El vendedor de ilusiones

Lleva dos horas ahí. Dos horas, pero ningún niño se ha acercado a él para sentarse en sus piernas. Ya le duelen las nalgas pues apenas se ha movido, y el ron que lleva en la botella de refresco de quinientos mililitros se acabará muy pronto, con otro trago, antes de que el alcohol le haga un poco de efecto. Es el primer día de dos semanas continuas en las que tendrá que disfrazarse para ganar unos cuantos pesos y poder comer algo o seguir bebiendo.

Lleva dos horas ahí, y ya está lamentando haber aceptado ese trabajo.

—Jo, jo, jo, jo —pronuncia, sin entusiasmo. Bosteza. Pasa su lengua por los labios secos, rodeados por el bigote y la barba blancos—. Qué mierda.

Trata de acomodarse en la silla que el encargado del negocio usa desde hace veinte años con todos los empleados que se disfrazan cada diciembre. Es la silla más incómoda en la que se ha sentado en su vida. Se lamenta, piensa que debió llevarse alguna almohada y otra botella llena de ron, o más ron en la mochila donde lleva su ropa para llenar la botella que lleva. Así el tiempo pasaría fluidamente, no como ahora, con el coxis torturado por una tabla vieja y mal ensamblada, mientras espera al fotógrafo.

Respira hondamente y observa su entorno. Quizá no sea la hora indicada –son las doce del día- para que los niños quieran contarle qué juguetes son los que más han deseado durante el año y que sus padres, está seguro, no les traerán.

—Tu labor consiste en que esos niños piensen que sí lo harán —le reiteró el encargado—. No olvides que eres un vendedor de ilusiones.

Observa su entorno. Las calles prácticamente están vacías: pasan pocos automóviles, bicicletas y gente de a pie. El sol, ese sí, se hace notar descargando quemantes rayos sobre el asfalto, haciéndolo brillar, haciéndolo parecer un enorme reflector. Se toca la espalda y nota que está empapada de sudor. Se quita el viejo gorro del traje que también le prestaron y que le queda inmenso, se levanta un momento barba y bigote, y con aquél se echa aire en el rostro para refrescarse. Observa la botella que tiene al pie de la silla y duda si acabar con su contenido de una vez. Sin embargo lo hace: la destapa con rapidez y casi al momento el líquido desaparece.

Apenas sonríe. Desea un cigarro, pero no tiene y tampoco ha pasado un vendedor al que le pueda comprar uno suelto, mentolado, y recuerda otra advertencia del encargado:

—Por favor no fumes durante el trabajo. Si te ven, causarás una gran decepción en los niños. Además, vas a dejar el traje apestando, y no debemos lavar el traje hasta que acaben las dos semanas. Es un desmadre para que se seque.

Pero no le importa y se pone de pie. Doblando la esquina hay un puesto de periódicos donde puede conseguir un cigarro, y desde ahí se alcanza a ver la alameda donde está parado. Antes de avanzar observa a su izquierda, al escenario que ahí han estado montando quienes en unas horas se disfrazarán de Reyes Magos. Ignora quiénes son y no le interesa, pero si acaso perdiera aquella silla vieja en la que ha estado sentado dos horas con diez minutos, o alguno de los moños y esferas que la ornamentan, estaría en problemas con el encargado.

Así que camina, con el gorro en la mano, con las botas y el cinturón negros, el pantalón y el saco rojos que también le quedan grandes, sin dejar de mirar hacia la silla. Los hombres que en unas horas se disfrazarán de Reyes Magos siguen en lo suyo, y no reparan en que aquel hombre ataviado de Santa Clos ha abandonado su lugar.

Llega al puesto de periódicos. Quien atiende mira en un pequeño televisor en blanco y negro un programa de concursos.

—¿Tiene cigarros?

—Sí, de cuál quiere.

—El que sea, pero mentolado.

—Tómelo de ahí, enfrente de los cacahuates.

El hombre saca uno de la primera cajetilla de mentolados que mira y lo lleva directo a su boca.

—¿Y el encendedor?

—Junto a los chicles.

Fricciona tres veces con el pulgar derecho y el encendedor no funciona. Intenta una cuarta, pero nada. Una mancha negra le marca la yema.

—¿Tiene uno que funcione?

De una de las bolsas delanteras que tiene su mandil azul, el periodiquero saca otro encendedor y, tras friccionarlo una sola vez, surge una larga flama que acerca al rostro del hombre, quien se hace la barba y el bigote a un lado.

—¿Cuánto es? —pregunta, exhalando el humo.

—Cinco pesos.

