El último editor de Scherer


1.

El salón está repleto y afuera una enorme fila de gente espera entrar, a sabiendas de que no lo conseguirá. Es domingo. Es el acto que el sello Grijalbo ha preparado en memoria del periodista Julio Scherer García durante la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Dentro, la acalorada gente presta atención a las palabras del hombre que preside esa mesa, sentado al centro. Se trata de Ariel Rosales, el último editor del periodista que falleció el 7 de enero de 2015. Ha preparado un discurso que principia: “A nombre de Penguin Random House les agradezco a todos ustedes su presencia en este acto que, debemos aclarar, no es un homenaje. Todos sabemos que Julio Scherer era enemigo de los homenajes, los premios y los reconocimientos. Por ello sólo estamos reunidos aquí para hablar en torno a don Julio como autor de libros, muchos de los cuales tuvimos el privilegio de publicar bajo el sello Grijalbo.” A su izquierda está sentado el escritor Fabrizio Mejía Madrid y a su derecha la locutora Carmen Aristegui. En la mesa también están Jenaro Villamil, Rafael Rodríguez Castañeda y Julio Scherer Ibarra, hijo del celebrado periodista.

Los fotógrafos, entonces, se enciman y disparan contra la mesa de lujo para captar la mejor fotografía que se tome este día. “A quienes estamos en esta mesa nos mueve el propósito de compartir con ustedes lo que ha significado para nosotros leer su obra, en mi caso leerla y editarla, y con ello invitarlos a seguirla leyendo y, a quienes no lo han hecho, incitarlos para que tengan esa experiencia de lectura que enriquece como pocas”, continúa Rosales y tanto la gente como quienes están sentados junto a él lo escuchan atentos pese a que sus palabras de pronto se pierdan en la lejanía que hay entre sus labios y el micrófono, o entre los chillidos de un niño que llorará intermitentemente hasta que todo termine.

En esta acalorada atmósfera, una pantalla proyecta imágenes del hombre por el que estamos ahí reunidos. Fotografías de él o portadas de sus libros, las imágenes rotan una y otra vez, repitiéndose, para que la gente las voltee a ver de repente. En primera fila está Cristóbal Pera, director editorial de Penguin Random House, quien escucha atento cada una de las palabras dichas por cada uno de los invitados a esa mesa, personalidades cercanas a Scherer García. Pera escucha a Mejía Madrid contar la forma en que Julio Scherer le dio trabajo en su semanario mandándolo a buscar un pueblo de secuestradores al que Mejía logra llegar y escribir sobre él. Scherer, al final, le dice a Madrid que falló en cada aspecto de su reporteo, pero que supo escribir su texto. Pera escucha cómo, antes de comenzar su discurso, el director de Proceso le informa a la gente ahí sentada que la crítica de arte Raquel Tibol acaba de fallecer. Es 22 de febrero de 2015. Pide un minuto de silencio que se vuelve aplausos. (Es curioso: entre la gente está también el último editor de Tibol, pero esa es otra historia.) Es así que Rafael Rodríguez Castañeda habla sobre cómo conoció a Scherer García, “el implacable hombre que siempre fue”. Entre otros muchos aspectos de una relación de años, Castañeda refiere que conoció “El pirata”, un cuento, el único intento de ficción de Scherer: “el periodismo es lo suyo, no la literatura”, concluye. Cristóbal Pera observa, estirando de pronto las piernas, a Jenaro Villamil, quien establece una comparación entre los juicios del periodista por el que está ahí sentado, con los de un filósofo. “Por su inteligencia superior”, dice y cierra: “era sobre todo un ser humano”. Para cuando le toca hablar a Carmen Aristegui, el propio Pera se une a los aplausos que la gente le confiere sin haber dicho una sola palabra. La periodista también rememora a Raquel Tibol. Los fotógrafos no dejan de retratarla. La periodista apunta que Scherer muere el día del atentado contra el semanario francés Charlie Hebdo. Menciona que el reportero Alejandro Caballero escribió la nota que nadie en Proceso habría querido escribir: la de la muerte de su fundador. Y dice: “Moría el protagonista por las grandes batallas de la prensa crítica. Muere en calidad de leyenda. Se fueron juntos, él y Leñero”. Por último Cristóbal Pera escucha a Scherer Ibarra quien inicia su discurso diciendo que su padre era, aunque no lo quisiera, siempre reconocido, digno representante del periodismo crítico. “Para mi padre la libertad y la felicidad eran sinónimos”, expresa, “supo ser más fuerte que la adversidad, que lo acompañó sus 89 años. Triunfó sobre sí mismo”. Y finaliza: su recuerdo vive en sus hijos, amigos y compañeros.

