El lugar de los goles invisibles

Dicen que los ojos son el espejo del alma.
No sé qué podían reflejar sus ojos y creo que prefiero no saberlo.
Pero hay otra manera de ver el mundo y otros ojos con los que verlo,
y a eso es a lo que voy.

Cormac McCarthy, No es país para viejos

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Para el partido final la pelota ya no rueda como al principio. Los dos o tres hundimientos que le han hecho las patadas, los punterazos, los pisotones y los choques contra las paredes de la cancha o los tubos de la portería convirtieron su transitar en un constante atropello; aquellos futbolistas que se anticipan al sonido de las municiones que ésta lleva dentro abanican no una ni dos veces, sino muchas más. Es entonces que equivocan el pase o el tiro a gol que habían previsto un segundo antes en su mente.

Porque sus ojos están cubiertos con antifaces.

Porque la mayoría de ellos no puede ver.

°−°

El Canela no se quita la boina ni para jugar futbol. Recargado en las tablas que delimitan la cancha escucha el partido que se disputa el tercer lugar. El arquero del equipo Italia, oriundo de Alvarado, Veracruz, es un hombre de cuya sonrisa y cadencia al hablar tampoco puede despojarse.

―Según cuenta la historia, el creador del balón lleno de municiones fue Elmo Cantú Treviño, ciego que junto con otros ciegos se tomaba sus cervezas y después echaban piedras en las latas y jugaban. Fue un señor que se llamaba Lorenzo Chávez quien trajo las pelotas de plástico de La Merced y ahí empezó todo.

Después de verlo jugar, con su playera que asemeja a la de Iker Casillas del Real Madrid, sus shorts y medias oscuros, uno no pensaría que es un hombre ciego. ¿Será por sus lances impetuosos contra el suelo, el uso de ambos brazos para situarse debajo del marco de tres tubos, su ubicación delante de la portería a la que resguarda, siempre en medio, un poco adelantado; o por sus largos despejes de manos? ¿O qué es lo que me hace pensar, pese al antifaz, que aquel hombre que detiene goles puede ver?

Quizá el hecho de que al hablar frente a él, con sus gafas oscuras y el crucifijo al cuello, pareciera que te está mirando.

O porque alguna vez pudo hacerlo.

―Perdí la vista cuando era estudiante. Tuve un accidente cuando iba en el segundo semestre de ingeniería industrial: una piedra de esmeril me explotó en los ojos.

Así que lo observo ahí recargado y después lo observo jugar. No me acerco a él hasta que acaba el partido, después de la victoria y coronación de su equipo tras ganar la final de una copa relámpago organizada por el DIF (Desarrollo Integral de la Familia) llamada Torneo del Deporte Adaptado: cinco goles del Italia contra tres del Toluca. Lo miro esperar en silencio la premiación, junto a sus compañeros, y de esta forma darles la orden implícita de mesurar la algarabía que les provoca el triunfo. Miguel Canela y los suyos aguardan por las medallas de primer lugar; las reciben entre los aplausos de la gente y de los demás equipos, al igual que el trofeo más grande de esta tarde. Apenas levanta la orejona, todos celebran con él sin importar que a simple vista no haya un capitán de equipo o alguien que lleve en algún brazo alguna banda o distintivo; serán las canas de su cabellera y su voz jarocha las que le den ese aire de patriarca al que todos se acercan, y por el cual el Canela es un hombre respetado.

°−°

El choque es inminente.

Dos jugadores del mismo equipo van tras el balón y éste pasa de largo frente a sus piernas. Tropieza el uno contra el otro y ambos caen al piso que hace mucho recibió su última pasada de pintura. Sin ayuda, sin algún gesto de dolor, se incorporan y vuelven a colocarse en su posición: no será la primera ni la última vez que esto suceda. Y es que desde que uno llega nota una distribución distinta de los jugadores en la cancha respecto a un partido de futbol convencional: uno esperaría verlos a todos detrás del balón, como cuando se ve un partido entre niños.

Pero no.

Los ciegos se colocan prácticamente a las orillas: el centro de la cancha luce semivacío gran parte del tiempo, y uno los mira buscar apoyo en la orilla con los brazos extendidos; otros trotan con los ojos en blanco, y con antifaces quienes aún distinguen un ligero rayo de luz.

