Este lugar es la muerte

Isabel observa el televisor junto a su madre. Desayunan juntas por primera vez; hace días que no se hablaban. Isabel está a punto de irse a la escuela: una la preparatoria que está a 15 minutos de distancia de su casa, en un barrio de Ecatepec. Ambas observan el noticiario matutino. En él, el conductor está dando la noticia del día: han desaparecido a 43 estudiantes en una localidad de Guerrero. Por el momento las autoridades desconocen las causas, dice el famoso periodista, quien en ningún momento pierde el semblante: su corbata y sonrisa lucen perfectas. Isabel escucha a su madre decir qué barbaridad; casi acaba de comerse el huevo con jamón que le preparó: amaneció con hambre, a diferencia de otros días en los que se salía de casa en ayunas.

Su madre le da la bendición tras decirle no se te vaya a hacer tarde, mija, e Isabel se alista para salir. En la televisión el conductor sigue hablando de los estudiantes desaparecidos. En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo, le dice su madre mientras pasa su mano arrugada y con olor a cloro en forma de cruz sobre su rostro. Ya, mamá, me tengo que ir, le dice Isabel a la mujer. Toma su mochila y sale. Una vez que está a una cuadra de distancia de su casa, cuando está segura de que su madre no puede verla, Isabel se desata la coleta que aquella mujer le hizo y sube un poco el largo de su falta. Mira su reflejo en un coche estacionado, y pese a la opaca imagen, se siente lista. Camina unos metros más hasta donde pasa la combi. Hace la parada a una que va atestada de gente. Aun así alcanza a subir. Buenos días, dice y casi todos le responden con las mismas palabras. Isabel se sienta a un lado de una señora cuyo perfume inunda la unidad y de otro joven, como ella, estudiante. Va uniformado. Es de su misma escuela. Es más, lo conoce. Es más, le cae mal. Este pinche wey, piensa, me tenía que tocar junto a él.

El chofer de la combi lleva el principal noticiario matutino de la radio. En él la conductora también habla de los estudiantes desparecidos en Guerrero. Hace énfasis en que aquel es un crimen de Estado. Tan pronto escucha eso, Isabel busca en su mochila sus audífonos. Se los coloca con dificultad: pretende no rozarse demás con aquel joven, al que le dicen el Wicho, un fresa de mierda, según opina Isabel y su círculo de amigos. Es así que ella se coloca los dos chícharos en cada oreja y reproduce de su celular una canción al azar. Suena una de la banda Cannibal Corpse. Ella desconoce el título, pero le gusta su brutalidad. Sujetándose de donde puede, Isabel observa a los demás pasajeros mientras la música suena sólo para ella. Nota en ellos apatía, una muerte interna que sus caras no se cansan de gritarle. Cierra un momento los ojos. Los riffs de la banda de Tampa, Florida, retumban en su alma como diazepam. Abre los ojos porque muchos de los pasajeros bajan, casi abruptamente. Se desocupa casi por completo la unidad, pero el Wicho no se le despega. Así que ella se hace a un lado los centímetros que le es posible. A su izquierda. La señora que iba a su lado ya se ha bajado. Isabel se quita un auricular. En el noticiero la locutora ahora está entrevistando a un funcionario. Éste dice que las investigaciones están en curso, pero que todo apunta a que los hechos son responsabilidad del crimen organizado. Pero no hay certezas, le replica la locutora. Isabel vuelve a colocarse el audífono. Mira de reojo a su compañero: va dormido: su cuerpo tambalea con el vaivén de los baches. Isabel agradece que falte poco para bajarse. Ahora suena en su reproductor una banda que no recuerda, pero que toca black metal; no recuerda dato alguno mas que le gusta la canción. Cierra de nuevo los ojos. Hoy tiene examen de biología, pero no estudió. No le interesa, ya verá qué contesta. Es más, ahora que bajen de la combi le preguntará al Wicho si puede sentarse junto a él para copiarle, piensa, mientras la canción transcurre, imparable, en sus oídos.