El Salón de Actos de Minería aplaude nuevamente. La gente comienza a dispersarse, a salir; hay quienes se acercan, muchos, con Aristegui, algunos otros con los demás oradores. Las imágenes de Scherer García siguen proyectándose en la pantalla. Alguien menciona que Elena Poniatowska estuvo entre la gente en la parte de atrás. Me acerco entonces a Ariel Rosales, el más desapercibido de los participantes, después de que salude a un par de personas. ¿Recibiste mi correo?, me dice. Sí, le digo. Así confirmamos la charla que sostendríamos una semana después.


2.

La mayoría de las veces en que se refiere a él, Ariel Rosales le llama “don Julio”. Es más, el título del discurso que leyó aquel día en Minería es: “Don Julio: ‘Le digo que me encanta, le digo que me vuelve loco’”. Si algo tenía, me dice, era que te hacía sentir la persona más importante del mundo cuando estaba frente a ti. Era tal su presencia y carácter, su fuerza, que uno creía que era en verdad tan importante cuando nada más te saludaba. Dentro de la editorial Penguin Random House existe una percepción parecida a la del editor at large: cada que llegaba don Julio todos lo recibían atento y éste saludaba a los más posibles. Un apretón de manos, la mirada fija, Scherer te confería poder a través de su saludo.

Sentados el uno frente al otro dentro de su oficina en la editorial, vestidos con una camisa similar (a cuadros grises, como de conjunto norteño a punto de tocar), Rosales responde mi cuestionario sin que siquiera le haya hecho pregunta alguna:

―Siento que frente a don Julio, como figura mediática, como un periodista que fue muy visto, que estuvo en el candelero tanto tiempo, como director de Excélsior pero sobre todo después del golpe; fundador de Proceso, por el tipo de periodismo que hacía, la denuncia constante; siento que en torno a don Julio hay esta tendencia que tiene la opinión pública, los interesados sobre todo en el periodismo, en el periodismo crítico, que es muy maniquea. O un extremo u el otro. O se le acepta sin ninguna crítica, o se le acepta totalmente, y entonces hay una especie de endiosamiento, de volverlo ídolo y de que todo lo que dijo don Julio, todo lo que escribió “iba a misa”, como dicen los españoles. Y por otro lado el que le ve todas sus partes débiles. Y entonces empieza a criticarlo, que hacía un periodismo muy amarillista, que era muy protagonista. Esto desgraciadamente en nuestro medio, entendiendo medio como el ambiente cultural periodístico, es muy propenso. Entonces en una figura como la de don Julio ocurre mucho.

Tal como lo escribió en su texto para el homenaje, Ariel Rosales me cuenta cómo fue que inició su relación editor-autor con Scherer:

―En realidad yo fui el editor de don Julio de 2007 en adelante. Antes lo trataba, no había trabajado directamente con él, pero sí había la relación cuando yo era director editorial de Grijalbo para el pago de regalías de los libros que todavía tenía con nosotros, básicamente de Los presidentes. Yo no fui editor de ese libro, llegué a Grijalbo dos años después de que lo habían publicado, y entonces me tocaba gestionar el pago de sus regalías anuales. Es un libro que vendió bastante, yo calculo que por lo menos 250 mil ejemplares, si no es que más. A lo que voy es que mi relación con don Julio primero fue cordial siempre, pero no de editor-autor. Entonces en 2007 se dieron las circunstancias. Él había publicado aquí La pareja, por el sello Plaza y Janés, yo no fui el editor de ese libro tampoco, lo había editado en 2006, y no había quedado muy satisfecho: por la distribución, por cómo lo había tratado el editor que tenía en ese momento. De cómo lo había tratado en general la editorial. Cuando en 2007 llega de nuevo don Julio a pedir cuentas de ese libro, el último que había publicado aquí, se las pidió a quien acaba de ser nombrado director editorial: Cristóbal Pera. Yo en ese momento había dejado de serlo porque ya no era solamente Grijalbo, ya estaban los sellos Plaza y Janés y los demás con los que nos habíamos fusionado: dejaba de ser Grijalbo Mondadori y se convertía en Random House Mondadori. Yo pasaba a ser editor at large y asesor de la dirección editorial, calidad en la que fui a la primera junta con don Julio, donde se le estaban revisando sus números. En esa junta, tratando de aclarar las cosas (no me correspondía tanto a mí como a otros departamentos administrativos), al final de la junta, tanto Cristóbal como yo, preguntamos al autor que, independientemente de todas esas aclaraciones que estábamos haciendo, si estaba escribiendo. Y dijo por supuesto. ¿Ha pensado en alguna editorial que le publique?, le preguntamos. Originalmente esta fue mi casa. Y eso era cierto porque Grijalbo publicó Los presidentes, después también publicó El poder: historias de familia, pero después se va a Océano y ahí le publican los libros de Salinas, que son Estos años y Salinas y el imperio. Luego aparece en Santillana, con los libros que hizo con Monsiváis y es después cuando regresa al grupo, con La pareja. Entonces dijo que sí le gustaría publicar con nosotros y le dijimos que adelante. No puedo negar que había cierta desconfianza de su parte porque no había tenido muy buena relación con su anterior editor. Fue así que empezamos a trabajar en La terca memoria.

―¿Pero antes de ser su editor aquí, lo conocías?

―Lo conocí cuando José González y González, amigo en común, fue a mostrarle un libro que había escrito, que era su experiencia como jefe de ayudantes de Arturo Durazo. Este libro era una denuncia de todas las trapacerías, era muy fuerte, la primera gran denuncia, desde dentro, de un funcionario corrupto, nada más y nada menos que el jefe de la policía de la ciudad de México. Entonces don Julio lo cuenta muy bien ahí, lo que le dijo (a González y González): yo no publico libros pero vamos a ver qué es lo que usted dice aquí y nosotros lo podemos sacar en Proceso. Entonces comoProceso no editaba libros, fue con su amigo Guillermo Mendizábal, quien sí tenía una editorial que publicaba libros y revistas, que era la editorial Posada, y yo era el director editorial de Posada. Entonces me acuerdo cuando llegó don Julio ahí con el libro, realmente a quien pelaba don Julio, quien ya era una personalidad, al que pelaba era al dueño, porque además le había ayudado a arrancar el semanario. Yo no existía. Entonces en esta nueva etapa (la del 2007) cuando yo llegaba y le decía “don Julio, es que usted ni me peló la vez que lo vi ahí en Posada”. “No me acuerdo, don Ariel” (y agrava la voz para imitar a Scherer). Entonces yo edité ese libro. Me tocó hacer el trabajo de edición, la talacha, porque era un libro que, hacíamos el chiste nosotros ahí en la editorial, estaba escrito en “guarura antiguo”. Don Pepe era un policía, un jefe de ayudantes, pero si era un cuate al que le gustaba leer y por eso tenía la inquietud de escribir, y cuando vio la oportunidad de denunciar de todo lo que había visto ahí con Durazo, con mucha valentía lo hace. El original era una cosa impresionante, hasta tenía partes de notas y añadidos en servilletas de cantinas. Tuvimos que hacer un trabajo de edición pero el libro ya venía con un título que resultó ser muy bueno y ese título fue el que le dejamos: Lo negro del Negro Durazo. Decidimos hacer una edición popular porque era tan morboso, en el sentido de lo que contaba ahí, tenía documentos, todas las revelaciones tremendas… De ese libro vendimos como 850 mil ejemplares. Ganó mucho dinero don Pepe, le agradeció mucho a don Julio. Lo importante es que fue mi primer contacto con don Julio, que después revivimos hablando mucho sobre don Pepe. Tengo cantidad de anécdotas y él también, supimos cómo terminó todo, que no terminó muy bien: se había gastado todo el dinero que había ganado con el libro, que fue bastante, luego se metió en lo de la película… El resultado de Lo negro del Negro Durazo, y ahí es donde la sensibilidad de don Julio para este tipo de cosas es buenísima, al grado de que lo saca en Proceso, nosotros hacemos el libro en Posada, luego hay una película… la repercusión del libro es lo que lleva a la cárcel a Durazo.

