Iron Maiden, las almas que nunca caerán


El libro épico de Iron Maiden

Llega un momento del concierto en que sólo se ven cabezas, luces, y entre el sonido, los cuerpos y el sudor uno piensa que falta poco para apagarse. No habían terminado de quitar la manta ni los instrumentos de Anthrax cuando ya la gente gritaba «¡Maiden, Maiden!». Entre aquella marea embravecida de personas observé la hora y por lo menos faltaban veinte minutos para que La Doncella de Hierro se parara frente a nosotros. Era su segunda noche en Ciudad de México. El hombre que hasta ese momento estaba junto a mí, fotógrafo de esta Kaja, expresó lo caliente que la banda que acabábamos de ver había dejado el ambiente. Y sí. Aunque llegamos muy frescos con chela en mano, dispuestos a mirar gran parte del show desde la comodidad de la retaguardia del Palacio de los Deportes, el deseo aventurero de este joven fotorreportero nos hizo movernos hacia adelante. «Tengo que tomarles a huevo una foto a los de Maiden.» Pensé que quizá fue su juventud lo que le hizo expresar dichas palabras sin saber a bien cuán complicado podría resultar eso, o el hecho de que era su primera vez en un concierto de esta naturaleza, pero el caso es que nos fuimos acercando por la orilla izquierda y, conforme se armaron los slam que Anthrax provocó desde su arranque con «Caught in a mosh», como pequeños tsunamis en ese océano de playeras negras, nos adentramos lo más posible hacia la valla. Desde ahí alcanzamos a apreciar mejor la música de Charlie Benante, Frank Bello, Joey Belladona y Scott Ian, la cual desde atrás, a palabras de este joven amante de las fotos, sonaba muy culero: «ya veo por qué le dicen el Palacio de los Rebotes», dijo. Pero una vez que estuvimos más cerca se alcanzaban a escuchar mejor las guitarras y uno ya podía distinguir que sonaron «Antisocial», «Fight ’em’ till you can’t», «N.F.L», algo del nuevo disco For all kings, «Breathing lightning» y, al final, un cierre brutal con «Indians», que movió la marea humana como los huracanes. Fue un set corto pero arrollador con el que dicho joven y yo y los cientos que nos rodeaban pretendimos matear [pues alguna vez tuvimos mata él y yo, pero no más] y hacer un poco de slam.

Pero las aguas no se detuvieron a pesar de que Anthrax, uno de los bastiones del thrash gabacho, ya se había despedido. Insisto en que todavía el fotógrafo estaba a mi lado y alcancé a decirle: «esto se va a poner cabrón», como cuando sabes que un monstruo inmenso saldrá de los mares que agresivos empiezan a erigirse. Eso ya no se lo dije, pero lo pensé. Afortunadamente la camaradería entre ese montón de apretados que éramos se hizo sentir, y no faltó quien rolara el toque y el vaso de agua que los de seguridad que estaban frente a la valla proveían. «¿Acá no llega el de las chelas?» preguntó alguien. Reímos. Entonces, tras las típicas rolas de fondo antes de cualquier masacre metalera sonó «Doctor doctor». Después todo fue oscuro. Un avión varado en una jungla apareció en las dos pantallas. Entre pictogramas de hombres tribales y maleza que impide el paso de la luz, buscaba despegar. Una mano gigante [¿de algún Eddie gigantesco?] tuvo que lanzarlo al aire como se lanza un avión de papel para que empezara a sonar «If eternity should fail», la rola uno de su disco dieciséis, The book of souls, el pretexto de esta gira. Todas aquellas almas estaban dispuestas a escribir el libro épico de Maiden, sus nuevos dioses, sus dioses de siempre. Detrás del recién discriminado Nicko McBrain había una manta con una pirámide propia de nuestras civilizaciones prehispánicas, y en el escenario había fuego y más jungla. En algún momento toda esa histeria pasó a quietud. Sólo una antorcha iluminaba el recinto, y Bruce Dickinson era la única voz. Sonó entonces «Speed of light», el sencillo de ese reciente disco, del que además tocaron la canción homónima, «Tears of a clown», «Death or Glory» y, de las que más me laten, «The red and the black». Es decir, tocaron casi la mitad de ese álbum. La gente estaba contenta, sin embargo, y las recibió como si fueran ya parte de sus éxitos. Y es que es un buen disco. Cuánto me habría gustado ver un show como éste pero del A matter of life and death, pensé, aunque, y sin ser fan de Maiden, considero que guardan similitudes entre sí a pesar de los diez años que se llevan de distancia. En ambos han explorado una faceta progresiva que espero no abandonen.

