Un gol para ponerse en pie

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El tatuaje que lleva en el pecho inmortaliza su nombre.

R O Y E R.

Pasaron muchos días desde aquel en que lo vi en las afueras del metro Hidalgo, un 28 de octubre, para que hoy pudiéramos charlar en las gradas de la cancha donde acaba de disputarse un partido de futbol. Recuerdo esa fecha simplemente porque aquel día, aquel 28 de octubre, ese tramo de Reforma estaba atestado de creyentes de San Judas Tadeo. Él, Royer, pasó frente a mí en un cruce peatonal que está no muy lejos de la iglesia que rinde culto a aquel santo que viste de verde y blanco. Él y otro hombre pasaron desplazándose con sus bastones. Cada uno se paró en cada extremo de la avenida, en la esquina del semáforo, y ahí comenzaron a pasarse el balón. Fue Royer quien comenzó a dominarlo durante los segundos que duró el color rojo. Lo observé, sentado en la banquita de la parada del autobús que va hacia Indios Verdes. Observé cómo dominaba el balón con la única pierna que tenía, la izquierda, apoyado en sus bastones, e, incrédulo, me acerqué a él pasados dos semáforos. Me presenté. Él me dijo: me dicen Royer. Y me contó que, junto a otros amputados como él, entrenaba muy cerca del metro Fray Servando, en la ciudad de México, con un equipo llamado Guerreros Aztecas. Que entrenarían al día siguiente. Me pasó sus datos, su teléfono, su email y me despedí agradeciéndole, bajo la promesa de verlo entrenar más de 24 horas después. Antes de abordar ese autobús que va hacia Indios Verdes me quedé a observarlos un poco más, aún atónito, pensando en cómo es que había un equipo de hombres que jugaban futbol con una sola pierna y sobre todo en cómo habrían perdido la suyas estos hombres; cómo la habría perdido aquel joven de 27 años.

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Una tarde que Ernesto Lino Ortiz visitó la casa de su madre se encontró allí con un viejo amigo. Jesús Hernández estaba sentado en el comedor, platicando con el resto de la familia de Lino Ortiz; su amistad era de aquellas donde se involucran padres y hermanos. Ambos se saludaron afectuosamente: tenía un buen rato que no se veían. Hernández permaneció sentado y así le preguntó a Lino por los cuatro puntos que debe poseer todo entrenador de futbol. Físico, técnico, táctico, psicológico, le respondió. Hernández sabía que Lino había estudiado como entrenador profesional de este deporte en la Cecap [Centro de capacitación de la Federación Mexicana de Futbol], así que fue a ofrecerle un puesto de entrenador «para un equipo especial», le dijo. «Ni que fueran marcianos», pensó Lino, me confesó la tarde en que visité a los Guerreros Aztecas por primera vez:

Poco antes de las siete de la noche van llegando uno a uno los miembros del equipo. Se sientan en una barda baja que está frente al DIF donde está la cancha, cerca del metro Fray Servando. Allí esperan a que dé la hora exacta para entrar. Es un lugar poco iluminado. Los veo cuando llego, a lo lejos, y entro. Camino hacia la cancha tras decirle al policía que vigila la entrada qué es lo que pienso hacer. Voy a tomarle unas fotos al equipo de amputados, le digo, y saco la cámara. Es una cancha de futbol siete. Me siento en una de las dos banquitas-maceta que están frente al césped sintético iluminado por dos torres con reflectores en la cúspide. Los jugadores se acercan minutos después. Se sientan en esas mismas banquitas. Ahí se cambian y se ponen la ropa adecuada para jugar: unos shorts, tacos, y la casaca amarilla fosforescente del equipo que en el pecho lleva la leyenda de Guerreros Aztecas. Entre los jugadores que van llegando está Royer. Lo saludo y le digo que ojalá podamos charlar al finalizar el entrenamiento, aunque finalmente esto no ocurra. No demoran mucho vistiéndose y entran a la cancha. Pelotean unos minutos antes de acercarse al centro, en el círculo, y sentarse allí para conversar sobre el equipo: lo que han de mejorar, los fallos, la organización de nuevos partidos, el dinero. Conversan sobre esto varios minutos y, entonces, inicia el entrenamiento.