Rosales se frota el rostro. Inquieto, se mueve constantemente en su silla. Continúa su discurso, esta vez haciendo énfasis en la importancia del periodismo que ejercía Scherer:

―No cualquiera se lanza a hacer una denuncia con pelos y señales como la hizo don Pepe González, pero mostró una vía que desafortunadamente no ha tenido muchos seguidores: si muestras, revelas, con documentos y evidencias, a través de un libro, la corrupción, pues puede dar resultado. No sé ahora. Al final de cuentas José González y González estaba dentro; no es lo mismo que la investigación periodística, que te encuentras los documentos, que es todo un trabajazo, y esos son los que luego se diluyen ante la indiferencia de las autoridades.

Scherer, dice Rosales, es la muestra de un trabajo periodístico de denuncia, de valentía. Cualidades periodísticas que distinguían a este autor, entre algunas otras:

―En el caso de don Julio también hay un ingrediente que es la conciencia crítica. Siempre. No solamente se trata de la denuncia del mal gobierno, sino se trata de estar ejerciendo siempre eso que llaman el periodismo crítico. Y en un país como este es muy importante no perder eso. Hay que estar señalando todo lo que está mal.

La crítica. Un tema que el último editor de Scherer no deja a un lado, desde su propia experiencia con el autor. Especialmente la relación cercana con el poder político del periodista. Él mismo esboza la pregunta:

―¿Qué le criticaría yo a don Julio? Pues creo que es, como todo, ni blanco ni negro, siempre estamos medio grises, hay contradicciones en las que puede uno caer. Don Julio tuvo muchas veces los pantalones, los huevos, como le quieras llamar, para autocriticarse y poner en evidencia sus contradicciones. En La terca memoria hay un pasaje donde don Julio presiente lo que le ocurrió con Hank González, donde le regala un coche y lo acepta; luego su hija le choca el coche y el otro (Hank) se lo quiere reponer y entonces le dice (Scherer), no, péreme, ya no. ¿Por qué aceptó usted, don Julio, el coche? ¿Por qué pecó? Se lo llegamos a cuestionar en ese sentido, en función del texto. La cercanía con el poder de don Julio al tratar a todos estos mandatarios estaba centrada en el interés periodístico crítico. Está en los libros. No sé si lo disfrutaba pero lo vivía, no con remordimientos, lo vivía, era parte de su vida, el relacionarse con la gente del sistema, con el interés básico del periodista. Pero de alguna manera lo del regalo de Hank, y lo explica, entraba en un terreno difícil, de dilema moral, y entonces ahí el juicio que podría venir es, ¿qué tan honesto era? No te puedo decir que era totalmente honesto, pues aceptó el coche por las circunstancias que estaban ahí. No estoy tratando de justificar sino de explicarlo. Se da esta circunstancia y él mismo en La terca memoria da su explicación. A mí me tocó ver a don Julio recibir, y yo con él, unos whiskies de un personaje que yo no sabía quién era hasta que me lo dijo. Era en un restaurante. Yo no sabía quién era porque no lo reconocí. Debía haber sabido quién era, pero no lo reconocí porque acababa de someterse a una cirugía plástica. Había salido de la cárcel hacía poco tiempo. Y entonces cuando estaba yo con él trabajando en el restaurante viendo unas últimas correcciones (Scherer citó ahí a Rosales, me explica, porque no tenía tiempo de ir a la editorial para que viera unas últimas correcciones). Estando ahí nos mandaba una copita de whisky el susodicho este que te digo, y de pronto ya no aguantó más este señor y se dejó venir. Y entonces le dijo, Julio, Julio, tengo que hablar contigo. Te tengo unas informaciones buenísimas y no sé qué, por eso te he estado mandando unas copas. Y don Julio lo trató con una lejanía, no diría que con grosería pero sí con una distancia total y de plano le dijo: mira, estoy trabajando con el señor, si quieres luego hablamos, ahorita no puedo. Y el otro se fue un poco con la cola entre las patas. Como yo no lo había reconocido, le pregunté a don Julio: oiga, don Julio, ¿y este cabrón quién es? Raúl Salinas de Gortari, me dijo.