Los que sí pueden ver avanzan rápidamente de un extremo a otro de la cancha, levantan el rostro y procuran que no sea un juego entre dos personas: lanzan pases que son recibidos con cierta brusquedad por sus compañeros ciegos; algunos alcanzan a controlar la pelota magullada; otros apenas la sienten en los pies la dirigen a otra parte, con la ansiedad de tener la bola, por fin, hacia un jugador de su equipo. El sonido de la pelota es la guía que les indica dónde están ubicados los demás. Los gritos de cada nombre y apodo ayudan a los ciegos a distinguir dónde están sus compañeros. Si la gente no guarda silencio, entonces el partido se tornará ríspido. Los porteros pedirán a todos que se callen para escuchar bien.

De tal modo que el silencio es aficionado y jugador.

Durante el encuentro no se verán balones aéreos, centros, cabezazos. Se jugará violenta y continuamente por la banda. Frecuentemente se marcarán tiros libres por las faltas: en esta final habrá un expulsado. Éste reclamará e insultará; le mentará la madre al árbitro, lo acusará de venderse al mejor postor. Y estará a punto de reclamarle si está ciego, como se reclama constantemente en el futbol de siempre.

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°−°

Balam tiene 18 años. Estudia la vocacional y cuando sea grande quiere dedicarse a la aeronáutica, como su padre. Por su cabeza también se ha cruzado la loca idea de ser periodista. Sólo porque piensa que estos viajan constantemente por las muchas coberturas que tienen. Al final lo que a él le gusta es eso, viajar. Vive cerca del aeropuerto: lleva marcado su destino como piloto, me dice, y lo sabe muy bien porque de jugar futbol cada domingo con este equipo, cuya indumentaria es la misma que la de la selección italiana, no podría vivir.

Hace unas semanas lo invitaron a jugar con este equipo de futbol de ciegos local que cada domingo se desvive por ganar todos los partidos disputados en la liga del deportivo Mina, ubicado a una cuadra de la estación del metro Hidalgo (justo en la calle Javier Mina) de la ciudad de México.

Única en la capital del país, no así en toda la república (Puebla y San Luis Potosí tienen las propias), el reglamento de la Liga Ignacio Trigueros (nombrada así en honor a la Escuela Nacional de Ciegos del mismo nombre, ubicada en el callejón Mixcalco, al centro de la ciudad) difiere al de la IBSA (Internacional Blind Sports Federation, por sus siglás en inglés), encargada, entre otros deportes, de adaptar internacionalmente las reglas de la FIFA al futbol invidente.

En ella, por ejemplo, los porteros pueden ver.

Es así que Balam juega en un equipo que se desvive para ganar, como lo hizo hoy en el encuentro final de la copa relámpago del DIF. En ese equipo también juega Óscar, un hombre alto, de prominentes cachetes y ojos rasgados; voz y piel juveniles, un débil visual que lleva seis o siete años pateando el balón de plástico relleno de municiones y que acerca del juego me dice:

―Es mucho más agresivo y rudo que el normal.

Javier Mosqueda, el Mosco, presidente de la liga integrada formalmente en 1998, lo respalda:

―Aquí se juega de a deveras ―sentencia, y me explica que cada partido dura dos tiempos de 30 minutos―. Sin descanso, sólo los segundos que les tome a los equipos cambiar de cancha.

Mosqueda perdió la vista de un balonazo, jugando futbol, me cuenta. Después se dedicó al atletismo, a correr. Ahora ha vuelto al futbol y es presidente de esta liga que el 12 de octubre de 2014 cumplió 16 años. Una liga que se conforma por cinco equipos de seis jugadores. En la banca algunos conjuntos tienen hasta 10 refuerzos, pero hay otros que apenas pueden completarse. Los partidos se juegan de dos a cinco de la tarde los domingos. Cada ocho días descansa un equipo. Tratan de jugar todo el año.

Balam ha jugado futbol desde siempre: futbol rápido, futbol siete y ahora con el equipo Italia, donde desarrolla el papel de vidente, una de las dos personas (una por cada equipo en la cancha) que puede participar en el partido para apoyar a los ciegos y que puede retener el balón en sus pies durante ocho segundos.

