La corista de Rod Stewart

El Maya camina por las calles de Polanco. Lleva puesta una capa roja y el rostro pintado de blanco; el overol azul que le regalaron los del taller mecánico de la Buenos Aires y las botas para protegerse de la lluvia —aunque no llueve, son las tres de la tarde y el sol enaltece las pieles blancas tiñéndolas de rojo—, que alguien le hizo el favor de dejarle a un lado suyo una vez que dormía en alguna calle.

Es la hora de comer y los establecimientos que colocan sus mesitas hasta en la banqueta están llenos. Hay desde burritos hasta restaurantes uruguayos, hamburguesas y establecimientos especialistas en chocolate. También venden vino, cervezas y bebidas que nunca alguien ha escuchado nombrar. El Maya observa a todas esas personas reír mientras charlan con la boca llena o con el tenedor que espera su turno para ser levantado del plato.

Se acerca a una mesa.

Una mujer y dos sujetos comen ahí. La mujer lleva puestas unas gafas negras —que cubren las manchas y arrugas del rostro— y su cabellera es larga, muy larga y lacia. Tendrá casi cincuenta años. Los dos hombres son rubios, su blancura es equiparable a la de las sillas donde están sentados. Parecen más jóvenes que la mujer y a la vez parecen hermanos: los distingue a uno del otro la barba que tiene el de la derecha y la camisa verde que tiene el de la izquierda.

El Maya, en cambio, tiene la cabellera tiesa, blancuzca por la pintura que un grupo de artistas en Coyoacán plasmaron en su rostro, llamándolo arte en movimiento. Un anillo de calavera decora una de sus manos. También tiene hambre. Hace muchas horas que desayunó la última vez: una torta de tamal que alguien dejó olvidada o adrede en una banquita del Parque Hundido, también en la ciudad de México.

La mujer mira al Maya como algunos otros comensales que se distraen para observarlo. Es, por un momento, el centro de su atención. Comenta con los rubios sobre el aspecto de aquel hombre. En efecto, parece un guerrero. Es que así lo pintaron los de Coyoacán: El Maya les dijo que era un guerrero maya nacido en Ecatepec y entonces ellos le embarraron pintura blanca en la cara y le hicieron lo que a su interpretación fueron unas grecas.

Con el sol esa pintura brilla como si se tratara de bloqueador. Mas es tarde para protegerse: la piel del rostro, manos, brazos, torso y piernas del Maya está toda tostada. Eso, desde luego, también se comenta en la mesa de tres, protegida por una sombrilla cuyo tubo para sujetarla atraviesa la parte media del mueble de metal.

—Dame de comer.

La orden del Maya es amable si la comparamos con antiguas irrupciones que ha tenido en locales de comida. Otras veces simplemente no avisa y toma del plato lo que se le antoja. Quizá esté de buenas y quiera ser cordial para recibir más comida. Eso le han dicho, que sea amable como los feligreses de la iglesia que visita en Tacubaya los fines de semana, cuando los sábados se queda a dormir ahí afuera, en espera de la misa de seis del domingo y de la caridad de cualquiera.

La mujer gira la cabeza de un lugar a otro, como buscando al mesero, al gerente, al guardia, a alguien que esté al mando del lugar para que le ayude y le haga el favor de retirar a ese hombre sucio que la molesta.

Pero nadie se acerca.

Al no obtener respuesta, El Maya repite la ordenanza, solo que esta vez estira la mano.

—Dame de comer.

Los dos hombres, de 1.90 centímetros de estatura cada uno, veinte centímetros más altos que El Maya, permanecen en sus asientos y dejan todo el trabajo a la mujer, cuya estatura real, sin tacones, apenas alcanza el 1.55. Sólo se miran entre ellos, pero no se levantan, ni piensan hacerlo. Hay algo en la mirada de ese indigente, de ese guerrero, que los aferra a sus sillas.

Entonces no le queda de otra a ella más que observar su platillo: un guiso que bien podría ser de cerdo, de res o de pollo, recubierto con una salsa que pareciera de ciruela, o de chile morita, y que apenas había probado por estar platicando. Sabe que no puede entregarle el plato al Maya, y sabe también, pues modales tiene, que no puede echarle los trozos de carne con salsa directo a la mano, aunque ella ignora las diversas formas insalubres de comer que El Maya ha tenido que emplear para sobrevivir, como aquella cuando recogió un hot-dog remojado en un charco ya blanco de tan sucio.

Entonces, de la revista que tiene en la mesa, a un lado de su bolso, la mujer arranca un par de páginas y en ellas vierte los trozos de carne, con la menor salsa posible, y los envuelve. Le entrega el paquete al Maya, quien permanece impertérrito con el brazo estirado hasta que recibe el pequeño envoltorio y se retira de ahí, dejando una estela pestilente en su partida.

No da las gracias.

El Maya camina por las calles de Polanco y se sienta en ellas, recargando la espalda en la barda de una tienda de ropa italiana, que está cerca de la agencia de autos alemana, de la joyería chilena y del distribuidor oficial de computadoras portátiles japonesas. Las personas pasan enfrente, pero él no las mira, su atención se centra en destapar la comida que le acaban de regalar. Se embarra las manos pues la mujer olvidó ponerle unos cubiertos para que no se ensuciara. Devora. En menos de un minuto el contenido desaparece. Se lame las palmas y todo aquello que conserve restos de ese enorme festín. Las páginas, ésas todavía tienen salsa. Lame hasta que las hojas vislumbran una fotografía. En ella un hombre ya viejo con la cabellera teñida de rubio y alborotada, con saco rosa y corbata amarilla, sostiene el atril de su micrófono. Detrás de él, una mujer negra en vestido corto, rojo, parece bailar. Es hermosa, lo más hermoso que El Maya ha visto en su vida.

En el pie de foto se alcanza a leer: Rod Stewart en el escenario, con una de sus coristas.


Texto publicado originalmente en MilMesetas.

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