De la bolsa delantera de su saco rojo de peluche, el hombre tienta algunas monedas y hasta que siente la que es de cinco pesos saca la mano y se la da al periodiquero. Ninguno agradece. El hombre disfrazado se queda un momento más ahí a ver los titulares del día, con el gorro en una mano y el cigarro en la otra. Observa prácticamente las mismas noticias que observó en los titulares de los periódicos en algún otro puesto hace varios meses: balaceados, torturados, jugadores de futbol con gran futuro, hermosas mujeres mostrando sus firmes senos, corrupción empresarial y política…

—La misma mierda —piensa, y da una honda calada al tabaco que culmina por refrescarle la garganta.

Regresa a su lugar de trabajo a pasos lentos, por la orilla de la banqueta, atajándose del sol. Los Reyes Magos están a punto de culminar el montaje de su escenografía. Ya han puesto al camello, caballo y elefante hechos de una mezcla entre cartón y plástico que montarán durante las siguientes horas. El hombre se conduele: si una silla lo ha perturbado tanto, no imagina lo que le haría la espalda de cualquiera de esos animales. Quién sabe, piensa, quizá hasta sea más cómodo.

Da la última calada a su cigarro y tira la colilla al suelo. Pisa la agonizante flama con una de sus botas y observa que tanto la vieja silla como su humilde decoración siguen en su lugar. Antes de sentarse de vuelta, de siquiera haberse colocado el gorro, observa que una niña y una anciana caminan cerca del puesto de los Reyes Magos. Observa cómo esa niña, pequeña y rubia, de unos cinco años, lo señala:

—¡Mira abuela, Santa Clos!

Imperturbable, el hombre se sienta en la silla y se coloca el sombrero. Se pica una nalga con algún clavo saliente del asiento, pero soporta conservando el desgano que tenía minutos atrás:

—Jo, jo, jo, jo.

—Abuela, ¿puedo darle mi carta a Santa?, ¿sí?

La niña ya le había hecho la misma pregunta a la anciana cuando pasaron junto a los Reyes Magos, pero al no estar listos no pudieron atenderlas.

—¿Cómo dices?

—Que si puedo darle mi carta a Santa, abuela.

—Oh, claro, hija. ¿Joven, buenos días, y el fotógrafo?

El hombre mira a su alrededor para cerciorarse, y responde:

—No ha llegado.

La abuela saca de su pequeña bolsa de mano que lleva colgada en el brazo izquierdo una cámara de bolsillo.

—¿Puedo tomarlas yo y pagarle a usted?

La niña corre hacia el hombre y, sin pedirle permiso, de un salto ya está sentada sobre él.

Lo abraza.

Le sonríe.

—Sí, señora —alcanza a pronunciar. Permanece rígido, con sus brazos sobre los brazos de la silla mientras la niña lo mira, hasta que ésta le pregunta:

—Hueles raro, Santa. Hueles a chicle, ¿me regalas uno?

—Mejor cuéntame qué le vas a pedir a tus papás esta navidad.

—Regálame un chicle, Santa.

—No tengo chicles —le dice, y piensa: ese hijo de puta del fotógrafo lleva más de una hora de retraso, me dejará padeciendo esto; y continúa—: Espera, déjame buscar en mi mochila.

El hombre inclina el cuerpo hacia su mochila, de su lado izquierdo, y con la mano derecha sujeta la espalda de la niña. Hurga hasta el fondo de cada una de las bolsas, y casi milagrosamente halla en una de ellas una pastilla mentolada.

—Mira, un dulce.

La pequeña lo observa y no voltea a su espalda, donde está su abuela sosteniendo la cámara con ambas manos. La vieja se ha alejado varios pasos para tener un mejor encuadre, que abarque a su nieta, al hombre y a todo el escenario. Dispara un par de veces y mira con dificultad las fotos en la pantalla.

—¡Eh, gracias, Santa!

Cuando la niña voltea hacia su abuela ya está sonriente, con el dulce en la boca. La mujer apenas distingue aquella sonrisa por su escasa visión, y se limita a disparar una y otra vez más. De una de las bolsas de la pequeña gabardina que lleva puesta, la niña saca su lista de obsequios. Está doblada en cuatro, cuidadosamente la desdobla y comienza a leérsela al hombre.

—Querido Santa: quiero un celular, una tableta, la nueva Barbi, al esposo de Barbi, la hija de Barbi, quiero el coche de Barbi y unos patines. También quiero una bici y una cocinita para hacer pastelitos con mis amigas…

La lista es inmensa, y al escucharla el hombre comprueba que apenas una o dos de las cosas que aquella niña quiere se las traerán sus padres. Piensa que la anciana que está frente a él tomándoles fotos seguramente recibe una insulsa pensión que le impediría recaudar cabalmente aquellos regalos.

—Es una lista muy larga, ¿te portaste bien?

—Más o menos, Santa —y la niña agacha la mirada.

—Pórtate bien los próximos días y veré qué puedo hacer por ti.

La niña sonríe. Le jala la barba postiza.

—Léeme otra vez la carta —le dice el hombre.