―Cuando me dijeron que había futbol para ciegos dije “¿y cómo le hacen?”. La verdad es que me sorprendí, pero es algo de lo que he aprendido mucho desde que vine sólo como espectador y hasta que comencé a jugar. Como vidente uno cree que es más fácil, pero no, es hasta más complicado.

―¿En dónde radica la principal diferencia entre el futbol convencional y el que es para ciegos?

―En varias cosas, principalmente en el balón: no gira como uno normal, no rebota; el tiempo y la fuerza que calculas para un disparo son distintas porque la pelota de ciegos pesa más por los balines que lleva dentro; entonces el tiro puede salir desviado o sin tanta potencia. No sé cómo explicarlo, pero los ciegos tienen como un sexto sentido (entonces el joven recula: sería un quinto porque no ven, dice), en el que saben marcarte apenas te sienten y tratan de quitarte el balón como pueden… y te llevas varios golpes.

Conforme el balón de plástico pierde su forma circular impide que se ejecuten jugadas vistosas o de gran técnica. Son los videntes como Balam quienes a veces las hacen, pero con algunas complicaciones: no sólo es el peso del balón y de las municiones lo que impide que hagan de él lo que los jugadores quieren; es también la férrea defensa y el mejor sentido del oído de los ciegos lo que entorpece las jugadas: apenas la escuchan cerca, saben que deben recuperar la pelota e impedir el avance rival.

Sí, los choques son inminentes.

No sólo entre jugadores, quienes se embisten constantemente al disputar el balón, sino el choque jugador-pared, cuando el balón surca la banda a gran velocidad y en la carrera los ciegos se estrellan directo contra la lámina que cerca la cancha. El sonido de sus cuerpos cuando rebotan se asemeja al de los luchadores cuando se lanzan desde la tercera cuerda, sin fortuna, hacia su oponente, y éste lo esquiva y su cuerpo sacude el ring sin concesiones. Y sus cuerpos van sufriendo moretones y raspaduras; algún esguince, o los dedos de las manos chuecos por tanto detener el balón.

Pero debemos hablar aparte de los choques si nos referimos a los porteros.

Aun cuando la mayor parte del tiempo permanecen de pie (sin posturas de achique como los arqueros tradicionales), como divagando y sólo esperando los disparos a la manera de un escudo más que de un guardameta, aún así se lanzan contra el suelo, se tiran anticipadamente y estiran los brazos para recibir los impactos que escuchan desde que el jugador contrario dispara a gol. Es cuando las municiones de la pelota adquieren su carácter de balas y ellos resisten como chalecos policías no sólo el balón, también las patadas del rival o de los compañeros que, con tal de evitar el gol que los ponga en desventaja, los apalean sin más.

A Miguel Canela lo he visto lanzarse para detener el balón y golpear su cabeza directamente contra el tubo. El golpe hace que el hombre pida unos segundos para sobarse, para saber dónde está. “Me cae que vi estrellitas”, me dice.

°−°

El Canela piensa retirarse pronto del futbol. Tiene 55 años, 25 jugando como ciego. Pasó un lustro desde que perdió la vista para volver a jugar. Ahora es él quien tiene el molde de 150 kilos y una máquina de soplado para hacer las pelotas llenas de municiones, que cuestan entre 15 y 16 pesos. Rentar esa máquina sale caro, me dice, mínimo tienes que hacer unas 3 mil pelotas para que te salga barato. Quinientas pelotas duran alrededor de un año. Duración que depende de qué tan fuerte las pateen los jugadores.

El Canela ha jugado más ahora que es ciego que cuando veía, cuando también jugaba de portero y podía detener el balón con los ojos cerrados.

―He jugado muy poco en otra posición, casi siempre soy portero. Siempre me ha gustado ser portero, hay compañeros que juegan mucho mejor que yo como delanteros o defensas, y no tiene caso si yo estoy bien en la portería y si ese canijo puede rendir más en la delantera. Me gusta aventarme, me gusta volar, por eso me parto el queso.

El Canela quiere irse porque ha descuidado un negocio que ha crecido cada vez más, el de su taller, que le confiere ingresos más allá de los que obtiene vendiendo material didáctico a la escuela de ciegos, dando clases de Braille, o en una empresa donde es la persona que determina si los materiales para ciegos que producen pasan o no pasan sus estándares de calidad.

