Unidad Belén

Para MarioDaniel, PhatomLord y Erik

 

En la Unidad Belén vive el Diablo.

Así me lo hicieron saber: es un lugar de empinadas calles cuya entrada la vigila un coloso de cuarenta metros de alto.

—Es la bomba de agua —me dijo el Erik, al amanecer, después del banquete de alcohol y mota que nos servimos la noche anterior.

—Es imponente. Qué sería de la Unidad Belén si se les viniera encima.

—No, no, no, ni digas. Aunque aquí todo puede pasar…

☻☻

Cenamos unas gorditas y unas quesadillas antes de empezar. La señora conoce bien al PhantomLord, uno de mis carnales, quien pesa como un millón de kilos y tiene una cara de infeliz bastardo, como dice MarioDaniel, mi otro compadre. Todos han vivido ahí desde siempre. La Unidad Belén es una de las tantas unidades habitacionales de la Ciudad de México, sin embargo su ubicación es una de sus particularidades: está entre la riqueza y la pobreza más extremas de Santa Fe. Y no es tan vieja, al menos sus edificios no hablan de una edad avanzada. Sus calles son pequeños abismos que albergan a la maldad más pura.

Caminar en la Unidad Belén de noche y con unos tragos encima hace parecer al infierno un lugar seguro. Luego de la comida compramos whisky. Me lo debía MarioDaniel. Un JB, Johannes Brahms, como me dijo alguna vez un maestro y amigo entrañable. De ahí escuchamos a la banda de Phantom Lord ensayar. Tocan heavy-thrash con el corazón. No hago más que reconocerles su gran trabajo y embriagarme a lo bestia de felicidad. Fumamos mota. En Unidad Belén no fumar mota es no apreciar su belleza cruda en su justa dimensión. Es como fumarse un tabaco, algo muy común al menos entre la gente joven y oriunda del lugar, ese que se precia inacabable, ese que el Diablo escogió para vivir: siguió la estrella (la de Belén) que alguna vez fue guía para el nacimiento de Cristo y se instaló ahí a propósito. Pero caminamos con dificultades: la permanente inclinación de la Unidad impide hacerlo sin flexionar las rodillas todo el tiempo: es un lugar donde las cosas caen y nunca vuelven a tus manos. Porque la caída es infinita.

—Ahí vive el Diablo, caon —me dice Erik, al tiempo que señala una casa abandonada.

El lugar está rayoneado por pintas, orinado, cagado, vomitado. Solo y completamente oscuro.

—El Diablo me la pela, güey.

Mi respuesta no les causa gracia. Es extraño: alrededor las casas están completamente iluminadas por el alumbrado público. Ésa no. Según me cuentan, ahí se mató una mujer con sus hijos. Y no solo eso: el hombre que vivió por última vez ahí murió al chocar varias veces la cabeza contra los muros de la casa.

Es el Diablo quien vive ahí y la Muerte lo acompaña.

—A ver, entra —me insta MarioDaniel.

Titubeo, les digo que entremos todos juntos. Ninguno acepta.

—Ya vámonos, güey —dice el PhantomLord con cara de susto. A veces luce más como un niño pequeño que como un infeliz bastardo.

—Espérate. Vamos a entrar, no pasa nada, caon.

—No, güe, de verdad que no es broma de que ahí pasan pedos bien raros.

Erik y Daniel se adelantan tres o cuatro pasos. Les pido que se esperen. Me sacó el pene y me orino afuera. Erik se lleva las manos a la cara. Le doy el último trago al whisky que todavía traigo en las manos.

En Unidad Belén solo se escucha mi voz decir:

—Voy a entrar, pinches putos.

☻☻

La oscuridad me consume de inmediato. Me ahoga. No veo absolutamente nada. Es que busco la puerta de regreso y no la encuentro. No por miedo, simplemente porque la oscuridad me devora. Es total. Pero no encuentro la puerta de regreso. Me pierdo en un lugar que no mide más de diez metros de ancho y al que acabo de entrar hace unos segundos. Pero no solo es la oscuridad, también es el silencio: un zumbido se apodera de mis oídos. Me siento completamente aturdido. Empiezo a gritarles que vengan por mí. A gritarles con todas mis fuerzas.

☻☻

Estoy caminando con Erik, en la mañana, a punto de tomar el camión que me lleve de regreso a casa. Me ofrece un cigarro. Se lo acepto. No estoy crudo, es más, pareciera que no tomé nada. Acerca el encendedor a mi rostro. Jalo la primera bocanada de humo.

Hablamos sobre el coloso de la entrada.

—Es imponente. Qué sería de la Unidad Belén si se les viniera encima.

—No, no, no, ni digas. Aunque aquí todo puede pasar. Ya ves lo que te pasó anoche.

Lo observo, inquisidor, sin saber a qué se refiere.

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