El golpeo de balón de jugadores experimentados como Royer o el Pollas me sorprende. Alguien les pasa el balón y con ambos brazos [imagino el movimiento que tienen los leopardos cuando corren: ese desplazar recto de sus largas piernas] se impulsan y sostienen el cuerpo en el aire para patear con potencia. Tomo unas fotos de esto, malas [nada que ver con éstas], y es que Lino se acerca a mí, sonriente, para conversar:

Pues qué tiene tu equipo, le dijo Lino a Hernández.

—Entonces que se levanta de la mesa… No tenía una pierna, canijo.

Al igual que yo, Lino Pérez se impactó y no imaginó que hubiera un equipo de futbol para personas amputadas, aunque ese hecho fue lo que más lo motivó para aceptar entrenar al equipo, uno muy distinto a los que había dirigido hasta ese momento: equipos amateurs, sobre todo. Apenas eran tres personas las que empezaron con el proyecto, así que Lino se enfrascó en una búsqueda de jugadores. En la red encontró que ya había otros equipos como ése en México y en otras partes del mundo, uno en Angola, por ejemplo. Y me confesó que fue complicado hallar las piezas para el suyo pues los amputados a los que invitaba muchas veces pensaban que se burlaba de ellos al decirles que los quería para su equipo de futbol.

De estos hechos han pasado tres años y medio. Hoy, este hombre tiene 53. Aquel equipo que conformó con Hernández se llamaba Águilas, pero se escindió. A la posteridad se formaron los equipos Guerreros Aztecas y Panteras, ambos del Distrito Federal, que compiten en la liga de la Asociación Mexicana de Futbol de Amputados, conformada también por los equipos: Los Tigres de la UANL, Ciclones de Colima, Club León, Dragones del Estado de México, Lobos de Jalisco, Coyotes de Querétaro, Guerreros Laguna, la mayoría formados en 2012. Lino me aseguró que desde que aceptó esta labor como entrenador no ha recibido un solo peso, pues «esta gente no tiene dinero, hemos traído a jugadores de la calle… no sería justo». El equipo, que consta de entre 14 a 16 jugadores [entre los cuales hay uno que, al no tener ambas piernas juega con los brazos con gran agilidad, me dijo Lino; su nombre es Michel pero no pude conocerlo] se sostiene principalmente por donativos [zapaterías han apoyado con tenis nones, por ejemplo]; de aportaciones de los propios jugadores para las playeras; el DIF les presta la cancha. Lo que más necesitan, me dijo, es apoyo para sus viajes, para uniformes, para bastones… Le pregunté a este entrenador entonces cómo es que se gana la vida. Me contó que desde joven llevó siempre actividades paralelas al futbol. Su padre, que era médico, se lo dijo: «siempre haz dos cosas», así que a los 26 años se metió a estudiar mercadotecnia. Es allí donde encuentra el sustento. Algunos de los jugadores, por su parte, viven en la precariedad y una de sus principales fuentes de empleo en la actualidad es, justamente, dominar el balón en los semáforos.

Mientras Lino y yo conversábamos, Carlos y Omar apoyaron en el entrenamiento. Son un par de jóvenes que por cuenta propia se acercaron para ayudar al equipo cuando conocieron su caso en los medios masivos. Carlos, por ejemplo, lleva la cuenta de Facebook de los Guerreros [cuyo canal de YouTube es éste] y fue él quien me informó sobre el lugar exacto del entrenamiento, sobre los días en que se lleva a cabo, sobre cada cosa que se me ocurriera preguntarle. Carlos y Omar colocaron los conos y marcaron los ejercicios. Usaron un silbato. El entrenamiento no es muy diferente de uno convencional: los jugadores rodean los conos controlando el balón para después disparar a portería. Sin embargo, Lino me explicó que sí hay distinciones, que ha tomado cursos para entrenar a gente con discapacidad, y que lo que más han de trabajar los jugadores es, sí, la fuerza en los brazos y en la espalda. Esto en entrenamientos de dos horas dos veces a la semana. Los juegos son esporádicos. En el momento de la entrevista, por ejemplo, estaba a punto de arrancar la Copa América de amputados en Guadalajara, México, que, para cuando este texto se publique, Brasil la habrá ganado. Ninguno de los jugadores de aquí fue convocado, no obstante, el año pasado, me contó Lino, se desarrolló el Mundial de amputados [en Culiacán, Sinaloa, México] en el cual Royer fue el mejor jugador y mejor gol, contra Polonia. El equipo también ha hecho viajes al interior de la república con sus propios medios, a los juegos del deporte adaptado, o partidos los fines de semana en el deportivo Venustiano Carranza, entre otros.