El libro al que tanto refiere Ariel Rosales, Los presidentes, deja ver que fue el más exitoso del periodista. Probablemente por las cifras, pero también por un gusto personal o la experiencia propia antes de haberlo conocido: de alguna forma se habían cruzado antes en el camino, un camino, también, dentro de la crítica. Así lo describe el editor en el texto que leyó en Minería:

Scherer

Quienes han criticado el trabajo de Scherer han referido este y otros episodios, como el periodista Víctor Roura, o han revisado implacablemente los trabajos del fundador de Proceso, como lo hace el periodista Marco Lara Klahr con Niños en el crimen, el último libro del autor.

―Así se movía él. En ese sentido tú puedes encontrar en La terca memoria sobre todo, y en Vivir, historias de este tipo de comportamiento de don Julio. Hay una magistral con Héctor Aguilar Camín, y ahí ves que podía ser tremendo. La idea es esta: ha hecho tanto daño el presidencialismo en México que hay que retratarlo, y meterse adentro de las condiciones humanas, eso se lo dice a Octavio Paz, “me intriga la condición humana del mandatario, del presidente”. Era una forma de vida que estaba relacionada con su trabajo. Y además surgían amistades. Porque tampoco podemos cerrarnos a que no hay gente que vale la pena dentro del propio sistema, y él lo dice con nombres y apellidos.

Al respecto, Rosales escribió en su texto:

Fragmento Rosales

De tal modo que así esboza el editor el estilo del periodista. Con sus claroscuros, con sus virtudes. Nada queda a un lado: sus aprendizajes y aportaciones al periodismo, su ineludible nexo con la literatura:

―El Julio escritor te quiere explicar cómo llegan a esos extremos. En ese sentido él era un gran admirador de Dostoievski, Los demonios. Es decir, entrar al interior de estos personajes y tratar de desentrañar esta condición humana.

Es así que Scherer, en esa búsqueda, se encuentra a sí mismo:

―En el caso concreto de don Julio, en Los presidentes ocurre que hay un descubrimiento de sí mismo como creador y como personaje. Es una cosa que me parece genial de don Julio. Al ser él quien se acerca, por su práctica periodística, al poder, puede conseguir las informaciones que necesita; esta necesidad de analizarlos, de entender sus condiciones humanas, etcétera, lo van convirtiendo en el personaje principal de sus propios libros. Eso me fascina, que el gran personaje de sus libros sea don Julio Scherer.

―¿Qué tanto tiene que ver ese don Julio con el Julio de la realidad? ―se pregunta el propio Rosales―. Igual que sucede con qué tanto tiene que ver un personaje literario con el personaje de la realidad, yo no creo que sea una cosa muy importante. Ahora, también, mucha gente que lo conoció lo ve retratado ahí ―responde.

―¿Tú lo veías?

