Luis Miguel a la sombra del Sol

El perfume de cada una de las mujeres me trastorna. Lo percibo desde que llegamos, desde las escalinatas que conducen al Auditorio Nacional. Es normal, podría decir: la mayoría de los presentes son ellas. Caminan erguidas, con las faldas y los vestidos muy arriba de las rodillas; los tacones, el escote –algunas–, la belleza al tope. Y acompañadas, la mayoría. Ellos, los acompañantes (quizá el marido, el novio, el amigo, el hermano, el padre, el hijo…), probablemente van perfumados. Eso sí, portan sus camisas con un par de botones –los que cubren el pecho, a veces peludo– sin abrochar. Hay una fila más o menos larga para entrar. Necesariamente una persona nos ha de colocar en nuestros asientos. Desde ahí percibo dos o tres miradas femeninas. Pero, ojo, no pretenden ligarme. Lo único que pasa es que, supongo, no es común ver aquí a tipos con arracadas, de cabello largo y playeras con estampados metaleros.

Pendejadas que uno piensa.

Entramos.

No hay rincón que no esté inundado por el aroma. Ignoro el nombre de las fragancias, pero todas se revolotean en mi nariz. Tomamos asiento arriba –no pudimos pagar los lugares preferentes de 2 mil 600 pesos–, en la penumbra. Frente a mí hay más mujeres. Un par de hombres, acaso. De algún lugar una voz anuncia la «tercera llamada» cuando el concierto comenzará, lo confirmo, 20 minutos después de la hora citada en el boleto: las 8:30 de la noche.

Entonces aparece el Sol.

Las luces rojas rompen las sombras y, como preveo, porque jamás lo había oído en vivo, el griterío femenil acapara los tímpanos. Abre con una canción que no conozco; solo esa y alguna otra del set list que, por lo visto, Luis Miguel repitió desde que inició su serie de conciertos del The Hits Tour. Carajo, le digo a mi compañera: nomás me faltaba ver a este güey pa’ poder morir tranquilo. Probablemente mentí: aún hay muchas cosas que me falta presenciar… pero eso sí, Luismi era una de ellas.

Y recuerdo: los días en casa cuando era niño y tomaba uno de los bolos de juguete que tenía a manera de micrófono para interpretar las canciones de aquel greñudo del disco Un hombre busca a una mujer. Cuando crecí un poco más, yo mismo ponía el acetato en aquel reproductor que aún me mira mientras escribo esto. Además de los muchos años (y menos álbumes) que mi madre puso por gusto propio y que, sin querer (igualito que mi tío con el metal), me trasmitió.

También me acuerdo de la leyenda familiar en la que mi abuelo compuso “Solamente una vez”, y que Luis Mirrey interpreta en el disco Segundo romance. Se la robó Agustín Lara, nos contaba mi abuela, la que acaba de morir.

Y regreso.

Dos millones de personas lo vieron antes que yo en veinte años de conciertos en aquel escenario. Quizá el equivalente al cabello que ha perdido y el peso que ha ganado; también de las veces que ha dado su brinquito que culmina cual grulla; o de la voz que sigue siendo técnica, pero sin tanto feeling; mucha crema y poca carne: las fans cantan con él, pero no lo pueden seguir; Luismi se desentiende: quizá de tanto haber cantado las mismas rolas ya busca variarlas al punto de darles en la madre.

—Ya, pinche Luis Miguel, ¡¡deja de madrear las canciones!! —le grita mi compañera, pero éste no la escucha y sigue la masacre.

Nos reímos. Solo nosotros dos, porque los demás, ellas, están embebidas con el astro hijo de Luis Rey. Aquel agradece a todos “(…) a mi gente de allá arriba, a la gente de mi derecha, a los de la izquierda, a los de las primeras filas. Bienvenidos.” Su corista y sus músicos le hacen el paro mientras no está (ya sea que no esté cantando o que en verdad esté tras el escenario) y su guardia, aquel de piel oscura y cabeza rapada, lo sujeta del cinturón cada que Luis Miguel se acerca a las fanáticas que ya han llegado hasta la valla de contención.

Así se pasan 40 canciones en poco más de hora y media de concierto. En ese breve tiempo transcurren un dúo con el Frank Sinatra «digital» (“Come fly with me”), el mariachi que abre con “El son de la negra”, un cambio de atuendo (de aquel funerario con el que arrancó a un conjunto todo negro), imágenes de la selección mexicana y del video de “La incondicional”, una corista de hombros y sensualidad imparables, varios medleys de sus hits, y la de “Suave”.

Y me lamento: no interpreta “Hasta que me olvides” o “Pensar en ti”, dos de mis favoritas. Carajo, este Luis Miguel está muy lejos de aquel de los conciertos que vi en video, o en You Tube, de aquellos años del Aries o del Nada es igual. Más cerca está, probablemente, de sus últimos trabajos… ignoro cuántos discos ha sacado en la reciente década. Pero así de flojos, así de fantoches, así de faltos de coraza; de mucha voz grave y dizque intensa. Porque, y contrario a lo que parezca, me doy cuenta de que estoy lejos de ser su fan.

Y de que el Sol apenas es su sombra.


Texto publicado originalmente en Kaja Negra.

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