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Las reglas del futbol de amputados son simples. Siete contra siete. Seis jugadores en cancha y un portero. Éste no posee una mano o parte del brazo. No puede salir de su área. Los jugadores no pueden controlar el balón con los bastones. Son dos tiempos de 25 minutos cada uno.

Hoy esas reglas tendrán que adaptarse un poco.

Son las once de la mañana.

Bajo de la combi al mismo tiempo que ellos bajan de la que rentaron.

Los Guerreros Aztecas disputarán un partido contra un equipo de luchadores profesionales en una cancha que está en el barrio del Torito, en Naucalpan, Estado de México. Un segundo juego de exhibición, la revancha de los Guerreros [el anterior lo ganaron los luchadores], que fue organizado por uno de los integrantes de este equipo: Fredy Lozano. Con él conversé el segundo día al que asistí a los entrenamientos, en una de las banquitas-maceta que hay frente a la cancha. Aquella vez no entrenó: lleva algunos días lesionado y este juego también se lo perderá.

Fredy tiene 38 años. Es diabético desde los 24. Hace poco más de un año, cierto día, cuando iba hacia su trabajo, el microbús donde viajaba no frenó completamente y, al bajar, se lastimó el pulgar de su pie derecho, lo cual le ocasionó una lesión, una ampolla que le reventó, se infectó, y que, por la diabetes, pudo ser peor. Primero le dijeron que le amputarían dos dedos, pero corría el riesgo de que no se detuviera la infección. Así que Fredy decidió que le amputaran gran parte de su pierna derecha, arriba de la rodilla. La pierna con la que jugaba.

—Te cambia la vida totalmente —me dice.

Este hombre era ejecutivo de ventas para una compañía telefónica en Polanco, en la ciudad de México. Lo pensionó el Seguro Social. De cualquier forma sigue dedicándose a esa actividad por su cuenta. A finales de enero pasado se iba a casar, pero la mujer con la que llevaba saliendo dos años decidió que no y lo abandonó. Fredy se sumió en depresión.

—Quise suicidarme, pero me faltó valor.

Supo del equipo de Guerreros Aztecas gracias a un programa de televisión. Por cuenta propia los buscó y en seguida fue aceptado. Lleva seis meses con ellos, pero una lesión le ha impedido jugar: sabe que su otra pierna podría estar en juego si no se cuida. Al igual que otros integrantes de los Guerreros Aztecas, Fredy era jugador callejero. Saca su móvil y me muestra unas fotos suyas, de hace varios años, con sus equipos del barrio. Para él, esta nueva modalidad es muy similar a cuando disputaba el balón con ambas piernas: necesita comunicarse, jugar en equipo, coordinarse. Me confiesa que al inicio duelen los brazos, los pectorales; que es difícil acomodarse con los bastones. Poco a poco ha ido acostumbrándose.

Los luchadores llegan un poco después. Van sin sus máscaras. De no ser por sus robustos cuerpos, pasarían por personas comunes y corrientes. Ambos equipos se encaminan a las gradas para vestirse. Los Guerreros llevan uniforme blanco con verde. Los luchadores se colocan sus máscaras y visten como si estuvieran a punto de subir al cuadrilátero. Allí en las gradas saludo a algunos del equipo. Al entrenador, Lino. Salvo los luchadores, futbolistas y algunos de sus familiares, apenas hay gente interesada en el partido. Tras uniformarse, los amputados son los primeros en entrar al campo. Hacen algunos ejercicios de calentamiento y tiran hacia la portería que esta mañana resguardará Valentín Villaverde. A este hombre de 47 años lo conocí, como a los otros, durante los entrenamientos, y en breve entrevista me contó algunos aspectos de su historia. Fue Lino quien lo contactó para que jugara en el equipo, donde lleva ya año y medio. Desde niño fue deportista, pero el futbol no era lo único que le llamaba la atención. En esta etapa de su vida perdió la mano derecha: un día salió a comprar carne para su gato; por accidente metió esa mano en la máquina de moler. Con los años se volvió contador. Vive en Iztapalapa. Un problema de hipertiroidismo le ha afectado el equilibrio y la fuerza, sin embargo no encuentra mayor obstáculo para defender los tres palos. Esta mañana viste una sudadera verde de manga larga que lo distingue de los demás y que detendrá varios balonazos.