Pero no le creo.

No le creo porque lo he visto lanzarse al suelo para detener un gol y llevarse heridas supurantes consigo. Heridas que por la edad tardan más en cerrar.

Y el futbol es una cuya cicatriz dudo que sane.

―¿Por qué sigues jugando?

―Lo hago porque amo el deporte. Amo el futbol y yo creo que es lo que me voy a llevar a la tumba. Esto nadie me lo va a quitar.

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°−°

Luis observa el partido junto a mí desde la orilla, justo a un lado de la puerta por la que ingresan los jugadores y el árbitro, quien también puede ver y el que, entre otras cosas, acomoda a los jugadores en su sitio después de un gol cuando estos están perdidos: cada equipo debe estar en cada lado de la media cancha, pero en ocasiones algunos de los ciegos se quedan donde están, sin saber si es el sitio correcto. Él, Luis, tiene los ojos prácticamente cerrados, sin embargo se recarga en el borde de la cancha de futbol rápido a la que está a punto de entrar y vocifera a los demás que cuiden la defensa, que tengan cuidado porque están a punto de darles la vuelta. Le pregunto por el marcador: no sé cuánto van, pero vamos ganando, me contesta el músico que ejecuta el bajo en una banda de ciegos en las afueras del metro Allende.

Detrás de una de las porterías está la única gradería, a la que le cabrán, sentadas, unas cuarenta o cincuenta personas. Pero en esta final de copa hay apenas unas cuantas, calculo a lo mucho veinte. Se trata de familiares y amigos cercanos a los jugadores; la poca gente que dejan pasar para ver jugar el futbol de ciegos. Ahí en esa gradería se reúnen los futbolistas que acabaron los partidos previos completamente agotados; es donde beben agua, estiran las piernas y se sientan a escuchar el que está en curso.

Fue en esa orilla de la cancha que descubrí a Miguel Canela, el arquero del equipo Italia, el hombre que aparece en la mayoría de las notas y videos que se han publicado sobre el futbol de ciegos en el deportivo Mina.

Es el hombre al que estaba buscando.

―Vámonos, vámonos por las chelas, les dice a los demás y algunos miembros de la imitación azzurra lo siguen.

Yo mismo lo hago.

A su lado va Óscar. El Canela se recarga en su hombro derecho y camina de ese lado de la banqueta. Hoy ha olvidado su bastón, anuncia, pese a ser el artífice de Bastones Canela, fabricantes de “ábacos, regletas metálicas, punzones, balones de futbol, cajas aritméticas, pijas y refacciones para bastones en general”, como reza su tarjeta de presentación, impresa en tinta y en Braille.

Me acerco a él y le pregunto, como se le pregunta a un hombre famoso:

―¿Es usted Miguel Canela?

Él asiente con la cabeza y dice mucho gusto, y Óscar me mira con dificultad y ligera desconfianza. Me presento y les digo que ya los he visto antes en otros trabajos periodísticos. Les explico mis motivos para interrumpir su caminata. Es así como acabo con ellos tomándome unas cervezas, charlando en la calle. Es así que también conozco a otros ciegos a los que les apasiona el futbol: a Luis, a Javier Mosqueda, ciegos que se acercan al Canela para que ahí en una banqueta, a plena calle, con las cervezas en el piso, les arregle sus bastones. El veracruzano pone manos a la obra y mientras la charla fluye él realiza la compostura, interviene en la conversación colectiva con alguna pregunta o acotación sobre el juego, bebe, fuma un cigarrillo y entrega al ciego su bastón perfectamente arreglado. Cuestión de cinco minutos.

―Órale, cabrón, ahí está tu bastón ―dice el hombre esbozando su perpetua sonrisa, y el ciego en cuestión le agradece y le entrega unas monedas―. Van a decir que soy bien mal hablado, perdón.

Así anochece en aquellas calles y los ciegos continúan bebiendo unas cervezas. El Canela me pregunta si me gusta jugar. Le digo que sí. Me pide entonces que lleve mis cosas para el próximo partido, para que vea lo que se siente. Le digo que lo haré. Acá te espero, me dice, y es que yo me pregunto qué sería de mi oficio si no pudiera ver.


Texto publicado originalmente en Kaja Negra.

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