―Sí, totalmente y además, como digo en el texto, tuve el privilegio de escuchar la versión oral primero y luego la versión escrita del libro. Entonces ahí yo veía cómo se convertía eso en libro. No había nada como la versión oral porque lo tenía yo enfrente contándome las cosas. Pero el personaje hay cosas que nos cuenta, cosas que yo vi en el trato que digo “este es don Julio”.

No es una recopilación, es una recreación de lo que él ha hecho, dice Ariel sobre el trabajo de Scherer. Hay un proceso recreativo de todos sus materiales que lo convierten en escritor. Que lo vuelven el creador hasta de un género literario, explica, porque hay toda una voluntad literaria para hacer un discurso coherente, congruente, y de artista, no es solamente el periodista. La operación creativa que hace logra hacer literatura, afirma:

―Creo que sí había una voluntad desde el principio, desde Los presidentes, a escribir literatura. Lo fue puliendo. Hay una cosa que le critican mucho: la extensión, que eran muy cortos. Pero tenían mucho contenido y el estilo estaba presente, que creo es lo que hay que ver bien: un párrafo a veces era trabajadísimo. Reescrito y reescrito. Les pedía mucho esfuerzo a los lectores. Utilizaba la escritura elíptica, donde de pronto corta la idea, incluso deja abierta la conclusión, para que el propio lector le dé sentido. Me acuerdo cuando le dije: “don Julio, su manejo de la elipsis es prodigioso”. Me dijo: “¿y eso qué chingados es?” No quiero decir con esto que fuera ignorante, todo lo contrario. Es una técnica narrativa, no tenía por qué conocerla, la practicaba en su escritura.

Ese estilo escritural encuentra su mejor plataforma en el libro, su espacio natural. No se trata de un apéndice del trabajo diarístico de Scherer, comenta Rosales, es un complemento vital que poco a poco fue convirtiéndose en un todo, en una prioridad.

―Lo ves desde Los presidentes, son libros. Hay algo que tiene que ver con la edición, hemos publicado muchos libros de periodistas y he rechazado muchos. Aquí la clave es, quieren hacer un libro periodístico, con información, con investigación, con crónica, con reportaje, etc. En donde tienen problemas es en el manejo del espacio del libro. Lo interpretan muchos en que el espacio es más grande, no, no se trata de llenar, que tienes que hacer un libro de 250 páginas, no. Se trata de estructurar ese espacio, y eso es más cercano al discurso ensayístico o al discurso literario. Es decir, en donde tienes que introducir el tema, irlo desarrollando, darle una estructura narrativa, por eso se habla tanto del periodismo narrativo ahora, y que se da en el espacio del libro. Eso te exige necesariamente estructurar tu contenido. Y entre más eficaz sea ese manejo de tu contenido a través de una estructura, que puede ser una estructura preestablecida, debe de serlo, puedes comunicarle mucho mejor al lector, que está leyendo también a un ritmo distinto a como lee los reportajes diarios, los periódicos en internet, etcétera. En el espacio del libro se va a dar la experiencia de lectura. Entonces en ese espacio tienes que ir llevando al lector. Muchos fracasan porque no logran capturar la atención del lector e irla llevando a lo largo de varias páginas; entonces le van transmitiendo por supuesto que información, pero no sólo información, le pueden transmitir, como es el caso de don Julio, emociones, le pueden transmitir razonamientos, le pueden exigir, como te exige un buen escritor, pensar con él, como él, etcétera, etcétera. Esa es la diferencia que hay que poner muy clara entre publicar un libro y publicar un reportaje.

Para Ariel Rosales, aun cuando hace falta distancia para valorarlo plenamente, dice, Julio Scherer se inscribe a la tradición de los grandes cronistas mexicanos de inicios del siglo XX, como Guillermo Prieto. Está seguro de que aun cuando pasen los años, el trabajo de Scherer seguirá siendo leído, además de que será, como lo son para los investigaciones futuras, documentos históricos, su propio estilo les dan perdurabilidad a sus libros, pese a que hayan sido escritos a propósito de alguna coyuntura, como el favorito de Rosales, Los presidentes, o como el también mencionado La pareja.