El equipo se reúne al centro, como en los entrenamientos, y recibe indicaciones del entrenador. Los jugadores se colocan ordenadamente en el campo. Los luchadores, por su parte, se acomodan como pueden. En sus filas hay personajes como Piratita Morgan, o uno que se hace llamar, justamente, Guerrero. El juego lo arrancan los aztecas, cuya estrategia se basa en el toque en corto del balón. La dinámica es distinta que en un entrenamiento o en una cáscara: juegan por abajo, limpio y se desplazan con rapidez haciendo paredes. Pero los luchadores no son piadosos y no dudan en robar el balón con fuerza. Uno de ellos, con máscara de payaso, conduce con agilidad por la banda y sin escatimar lanza centros peligrosos al área de Valentín. Los primeros goles que caen son del equipo enmascarado. Sin embargo los guerreros cuentan en sus filas con dos cracks: Royer y el Pollas. Este último lleva, como todos los días en que lo he visto, una gorra puesta, volteada. El primer día que visité al equipo su sonrisa rebelde, traviesa, fue de lo que más recordé de una serie de retratos que les tomé a estos jugadores y que por descuidado extravié […]; fue hasta la tercera vez que fui al entrenamiento que pudimos conversar. Aquel día, su mujer, Mayra, quien siempre lo acompaña a todas partes, me adelantó algunas cosas sobre este joven de 18 años. Que se llama Jorge, pero que le apodan así por los jugos de naranja [conocidos como pollas, óptimas para la crudez] que vendía su padre. Que antes y después de perder la pierna ha sido un fanático de las máquinas de baile Pum it up, y sobre todo del Cruz Azul. Que se conocen desde hace año y medio gracias a las redes sociales, por tener como amigos en común a Royer. Me dice entre lágrimas que si algo caracteriza al Pollas es su alegría y sencillez. Su fortaleza: «no se echa para atrás», dice. Que toca la trompeta para la barra brava del Cruz Azul y que juntos, además de su trapo viajero con motivos del equipo, asisten a los partidos. Para pagarlos, el Pollas trabaja, junto con Royer, dominando el balón en los semáforos en distintos puntos de la ciudad de México. Al igual que Lino y que yo, Mayra era incrédula sobre un equipo de futbol de amputados. Fue hasta que llegaron a los Guerreros Aztecas que pudo verlo con sus propios ojos. Ya que pude charlar con Pollas, varios minutos después, él confirmó cada una de estas palabras. Me mostró videos de él ensayando con su trompeta. Me dijo que jugaba en las divisiones menores de Pumas. Un día, jugando en la calle, se golpeó una pierna con un poste. Iba en la secundaria. Al principio no le dio importancia pero conforme pasaron los días se le inflamó la pierna y llegó un punto en que no la pudo mover. No hubo diagnóstico pero un día que salió de jugar maquinitas de baile la pierna «le tronó como matraca». Estuvo hospitalizado tres meses y ahí le dijeron que tenía cáncer en distintas zonas del cuerpo y no le daban mucho tiempo de vida. Tenía 13 años. Tomó quimioterapias que le controlaban el dolor, pero un día él mismo decidió, pese a la renuencia de sus padres, que le cortaran la pierna derecha. La pierna con la que jugaba. Todo en vez de no poder jugar futbol pues le pondrían unos clavos. Su regreso al futbol se dio pronto: un vecino lo invitó a jugar en la calle aunque fuera en silla de ruedas. Pensó que se burlaban de él, pero aún así lo intentó hasta que se animó a usar bastones, con los que lleva cuatro años. El primer equipo con el que quiso jugar fueron los Zorros de Sinaloa, de quienes vio un video en la red. Aunque finalmente no pudo llegar a ellos, como no tenía dinero se puso a vender dulces para conseguir su meta.

—Por el futbol daría lo que fuera —me dijo, sonriente.