Tal y como se lo pide, la niña lee de nuevo la carta. “Quiero un celular, una tableta, la nueva Barbi”. La abuela, ahí enfrente, quizá a tres metros, sigue tomando fotos. En ningún momento del escrito se pide por el bienestar de la humanidad, por la paz mundial, o por la familia. Ni por la abuela, a la que quizá le quede poco tiempo de vida. En eso reflexiona el hombre mientras mira a la nada: él solía pensar en los demás cuando escribía su carta a Santa o a Los Reyes Magos, solía pedir que su familia estuviera a salvo, saludable; que todos los niños del mundo recibieran regalos…

Pero ya no.

—Sonríe, Santa —le dice la niña de pronto y él levanta el rostro, sin sonreír, en dirección a la cámara. La abuela separa los ojos por un momento del visor y trata de enfocar. Sus lentes reflejan el sol.

—¿Santa, me traerás mis regalos? Me portaré mejor el próximo año.

El hombre la ignora e insiste en recordar lo que solía escribir cuando era un niño: “Que no haya maldad en el mundo, por favor, que todos vivan felices…”

—¿Santa?

—No lo sé.

—¿No sabes?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque son demasiadas cosas.

—Santa puede cumplir todos los deseos.

—¿Crees que no puedo cumplir tus deseos?

—No, no estás contento y no puedes cumplir los deseos, ¿por qué estás triste, Santa?

—No estoy triste.

—¿Por qué tu barba no es de verdad?

—Sí es de verdad.

—¿Por qué no estás gordo, Santa?

—No sé…

—Tú no eres Santa.

La abuela ha dejado de tomar fotografías, está ahí a unos pasos, esperando a que termine la conversación. El hombre permanece callado. ¿El cabrón del fotógrafo no vendrá o qué?, piensa, y lo único que quiere es largarse. La niña lo observa, su mirada impaciente exige una respuesta. Él la mira y la toma de las axilas y la baja de sus piernas. La pequeña camina hacia su abuela, en silencio. Lleva el dulce en la boca, lo chupa. La vieja la recibe agachándose lo más que puede, abriendo los brazos. Ambas lo observan. La mujer devuelve a su bolso la cámara y extrae en su lugar un monedero. El hombre la mira contar las monedas, una a una, lentamente. Las mira encaminarse hacia él, despacio, tomadas de la mano. Mantiene sus brazos sobre los brazos de la silla.

—Joven, ¿cuánto le debo?

—¿Tiene cigarros?

—¿Mande?

—¿Tiene cigarros? —repite.

—No, joven, no fumo.

—No es nada, entonces, señora.

—Cómo cree.

—De verdad.

—Tenga, acépteme al menos estos diez pesos, por favor.

El hombre toma el dinero. Tienta las monedas, extiende la palma, las observa. Las guarda en la bolsa donde tiene las otras.

—¿Me permite ver las fotos?

—¿Cómo?

—Que si me permite ver las fotos, señora.

La mujer acepta arrugando aún más su rostro, vuelve a sacar la cámara de su bolso, la enciende, y se la acerca al hombre. Éste la toma y mira una a una las fotos. Aparece en ellas, sí, sentado con la niña, pero no alcanza a reconocerse. No queda nada de él, piensa, mucho menos de Santa Clos. La niña tiene razón. Se acaricia la barba postiza con una mano mientras con la otra, con el pulgar, aprieta el botón que le muestra cada imagen, hasta que mira todas. De pronto arroja violentamente la cámara contra el piso. Ésta se rompe al instante. La mujer se lleva las manos al rostro y la niña cierra los ojos y se coloca detrás de las piernas de su abuela. Antes de que alguna pueda decir o hacer nada, el hombre les grita:

—¡Lárguense, lárguense!

La anciana y la niña permanecen ahí, atónitas, unos segundos más, y es que se alejan. El hombre se sienta, agitado. Desde ahí mira a la abuela y su nieta avanzar rápidamente por la calle, bajo el despiadado sol. Toma la botella del piso, cerca de donde yace la cámara, y espera un poco más para ponerse de nuevo en pie. La niña no deja de voltear a cada paso que da. Él la mira a los ojos hasta que la pequeña devuelve la vista hacia el frente. El hombre decide que es momento de ir a comprar otro cuarto de ron. Se levanta, recoge su mochila y la botella de refresco. Sabe que no llegará el fotógrafo. De todas formas no piensa regresar. A los pocos pasos que da, tras despojarse del gorro, uno de los Reyes Magos lo intercepta. Lleva consigo uno de los tubos de su escenario. El hombre se percata que detrás de él están los otros dos. Tienta las monedas que lleva en el bolsillo de su traje con una mano, la otra se aferra a la botella de refresco. El hombre levanta la vista hacia el cielo: pasará mucho tiempo antes de que el sol comience a caer.


Texto publicado originalmente en Punto en Línea.

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