Los ladridos de un perro que hacía su trabajo

El perro vivía entre desperdicios de automóviles. Encadenado, ladraba casi a todas las personas que pasaban frente a la reja que lo mantenía todo el tiempo encerrado en un local al aire libre ubicado en una esquina, frente a una avenida, frente a un autolavado. Ése era su trabajo: cuidar de aquel tiradero. Y lo hacía muy bien: la gente que caminaba por ahí sabía que lo mejor era no acercarse.

Fue hasta que tuve un perro muy parecido a él que pude pararme frente a la reja. Un pastor negro, un poco más pequeño en edad y tamaño, un poco más gordo. Me imaginaba que eran padre e hijo, así que un día le permití a mi perro olfatearlo de cerca; él nunca ha sido agresivo y le encanta jugar y conocer a los de su especie. El encadenado, cuyo nombre nunca supe, levantó las orejas cuando lo vio y en vez de ladrar procuró olfatearlo también y cuando reanudamos el camino hacia el paseo que desde entonces hicimos diario, ambos animales emitieron un tenue chillido.

Nunca había escuchado a aquel perro hacer eso. Solo había escuchado sus ladridos, que en las madrugadas se oían hasta mi domicilio, a un par de cuadras.

La escena se repetía cada que pasábamos; a veces por la mañana, cuando había carrocerías de autos que parecían listos para una competencia Nascar y los del autolavado atendían, uno tras otro, a los clientes que esperaban unos minutos a que su auto estuviera limpio, y otras lo hacíamos por las noches, cuando no había nada de eso, cuando estaba solo aquel perro negro que imaginaba padre del mío. Ya no ladraba, se olfateaban amistosamente el uno al otro y chillaban al despedirse.

Alguna vez vi entrar y salir de esa bodega casi al aire libre a algunos hombres. Siempre me pregunté quién sería el dueño del lugar y del animal; también pensaba que de saberlo todo aquel juego terminaría para mí.

Hasta que aquel perro dejó de estar ahí ladrando.

Habré pasado unas tres semanas preguntándome si lo habían llevado a otra parte, si alguien se había interesado en él, qué sé yo. Me empecé a preguntar eso justamente poco después de que atropellaran a mi perro en las orillas de un parque no muy lejos de ahí mientras jugábamos –apenas lo empezaba a enseñar a andar sin correa–: tras adelantárseme unos metros me perdió de vista entre los árboles; se descontroló y corrió despavorido hacia el camino por el que habíamos llegado, ignorando mis chiflidos. Cruzó la calle y corrió hacia unas personas que por ahí pasaban. Al correr tras él, pensando que ahí podría interceptarlo, alguien más lanzó un chiflido. Lo que vi me detuvo en seco: el perro regresaba hacia el parque cuando un taxi lo golpeó por un costado. El animal rodó por el pavimento unas cinco o seis veces. Cuando se detuvo se incorporó de inmediato y echó a correr a toda velocidad hacia las calles por las que habíamos llegado. Ahí sí, corrí lo más rápido que pude pero me fue imposible alcanzarlo. Empezó a llover. Algunas personas que presenciaron el impacto me ofrecieron su ayuda si acaso lograban verlo. Caminé unos metros sin saber qué hacer, pensando que lo volverían a atropellar o que lo perdería para siempre. Necesitaba ayuda: un automóvil, mi bicicleta, algo en lo que pudiera buscarlo más rápido, así que volví a casa, aunque resignado a lo peor.

Regresé por el camino de ida, hasta que llegué a donde vivía el perro enrejado. Me ladró. Lo miré y le pregunté si no sabía donde estaba su hijo. Volvió a ladrarme. Crucé la avenida, esa avenida insaciable, pensando que si había regresado a casa, me encontraría con el cadáver de mi perro en el pavimento, o en el camellón, como días antes había encontrado a mi gato, envenenado por mis vecinos y arrojado ahí como un pedazo de basura. Pero no estaba. Si había regresado, pensé entonces, tenía que estar afuera del edificio donde vivía, pero tampoco estaba ahí. Bajo la lluvia traté de pensar en algo: aún eran inminentes la pérdida o el segundo atropello. Abrí la puerta del zaguán y caminé empapado hacia la puerta del cuarto donde vivía. El perro estaba ahí. No me lo expliqué en ese momento, era un milagro, pero después supe que cuando llegó un vecino lo vio y lo metió a la vecindad. Salvo algunos raspones y la adrenalina al máximo, el animal estaba intacto.

Un día la tía que me rentaba el cuarto donde vivía conoció al dueño del perro que ladraba todo el tiempo, el padre del mío, en una reunión.

—Es un expiloto de carreras —me dijo sobre él—. Le calculo casi sesenta años. Y qué crees que me contó.

—¿Qué pasó?

—Que atropellaron a su perro. Uno negro que ahí tenía que se parecía al tuyo, ¿si lo llegaste a ver? Sus empleados lo sacaron un momento, o se les escapó, corrió hacia la avenida y lo arrollaron al pobrecito.

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