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—¿Qué es lo más difícil de entrenar a estos hombres? —le pregunté a Lino aquella primera vez. Se lo pensó un momento. Me dijo que no tiene que ver con lo físico, sino con lo emocional. Que cada uno de estos hombres ha padecido abatimientos que los desmotivan a continuar. Es el grupo el que arropa al resto y eso hace que cada uno se sienta mejor. En el entrenamiento, justamente, se aprecia una atmósfera muy agradable: los jugadores bromean entre sí, se llaman mochos los unos a los otros. Se escuchan cosas como: ¿Alguien ha visto mi pierna? o ¡Exijo un podólogo! En este partido contra los luchadores las cosas no son muy distintas y alguno de ellos, de los gladiadores, expresa ¡Quiébrale la otra pata! El primer tiempo se caracteriza por el dominio en el marcador de los que llevan máscara a pesar de que los amputados habían controlado los primeros minutos gracias a pases al pie, certeros, técnicos. Al medio tiempo se amplía la desventaja: 6-2. En ese momento ya hay mucha gente en los alrededores, muchos niños. Un par de hombres gritan la porra: ¡Guerreros, Guerreros! Es que los luchadores salen a la segunda mitad con el brazo oculto entre la playera. Así, aunque pareciera un pequeño detalle, las cosas comienzan a igualarse y los Guerreros Aztecas poco a poco alcanzan el marcador. Durante el encuentro otros personajes entran al campo, como un Batman y una Gatúbela con los luchadores, y Lino y Ricardo, hermano de Ángel, el jugador más joven del equipo, con los amputados.

De este último, de Ángel, debo hablar un poco aparte. Desde que lo miré en la barda baja que está afuera del DIF, este joven de 16 años honró su nombre y le ofreció dulces a todos los que estábamos ahí. Miré su hombro desnudo por la playera de tirantes, pero no alcancé a ver el muñón o la herida o el vacío de ese brazo derecho ausente. Sólo su pierna de hierro que sostiene lo que queda de su pierna izquierda. Junto a nosotros estaba su madre, María Isabel, de 37 años, y su hermana, Guadalupe, de 14. Una familia que le va a las Chivas. Sonriente, Ángel se puso a patear la bola ahí afuera junto con su hermano Ricardo antes de iniciar el entrenamiento; me uní a ellos unos minutos después ya dentro de la cancha. Tenía rato que no tocaba un balón. Aquel niño sonriente era muy amable y me hablaba de usted. Una vez que charlaron al centro de la cancha para exponer sus acuerdos y desacuerdos, me alejé para conversar con su madre. Ella me contó que hace tres meses Ángel fue invitado al equipo por otro integrante apodado el Conejo. Le pregunté qué pasó con Ángel. Un día, puesto que es madre soltera, tuvo que salir a trabajar y dejó a sus hijos solos en casa. Cuando regresó las cosas no estaban bien: su hijo había sufrido un accidente por un cable de alta tensión que le causó quemaduras graves y la consecuente amputación de su brazo y pierna. El llanto de la mujer apareció inevitablemente y ya no le pregunté más. Estuvo ocho meses en hospitalización y otros tres en tratamiento especial para personas con quemaduras, me dijo su hermano. Salió con silla de ruedas y alguien les donó la prótesis que ahora usa y que de pronto, como cuando nos vio conversar y se acercó, se quita. Su hermano Ricardo me contó que jugaban desde siempre futbol en la calle, como cualquier niño. Ahora de pronto le dicen Pie Robocop. En dos meses, continuó María Isabel, su hijo pudo adaptarse, pues se volvió zurdo para dibujar, actividad que disfruta mucho, y volvió a la secundaria abierta. Ese día no la llevaba puesta, pues le estorbaría para jugar futbol, pero Ángel usa otra prótesis, me contó su madre: una especie de chaleco con brazo que se cuelga y que le permite manipular objetos con un garfio que controla con el pie. «Un día se me cayó el brazo en el metro», nos dijo sonriente.

