Baron Wolman, cada fotografía (de rock) cuenta una historia

Mecerse. Ese también es el significado de la palabra rock en inglés. Y Baron Wolman lo sabe. A sus 74 años ya no rockea como antes, cierto, pero lo sigue haciendo. Ahora, de las dos formas, escuchando música y en una silla, se mece y bromea ahí, en un Lunario del Auditorio Nacional semivacío, gracias a una charla que el legendario fotógrafo de rock ofrece, presentada por su colega mexicano Fernando Aceves, a quien Wolman catalogó como “el mejor de México” en su ramo.

Sin embargo Aceves no recuerda lo que Wolman menciona sobre ambos: la forma en que se conocieron. Fue gracias a correos electrónicos que Aceves, rememora Wolman, le mandó para intercambiar material. Pese a la desconfianza de Baron de compartir su trabajo con un desconocido, el contacto se estableció y fue que poco después llegó a México.

—De las veces que ha estado aquí siempre me he prometido aprender un poco de español para el año siguiente… En fin, ya será para el año siguiente —dice en inglés.

No es necesario, pienso, al fin y al cabo hay audífonos para escuchar a la traductora que no descansa un segundo. Además, el hombre de traje oscuro, camisa rosa y zapatos color café habla con claridad, despacio, para que se entienda cada palabra de su lluvia de recuerdos.

La primera vez que vino fue en 2004. Fue emocionante para él por los paparazzi y las groupies, menciona. Ahí están en una foto: él firmando el cuerpo de una joven. Y de pronto habla de sus orígenes: Berlín, 1961, el levantamiento del muro. Publicaron aquellas fotos en Ohio. Le pagaron 50 dólares. La foto era su hobbie y ese día decidió convertirlo en su trabajo. (¿Por qué no tomas fotos?, me pregunta ya que conversamos brevemente, acabada la conferencia; jamás olvidaré lo que dijo a continuación: deberías hacerlo. Ya.)

Seis años después, en San Francisco, a los hippies los retrataban como rarezas. Eran los años de los conciertos gratuitos en Golden Gate Park y de pedir canciones de 15 minutos en la radio cuando Jann Wenner lo invitó a colaborar en su nuevo proyecto: la revista Rolling Stone. La idea de la revista era mostrar las historias de los músicos, hablar de quiénes y de dónde eran, sus producciones, los conciertos.

—Necesitamos un fotógrafo, ¿quieres serlo? —le dijo—. ¿Tienes 10 mil dólares para invertir?

—No.

Así que Baron Wolman lo hizo gratis.

—¿Qué es eso de Rolling Stone? —le preguntaban. La publicación no era popular en sus inicios, en los que Baron solía usar una Nikon F “completamente automática”, aunque nada de automática tenía, bromea, al tiempo que muestra el primer número amarillento de la publicación, después de explicar cómo se imprimía. (En aquellos tiempos, por ejemplo, para ilustrar las portadas las fotos se cortaban con un una navaja por el contorno y se colocaban sobre un fondo negro, blanco, etc.)

Su primera participación en forma con la revista fue en octubre del 67, con imágenes de The Grateful Dead. Pasados dos años empezó a percibir un salario. Pero en experiencias fue inigualable. Eso vale mucho más, responde a mi pregunta. Y, al fin y al cabo, de quienes siempre recibió dinero (y hasta nuestros días) fue de las compañías discográficas.

Y ahora Baron está aquí de pie, cambiando con un control remoto las páginas de su presentación con algunas de las fotos que ha tomado desde entonces. Ahí vemos aquella de Pete Townshend  (The Who), quien acostumbraba romper guitarras al final de los conciertos, y a quien Wolman imitó después, destruyendo una cámara al recibir el premio (“Óscar”, le dice) de Classic Rock.

—Me sentía como miembro de las bandas, pero yo tocando con la cámara —dice luego, sin buscar protagonismo, antes de anunciar su libro Every Picture Tells a Story. Baron Wolman, The Rolling Stone Years.

Dicho volumen es la muestra de que los sesenta eran otros tiempos. Aquellos en los que logró capturar a Frank Zappa sentado, posando, en el tractor que estaba en el patio trasero de su casa. “La mejor foto que le habían tomado nunca”, según el rumor que contó y que quiere pensar que fue cierto; tiempos en los que el rock estaba por explotar y en los que sus estrellas podían todavía salir a la calle. Fotos con las GTOs (Girls Together Outbreakers); la portada de Rolling Stone con la foto de su exmujer; con Creedence; en el Woodstock junto a 300 mil personas; con Santana, promovido por Bill Graham, el más importante promotor del momento…

—Santana decía que la guitarra era una víbora metálica; que sentía los miles de ojos observándolo, los miles de labios hablando sobre él. No entiendo cómo pudo tocar estando tan drogado, pero Woodstock le significó la fama.

Otros tiempos, nos narra y mantiene enganchados a cada una de sus palabras, donde todos estaban siempre high. No meciéndose, sino rockeando.

Luego ocurrió lo inevitable:

—El negocio de la música se hizo mucho más grande que la música misma.

Así que Baron no entiende cómo en el ambiente actual, repleto de gente, sin intimidad, donde no se puede ver al artista, la gente disfrute de los conciertos. Las cosas cambiaron con MTV, dice, el trabajo de los fotógrafos es muy difícil en la actualidad: son los grandes perdedores pues las condiciones para tomar fotos no son las más óptimas; en solo dos canciones (que, en esencia, permiten que todos tomen la misma foto) no se puede hacer gran cosa, reflexiona. Ni qué decir de la tecnología actual, donde ya todos tienen una cámara disponible:

—No puedo competir contra todo el mundo —bromea, pero sus palabras no pierden firmeza.

Ya no es el tiempo en que podía estar, sin límites, junto a Led Zeppellin (de quienes mostró fotos de su último concierto en Estados Unidos), Rolling Stones (una foto de Mick es de sus favoritas), Jim Morrison, Johnny Cash, Janis Joplin y su playback que se convirtió en concierto privado y gratuito. La primera vez de Pink Floyd en EU; a Syd Barret y los cubos de azúcar; Eric Clapton, Bob Dylan y George Harrison leyendo su poesía. Al músico de blues ciego de cien años, Nathan Beauregard. Fotos que primero fueron en blanco y negro y después a color. O imágenes de los últimos años, cuando Audioslave lo invitó a hacer lo que hacía antes: tcoar con ellos, con su cámara.

Pero ya no puede.

Fracasa.

Porque siempre lo supo: en los sesenta las cosas eran distintas.


Una versión previa de este texto fue publicada alguna vez en Warp Magazine.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s