Metallica, la destrucción que no llegó


I

Luego de recibir un cañonazo, caer de su caballo, levantarse, mirar al horizonte y persignarse, el feo corre entre las tumbas de aquel cementerio improvisado con aquellas cruces que bien podrían ilustrar el Master of puppets. El feo corre sonriendo bajo el sol llameante, no muy lejos del territorio en el que horas antes vio morir a decenas de hombres, hombres como los que están ahí enterrados frente a él. El feo corre y lee cada una de las inscripciones de las lápidas en busca de aquel nombre que lo hará rico.

Es el éxtasis del oro.

Y es en esa secuencia del peliculón El bueno, el malo y el feo [Sergio Leone, 1966] que suena la pieza de Ennio Morricone con la que Metallica ha abierto sus conciertos desde hace muchos años: «The ecstasy of gold». Así ocurre esta vez, 1 de marzo de 2017, la primera de tres fechas [las otras dos son el 3 y 5 de marzo] en la Ciudad de México de su #WorldWiredTour: se apagan las luces, queda todo en tinieblas y vienen los gritos y el estruendo.

El corazón se cimbra como muy pocas veces lo hará en la vida.

Y esta vez se ve aquella escena en dos pequeños cuadros de la pantalla inmensa que cubre las espaldas de Lars Ulrich, Robert Trujillo, Kirk Hammett y James Hetfield; mientras transcurre también suena el público que ha llenado el Foro Sol y que tararea el himno cinematográfico al que alguna vez rindieron tributo los cuatro hombres que están listos para desmadrarse.


II

La fila de reporteros camina en orden hasta que llega a una carpa que bien podría ser un paredón de fusilamiento. En su interior no hay nada salvo una mesa. Allí esperan unos minutos hasta que alguien les lleva frituras, panecillos y refrescos que colocan en ella. Afuera parece un hormiguero: los miles de asistentes se dirigen hacia todas direcciones; ya sea por una cerveza, algo de comer, un souvenir o directamente a su asiento. No pasa mucho tiempo para que empiece a sonar uno de los teloneros mexicanos, en este primer día Cerberus [en los otros dos conciertos Los Sicarios del Rock & Roll y Halcón 7, respectivamente, luego de obtener muchos votos en un concurso de popularidad].

Entonces llaman, primero, a los fotógrafos para que hagan su chamba y, luego, a aquellos reporteros que deseen presenciar el acto inicial para que, probablemente, lo consignen en sus textos.

La mayoría desea verlo y se forma una nueva fila. Quien la encabeza, y que forma parte de la organización del show, camina con rapidez. No tengo idea de hacia dónde nos lleva. Los miembros de dicha fila nos movemos con nuestras pulseritas que dicen Prensa en la muñeca hacia donde va aquel hombre; somos prisioneros de una guerra que apenas comienza.

Finalmente entramos por General B. Allí todos se dispersan y el pequeño hombre que encabezaba la fila desaparece.

—¿Eso fue todo? —pregunta uno de los dos reporteros con los que iba en la retaguardia.

—Eso parece —le contesta el otro.


III

Cien pesos por una cerveza con un vaso coleccionable del nuevo álbum, Hardwired… to self destruct. Lo mismo cuesta una cerveza de barril con un vaso absolutamente transparente y sin gracia. Soy consciente de mi presupuesto, así que cautelosamente saco el primer billete en el que aparece el rostro del poeta Nezahualcóyotl. Hacía tiempo que no iba a un concierto masivo, no recuerdo cuál fue el anterior a este. Eso reflexiono mientras observo las gradas para este momento semivacías. La caída del atardecer nos regala un cielo hermoso. Doy un trago largo a la cerveza diluida y escucho lo mejor que puedo a Cerberus. Casualmente supe de ellos tiempo atrás por un guitarrista que en ese momento tocaba con Nirvallica, una banda de covers de evidentes influencias y que ahora se llama Orion y que exclusivamente toca rolas de los cuatro jinetes.

La banda es bien recibida por el público, aunque el audio, cumpliendo con aquello de que los teloneros no deben sonar mejor que los estelares, es irregular y hace apenas distinguibles sus canciones.

Eso al menos desde General B.

Luego me encuentro con uno de los dos reporteros con los que quedé al final de la fila. En sus manos, como yo, lleva un vaso de cerveza conmemorativo. Los chocamos al vernos y conversamos un poco. Le pregunto eso que jamás le había preguntado a alguien: de qué medio vienes, bróder. Me lo dice, es un medio importante. Luego me confiesa que no es reportero, sino un familiar de quien sí trabaja en dicho medio y que le dio chance de acreditarse. Ese familiar es un sujeto bastante conocido. Este joven, por su parte, se dedica a vender cierto tipo de alimentos con su familia. Me regala una tarjeta de su negocio. Es muy joven, no supera los veinte años. Me cuenta que asistió al concierto que Metallica dio en este mismo lugar en 2009. Le digo que yo también.

