El sillón

Conforme avanzó sobre la calle lo miró con más claridad. Ahí estaba, tirado en una esquina, abandonado. Pudo haberlo reconocido estuviera en el lugar en el que estuviera. Entonces los recuerdos se le agolparon aquella noche en que no llovía pero que golpeaba helada: recordó especialmente cómo, llorando, arrastrándose por toda la casa, le rogó a su padre y a los hombres que lo cargaban que no se lo llevaran, que por favor no se llevaran aquel sillón. Él le dijo que era momento de cambiar la sala, pero que (cedió ante las súplicas) se llevarían ese con el abuelo. Y así fue. Pero de aquello habían pasado unos veinte años; el abuelo recién había muerto y el sillón ahora yacía en una esquina en la que vivían drogadictos y perros callejeros. Se acercó a él. Notó que tenía los brazos rasgados; sintió en su propia piel que la tela que lo tapizaba (un color vino desgastado) tenía frío y deseos de volver a casa. Fue que se sentó: estaba hundido pero el asiento soportó el peso. Cerró los ojos y se recargó en el respaldo. Enterró los dedos en las rasgaduras que dejaban el relleno a la vista y volvió a llorar. Nadie a la redonda. Solo ella y su sillón.

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