 

En el partido contra los luchadores este joven juega de delantero. Aún se le mira un poco inseguro: falló algunas oportunidades de gol, pero el resto del equipo no dejó de apoyarlo; al no poder usar bastones, y teniendo la prótesis de la pierna, su recorrido era un poco más lento, más cansado; aún así dribló en varias ocasiones a sus contrincantes musculosos. Al igual que en los entrenamientos, de pronto a los jugadores se les escapan ciertos balones que pudieron haber retenido de tener su otra pierna; giran sobre su propio eje con dificultad para poder recibir o dar un pase o un tiro; a Royer se le mira dar lances e intentos de tijera o chilena y caer al suelo con brusquedad; a veces los bastones chocan; al Pollas se le rompió uno en pleno juego y quiso rifársela así; alguien más tuvo que prestarle otro. Al final el partido se empata y se va a tanda de penales. Ganan los Guerreros esta ronda 3-2. Su revancha se cumple. Les dan un trofeo a ellos y unos reconocimientos para todos los jugadores. Se toman fotos, felices. Los luchadores también ofrecen un almuerzo de tacos de guisado; junto con los jugadores de este partido me deleito y, antes de irnos todos juntos en la combi que los futbolistas amputados rentaron, me acerco a Royer para platicar.

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Supe lo que pasó con Rodrigo Fernández, Royer, ese mismo día que lo conocí. Por una crónica y fotos de Vice. En ella respondió lo mismo a la pregunta:

—¿Qué pasó con tu pierna?

—En un viaje a Celaya salvé a una niña de las vías del tren. Cuando la vi lo primero que hice fue correr y empujarla, no lo pensé dos veces, pero se me quedó atorado el pantalón, la pierna [la derecha], y el tren me la destrozó.

La pierna con la que jugaba.

Nunca pensó que se dedicaría a esto. A jugar futbol de amputados y a dominar el balón en las calles para ganarse la vida.

—Me cambió la vida, me he vuelto más centrado —me dice mientras da una calada a su tabaco. Su mirada, la del hombre que vivió en Tepito, la del que era un desmadre, no deja lugar para las dudas.

Antes, junto con Víctor [otro jugador crack del equipo y de quien se puede leer mucho más en esta crónica] vendían dulces, pero no era suficiente. Royer me cuenta aquí en las gradas donde acaba de disputar el partido que las ganancias por dominar el balón pueden ser muchas en poco tiempo [300 pesos en tres horas para dos personas], por lo que ya varios de sus compañeros, como el Pollas, se han unido a él e incluso han formado un equipo callejero llamado Street Stars. Con ese dinero Royer se mantiene a sí mismo y a su hijo de 10 meses; con ese dinero estos jugadores pueden mantenerse en pie.

Después del accidente Royer estuvo en coma dos semanas. Usó prótesis pero la dejó de inmediato porque no le gustaba el peso. Fue a los dos meses de su recuperación que lo invitaron a jugar. Tampoco creía que existiera este equipo. Le mostraron trípticos. Lo llevaron al entrenamiento. Aceptó. Prácticamente desde que se fundó el equipo, hace tres años, él está aquí. Cuando tenía ambas piernas se destacaba en las calles como portero; tampoco pensó que hoy sería el delantero estrella: se esforzó al máximo y muy pronto se destacó entre sus compañeros: me pregunta constantemente si tomé fotos de él lanzándose. Algunas, no muy buenas, le digo. Me confiesa que los bastones le lastimaban hasta que pudo comprarse unos con goma en la zona donde recarga los brazos; aspira a comprarse otros aún más caros que le den más comodidad para esos lances. Y aclara, sonriendo: «Eso sí, no hago caso a las órdenes, me gusta hacer mi juego». Menciona de pronto el nombre de Baruch. Mi capitán, le dice Royer. De él aprendió casi todo lo que ahora sabe de esta nueva modalidad de juego. Recientemente Baruch falleció por cáncer infantil. Tenía 18 años y parte de sí también se halla en aquella crónica de Vice. Royer se propuso ser tan bueno como su capitán, así que todos los días, durante un mes, se puso a practicar las dominadas de balón. Para cuando me cuenta esto ya se ha quitado el uniforme y en su lugar lleva una camisa de manga larga; tiene abiertos los botones del pecho. Alcanzo a mirar su tatuaje mientras conversamos, pero no distingo con claridad qué dice. Será después cuando sepa que aquellas palabras se trataban de su apodo.


Texto publicado originalmente en Kaja Negra.

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