—Habrás tenido 10 años, compa.

—Sí, vine con mis primos.

Luego me platica que nunca ha pensado en ser reportero, que su mundo es otro, uno de barrio pesado, en el que puede conseguirme cualquier tipo de drogas a buen precio. Uno donde escribir es lo último que haría.

Brindamos.

Iggy Pop está por comenzar.

Ya estoy orinándome, así que me despido de este joven no-reportero.

—Espero visitar tu negocio un día de estos —le digo antes de irme corriendo a los baños.


IV

We’re so fucked / Shit out of luck! ruge Hetfield en la canción «Hardwired». Y yo me pregunto cuál es el sentido de apretarse contra la valla en General B si delante de ella no hay más que el espacio vacío que dejan los de General A y la banda está mucho más allá, después de otra valla con más personas apretándose, a muchos metros de distancia.

Gracias a este hecho el hueco que hay en medio de la pista deja correr el viento y las matas vuelan un poco y las chaquetas de cuero empiezan a ser útiles. Bebo mi segunda cerveza con vaso conmemorativo. Está a punto de acabarse. La embriaguez apenas y me acaricia. Debí alcoholizarme antes, pienso, aunque la idea de una cruda horrenda a media semana disipa un poco ese deseo.

Iggy Pop está por comenzar.

Es que pasa una pequeña señora vendiendo mezcales. Cuestan lo mismo que la cerveza, a diferencia de que este trago podría beberse con gotero. Un robo absoluto que de inmediato le manifiesto a la vendedora.

—Hágalo por una buena causa, joven —me dice.

La mujer me cuenta las miserables condiciones en las que vende ese producto. De los cien pesos que cuesta ella recibe cuatro, por comisión. En una mochilita lleva cuarenta botellas. Al final del día, si vende todas, recibirá poco más de 300 pesos.

—¿Por qué está trabajando en esto? —le pregunto.

—La necesidad, joven. Mi esposo se puso muy mal y ahorita no puede trabajar, así que tuve que meterme aquí. Pero yo creo que ya no lo vuelvo a hacer.

Le digo a la señora, quien supera los cincuenta años, que estoy en las mismas, que uno debe ser millonario si desea beber a gusto en un concierto como ese. La mujer asiente y me dice que su gerente la está viendo a lo lejos. Así es: una mujer joven sin una mochila y un letrero de madera a cuestas nos observa conversar. Si la señora vendiera todas sus botellas en los tres días de conciertos estaría cerca de tener mil pesos en la bolsa, mil putos pesos, pienso mientras busco en mi chaqueta un billete de cien. El último que me queda.

We’re so fucked…

—Gracias, joven. Ya verá que Dios se lo va a multiplicar —me dice la mujer al despedirse.

Pero eso no pasa.


V

Aguanto el mezcal hasta que suene «The ecstasy of gold». Mientras, como todos los demás, escucho de pie y en silencio a Iggy Pop. De inmediato pienso que no debería estarlo escuchando así, que quizá todos deberían estar volviéndose locos, pero no ocurre. Acaso alguno que otro canta con aquel hombre de cabellera teñida de rubio, sin playera, bronceado y de músculos arrugados que baila y grita sobre el escenario. La imagen que cualquiera evocaría de esta leyenda a la que a alguien se le ocurrió que era buena idea poner de telonero en un concierto de metal.

Deseo otra cerveza pero ya no tengo un quinto encima. Frente a mí transitan los vendedores, quienes distinguen mi sed sin mayor esfuerzo y me ofrecen sonrientes su producto al que penosamente tengo que declinar.

Luego pasa un hombre que vende palomitas; deja su charola en el piso, se acomoda una cangurera, descansa un momento.

—Usted también vende por comisión.

—Sí, señor.

—Y cómo se la pagan.

—Cuatro pesos. La bolsa cuesta cincuenta.

Tras unos segundos el hombre recoge su charola, se despide y sigue su jornada.

We’re so fucked…

Me pregunto si Metallica será verdaderamente consciente de que su segunda casa, como dice Hetfield refiriéndose a México, está jodida. Que aquí, como también dice «Hardwired», érase una vez en un planeta ardiendo.

Al parecer .

Agradecido, Iggy Pop se despide de aquel público silente. Hasta que escribo esto sé que cierra la tercera fecha tocando con Metallica un tema de los Stooges. Me alegra saber que hayan tenido ese gesto con él [para ser justos, Metallica siempre lo ha tenido con quienes respetan y admiran].

¡Iggy, Iggy, Iggy!, suena por primera vez.

Acá pasan varios minutos para que se apaguen las luces, quede todo en tinieblas y vengan los gritos y el estruendo.

Para que el feo aparezca en la inmensa pantalla y yo pueda beber mi carísimo mezcal.