Y confiesa:

―Como puedes ver, y según como partió esta plática, no puedo ser muy crítico con don Julio. Y los editores somos críticos. Y lo era yo muchas veces con los textos. Enrique Calderón (editor de Debate en la misma casa editorial) siempre pondrá el ejemplo que le tocó: en La reina del pacíficorompía la narración el poner el listado de las joyas que tenía. Entonces Enrique y yo lo convencimos de mandarlo a un anexo. Y cuando ya estábamos cerrando la edición dijo “ni madres de anexo”. Claro él daba sus razones: que porque si lo mandábamos a un anexo, los editores y el autor, le estábamos restando importancia. Si lo dejábamos en el cuerpo del texto cobraba mayor importancia. Nuestra razón principal era: don Julio, se lo van a brincar. El lector atento lo va a leer, decía.

Julio Scherer no dejó manuscrito póstumo alguno, pero en la editorial quieren rescatar material suyo y hacer libros de bolsillo. El proyecto más interesante que puede acontecer, coordinados su hijo Julio y la editorial, consiste en un modelo como el del libro El indio que mató al padre Pro.

―Resulta que yo siendo editor de don Julio ―dice Rosales― me encuentro con ese libro y yo no sabía nada. Cuidado por el Fondo en una edición preciosa, digo ¿y esto?, me lo leo de un sentón, hablo con don Julio, le digo que me deja muy impresionado, que qué librazo, qué buena onda, yo quiero hacer la edición de bolsillo. Y bueno, arregló todo para que el Fondo me permitiera hacer la edición de bolsillo de la cual ya agotamos la primera edición. Entonces, ese es el modelo porque resulta que Consuelo Sáizar, cuando era directora del Fondo, se le había quedado muy grabada una entrevista que había leído en Excélsior de Julio Scherer al hombre que había dirigido el pelotón de fusilamiento del padre Pro. Entonces le dijo a don Julio que le había impresionado esa entrevista, una entrevista muy larga que había sacado en varias partes. Se hace la búsqueda, se encuentra el texto y luego se le encarga a una historiadora que haga un prólogo (en este caso, a Ángeles Magdaleno), entonces el resultado es este libro.

Este modelo, me explica Rosales, puede serles útil en la editorial para la búsqueda de la gran cantidad de entrevistas a personajes internacionales, reportajes de lo que estaba ocurriendo en guerras latinoamericanas, y demás materiales que Scherer publicó cuando reportero. Rastrear esos materiales, volverlos a leer y ver cómo se puede armar libros es una de las metas a mediano o largo plazos.

―Hay por ahí un par de textos, especialmente uno que yo leí, pero textos cortos, que iban a conformar otro libro tipo Vivir y La terca memoria. Supongo que su hijo, que es su albacea, puede rescatar dos tres inéditos que haya dejado, como éstos que yo conozco. Pero bueno, tampoco tenemos mucha prisa. Hay que rescatar los libros que dejó hechos y que no han sido publicados recientemente, nuevas ediciones, y ver esta posibilidad.

Al final de esta larga charla, y antes de que guarde sus cosas y se marche a casa, le pregunto a Ariel Rosales cómo fue que se enteró de la muerte de don Julio.

―Me enteré por Carmen Aristegui, ella lo dijo. Estaba de vacaciones. Era algo que en cualquier momento podría suceder. Se fue prolongando su enfermedad, salía del hospital y regresaba. Entré en este estado de estupor que ocurre luego con la gente que quieres mucho. Como inmediatamente supimos que la familia quería hacer una cosa muy privada, yo no fui al entierro. Dije, que pase el tiempo y ya veré. Además lo enterraron acá en el Panteón Francés de aquí de San Joaquín, así que planeo ir a la tumba un día de estos.


Texto publicado originalmente en Kaja Negra.

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