En fin, que ahí andaba junto al fotógrafo entre pisotones, aplastadas, codazos y arrimones tratando de ver al grupo no sólo en las pantallas. El más visible sin duda era Bruce Dickinson, quien sigue cantando como en los discos y quien posee un carisma al parecer inigualable en este mundo del metal [sin mencionar que él mismo pilotea el avión de la gira]. Pero llega un momento del concierto en que sólo se ven cabezas, luces, y entre el sonido, los cuerpos y el sudor uno piensa que falta poco para apagarse. Sin embargo, y pese al cansancio, creo que ésta era la vez que más disfrutaba de las creo que tres que he visto a Maiden, a Adrian Smith, Janick Gers y Dave Murray, al impecable Steve Harris: las otras los vi desde lejitos. No quiero irme, pero estoy valiendo madres, pensé, y estos dones van y vienen por el escenario tocando como si nada. Finalmente fui vencido tras «The Trooper» [donde se armó, como de costumbre, tremendo desmadre mientras Dickinson ondeaba la bandera británica con Eddie siempre detrás], «Powerslave» y «Death or Glory». Sólo Dios sabía dónde estaba el joven fotógrafo. Para la canción que se llama igual que el disco que estaban promocionando me eché hacia atrás. O eso pretendí. Estaba más cabrón salirse que entrar. Finalmente lo logré después de recibir insultos y más golpes. Me dirigí al baño [además me estaba orinando] y ahí también había buen ambiente. La banda entraba en fila india gritando y echando desmadre. Fumando a expensas de los vigilantes que como perros dan sus rondines para que la gente que está hasta atrás, en la pista, no lo haga. Lo supe porque para las últimas seis canciones opté por ver el show desde la comodidad de la lejanía. Ahí me encontré al Fancito, quien es uno de esos seres que no se ha perdido un solo concierto de Maiden en México. Estaba empapado por la emoción y por estar hasta adelante. Al igual que yo aprovechó el momento para ir al baño. En sus redes sociales este hombre expresa: si no te tomaste una foto con el Fancito, no fuiste al concierto. Así que hicimos lo propio y nos despedimos. Pensé que el sonido ahí atrás sería tan fraudulento como al principio, pero no fue así. Los clásicos «Hallowed be thy name», «Fear of the dark», «Iron maiden» y «The number of the beast» sonaron muy chingón y tenían extasiada a la gente, no sólo a los que estaban en la pista, también a aquellos que abarrotaron cada rincón de las gradas. Honestamente no pensé que lo mejor venía al final [no pensé siquiera que el concierto me emocionaría tanto]: «Blood brothers» armonizó a cada uno de los espectadores: voltee a ver a la gente y a su modo casi todos cantaban la canción del Brave new world. Ya iban casi dos horas de espectáculo y para ese entonces no es muy común que la gente siga tan prendida. Cavilaba en lo hermoso de que las cosas fueran así cuando sonó la canción que no sabía que terminaría con todo: «Wasted years». Vaya modo de cerrar, pensé una vez que estaba ya afuera, caminando nuevamente junto al joven fotógrafo, entre toda esa gente, apretados otra vez, como si el concierto no hubiera terminado. A pesar de que ya estaban lanzando al público las baquetas, las plumillas, todas esas almas pensaban que Maiden iba a seguir escribiendo el libro que apenas llegaba a su éxtasis. Pero justo por eso ahí tenía que terminar.


Texto publicado originalmente en Kaja Negra.

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