Pero podemos escribirles.

Y me alegro.

Así no tengo que hablar con nadie. Para qué. Hablar con las personas solo te perjudica. Te jode. Solo atrae problemas. En vida fui un hombre que preferí estar bebiendo solo en las cantinas o en el cuarto donde vivía que pararme en algún lugar concurrido. Porque si odiaba a las personas cuando hablaban sobrias, ebrias no las soportaba. Son lo peor que existe. Dicen una estupidez tras otra y sin parar.

Pero no quiero recordar cuando estaba vivo. Muerto es mejor. Todo se mira en su justa dimensión. Sin exageraciones de ningún tipo, sin sentimentalismos. Sin toda esa mierda que prolifera en la humanidad. Lo único real, tangible, inminente, es la muerte.

Vivía junto al mar y esa vez estaba bebiendo solo, como siempre. El grito de una mujer pidiendo auxilio me sobresaltó. Bebí el último trago de ginebra y salí del cuarto. De saber que se trataba del último, habría salido con la botella entera. Es más, no habría salido de ahí. Pero el alarido de la mujer me obligó a hacerlo, como si se tratara del canto de una sirena.

A la redonda no había nadie. Todo estaba a oscuras. El ruido del viento golpeando al mar era lo único que se escuchaba. Era de madrugada y comenzaba a enfriarme. Decidí regresar a casa. Faltaban pocos tragos para provocarme el vómito; ya tenía suficiente de todo. De mí, no del alcohol. Pero cuando quise volver adentro, escuché a la mujer otra vez, desesperada.

—¡Javier, Javier!

La mujer sabía mi nombre. Eso no lo pude soportar. Nadie me conocía. No tenía por qué saber mi nombre una mujer extraña que pedía auxilio. La última mujer que lo supo fue mi madre. Nadie más.

—¡Javier, Javier!

A pesar de que conocía el camino mejor que a mí mismo, apenas pude bajar la ladera que daba a las aguas; no podía caminar sin tropiezos. Aún así no me detuve. La escuchaba cada vez más cerca, entre la voz del mar profundo y del viento que soplaba cada vez más frío.

—¡Ayúdame!

Pero el mar impasible no me mostró su figura. Por más que me detuve a mirar, solo la escuchaba: Javier, ayúdame.

—¡¿Dónde estás?! —Grité, esperando una respuesta que nunca llegó.

Tuve que meterme al agua para buscarla. Di dos o tres pasos para sentir las olas romperse entre mis pies y la arena. Los daba lentos, inseguros. Faltaba poco para que cayera derribado por el oleaje. Pero seguí avanzando hasta que el agua cubrió completamente mi pecho.

En ese momento me detuve otra vez a mirar. No había nadie.

—¡Javier!

Escuché la voz del lado contrario al que yo estaba, en la orilla. Fue que de pronto todo quedó en silencio. Ni el mar ni el viento se escucharon más.

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