VI

Lo primero que noto es el afeitado de Ulrich y el rubio intenso de Hetfield, superficialidades que la enorme pantalla permite ver. «Hardwired» y «Atlas, rise!» cimbran —literalmente— el piso del Foro Sol. Aquellos que parecían dormidos despiertan de pronto y descargan la energía contenida desde hacía horas. Las matas giran preparándose para el slam que en cualquier momento llegará.

La M y la A características del grupo resguardan cada flanco del escenario. Para este momento el recinto ya está a reventar. Para este momento el mezcal que compré es un fútil recuerdo.

Pero desde General B las cosas no suenan del todo bien. Así que me acerco al centro, a una de las torres donde se encuentra colgada una bocina. Ahí se escucha un poco mejor.

De inmediato Hetfield y compañía lanzan tres chingadazos consecutivos: «For whom the bell tolls», «The memory remains» y «Welcome home [Sanitarium]», con los que mateo hasta que se me tenza el cuello, para luego rifarse más del nuevo disco: «Now that we’re dead» [donde los cuatro miembros se aventaron, cosa que no había visto en otros conciertos suyos, un show casi tribal en el que cada uno tocó unos timbales, cual Sepultura], seguida de «Moth into flame» y casi de inmediato [tras destruir cuellos con «Harvester of sorrow»], «Confusion». No me cabe duda de que el nuevo material está teniendo mucha aceptación. De acuerdo con las estadísticas [según sus set list], tocaron más rolas de este disco, seguidas de las canciones de sus primeros cinco trabajos, más algo de Reload o Death magnetic; la materia prima de la que abrevaron para esta décima producción.

Los cuatro jinetes, pese a las arrugas y los tropiezos [de Ulrich en ejecución, de Hetfield en las voces], tocan con mucha energía. Me da gusto poder verlos en alta definición gracias a aquellas pantallas. Cuando me paro de puntitas alcanzo a ver, de repente, sus diminutas figuras en la lejanía. No lo niego, me encantaría estar en General A. Pero ya lo hemos dicho, We’re so fucked. Trujillo, nuestro compatriota y el más vigoroso del escenario, en algún momento del set se rifa un pedazo de «Anesthesia» de Cliff Burton; Hammett hace lo suyo con una especie de solo en el que sobresale por su gesticulación y sus chinos canos. Hetfield sonríe y agradece. Se le ve auténticamente feliz cuando dice que quienes estamos ahí somos integrantes nucleares de su familia. Es como si el dios del riff nos diera un abrazo a cada uno. Ulrich, mi amado Ulrich, de pronto tiene momentos de lucidez y especialmente en las nuevas canciones, o en «One», su batería guasonesca retiembla más allá del Foro Sol; mi padre, quien amablemente fue por mí, lo alcanza a oír desde fuera.

Y a pesar de que mucha gente grita, salta y matea [extraño mi mata como nada en el mundo], el slam a toda regla se manifiesta hasta «The four horsemen». Varios slams, en realidad, unos más grandes que otros, unos más rudos que otros, esparsidos por la pista B. Pero es en «Master of puppets» donde de plano todo se descontrola [será por su cumpleaños 31], formándose una gigantesca marejada de cabrones golpeándose y corriendo unos contra otros; una batalla que ya era justo que se librara. Aún así siento que le falta algo, algo de agresividad. Ruego entonces por que toquen una canción más feroz: hasta ese momento el set list es en extremo complaciente. Ya, pienso, ya sé que a Metallica no solo van a verle sus fans.

Así transcurren dos horas de concierto. Y es hasta el encore que suena el intro del disco Ride the lightning. Vislumbro que se acerca una verdadera guerra sangrienta con «Fight fire with fire». A mi izquierda se abre un cráter. Entro al slam que precipitadamente agarra fuerza; rescato a una pequeña joven de una caída, recibo algunos empujones y codazos, pero toda la pieza sigo con la sensación de que pudo ser mucho más violento todo este espectáculo.

Será que estoy en General B.

El cierre con «Seek and destroy» y «Enter sandman» reafirma mi pesar.

Y entonces temo que, como con sus anteriores visitas, la primera fecha tenga el peor repertorio de todas. Por suerte las cosas fueron muy semejantes las dos siguientes, salvo variaciones mínimas: en la tercera [bueno, sí, siempre la última es la mejor], además de tocar con Iggy estrenaron mi rola favorita del nuevo disco, «Dream no more».

Casi al final vuelan unas pelotas gigantes, los músicos regalan plumillas y baquetas, agradecen a su segunda casa. Muestran la bandera mexicana. Lo que siempre pasa en los conciertos.

La gente [alrededor de 200 mil personas asistieron a los tres shows], iluminada por los reflectores, aguarda un poco más esperando algo, no sé qué.


Texto publicado originalmente en Kaja Negra.

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