A dos cuadras de llegar a su prepa es que ocurre el asalto. El hombre que iba frente a Isabel, un señor del que jamás habría sospechado que portaba una pistola, y un joven que iba en el asiento de adelante, a espaldas del conductor, un joven sin mayor seña particular que su playera de Spiderman, pero que llevaba un cuchillo inmenso en su mochila, les dicen a todos que ya valió madre. Isabel abre los ojos al momento. El hombre que está frente a ella le ordena que suelte los audífonos y el celular. A ver, culeros, todos echen el celular, dicen ambos. El Wicho también despierta y busca entre sus bolsillos un aparato que no tiene. Isabel les da el suyo mientras él sigue buscando y les dice que no trae nada, que hace dos días lo asaltaron y se lo quitaron. Otra señora y otro joven que iban en los asientos de atrás también les dan su celular a ambos asaltantes. En las noticias siguen comentando la desaparición de los 43 normalistas.

No te hagas pendejo, cabrón, le dice el hombre que lleva el arma a Wicho. Le apunta directo al rostro. Presta la mochila, le dice. El joven que lleva el cuchillo le dice al conductor de la combi que se siga, que se siga hasta los llanos. El hombre del arma escudriña en la mochila del Wicho, pero sólo encuentra un par de libretas y un sándwich aplastado. El hombre arroja la mochila al piso. A ver, hijos de la chingada, suelten todo lo que traigan, también su pinche morralla. Isabel saca de su cartera los cuarenta pesos que trae. El hombre de la pistola se los arrebata. Lo mismo el monedero y la cartera de la señora y del joven que iba hasta atrás. El Wicho saca a lo mucho veinte pesos en puras monedas, y se los da al hombre. Este hijo de su pinche madre vale verga, le dice el hombre al joven del cuchillo, quien con el filo más largo le apunta al conductor. Oríllate, culero, le dice una vez que han llegado a los llanos. Bájense en chinga, les dice el hombre de la pistola a la señora y al joven que iban atrás. Cuando Isabel y el Wicho pensaban descender de la unidad, el hombre les ordena: ustedes dos aquí se quedan.

El joven del cuchillo amenaza al conductor ordenándole que también se baje. Este lo hace tras decirle que no sea ojete, que aguante, pero del asaltante sólo recibe un que te bajes, hijo de tu chingada madre. Se baja sin las llaves. El joven del cuchillo recoge hasta el último centavo de lo que hasta ese momento había recaudado de pasajes. El hombre de la pistola le dice al joven del cuchillo que cómo ve a este pendejo (refiriéndose al Wicho), le dice que no se va a ir así nomás. A ver, cabrón, báscula, le dice el joven del cuchillo al joven estudiante. La radio sigue su curso. En el noticiario han anunciado cortes comerciales, que suenan unos tras otros, interminables. Párate, pendejo, le dicen al Wicho ambos hombres, quienes lo esculcan hasta el último rincón de sus ropas. Le quitan los zapatos, le bajan los pantalones, pero en verdad Wicho no trae más que dos cuadernos y un sándwich aplastado. Vale verga, te digo, dice el hombre de la pistola antes de dispararle directo al rostro al Wicho. Isabel observa el impacto de la bala atravesarle una mejilla, destruirle los lentes; observa cómo el cuerpo de su compañero se desvanece y se estrella contra una de las ventanas, en aquella en la que hay un anuncio que informa sobre las tarifas. Jala la nave pal cantón, le dice el hombre de la pistola al joven del cuchillo. Este obedece y arranca el transporte.

Nos vamos a divertir con esta morrita, dice el hombre de la pistola mientras el cuerpo del Wicho yace en el piso de la combi, en calzones, sin zapatos, escurriendo sangre; mientras Isabel mira a través de la ventana en la que se estrelló el rostro de su compañero, a través de la mancha roja que dejó, que no hay nadie a la redonda que pueda ayudarla.

los43portada


Texto incluido en el libro Los 43, Los Bastardos de la Uva, 2015.

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