La rata de los tacos de cabeza

Cuentan los que saben, los que comen ahí afuerita del metro Hidalgo, que en uno de los puestos de tacos de cabeza habita una rata. Una muy grande, casi un gato; blanca –como gato–, de ojos rojos y una cola muy larga. Que se mueve con rapidez –es casi invisible– y que por el consomé de birria, que sabe tan bueno, se quedó a vivir allí.

Pero pocos la han visto. Yo soy uno de ellos. De alguna forma.

No hace muchos días, una clienta –ya grande, de venas saltadas en las manos– me contó que vio a la rata más lenta de lo acostumbrado.

—Le vi su panza, iba muy despacito. Se me hace que está preñada.

Otros me han dicho que no hay ratón que pudiera preñarla. Que seguramente la rata se lo comería.

—Imagínese, dicen que nació de la basura y que la radiación la hizo así de grande. Digamos que es una especie de mutante. —Me dijo, desde el otro extremo del puesto, acodado en la barra, don Ele. Él lleva varios años comiendo ahí en esos tacos. No recuerda con exactitud cuánto hace que vio a la rata.

La rata de los tacos de cabeza, le llaman.

—Tendrá unos cinco años —comenta el hombre, mientras se limpia del bigote los restos de comida que siempre se le quedan ahí embarrados.

Pero hay quien dice que la rata tiene más de veinte años y que antes estaba en los puestos de gorditas y en un mercado cerca de La Merced. Que de allá es.

—En ese mercado había unas brujas que tenían un criadero de ratas. Se me hace que algún pacto con el diablo tendrían para que semejante animal haya nacido.

Doña Juana, quien es conserje en la Lotería Nacional, sujeta la cruz que cuelga de su cuello al decir eso. Tampoco está segura de hace cuánto que vio a la rata de los tacos de cabeza. Solo está segura de que existe.

Como yo ahora. Por eso fui a esos tacos a comer. Para encontrármela.

Un amigo me había hablado de ella. Me contó que un día fue a esos tacos –a los que están ahí afuerita del metro, después de los caldos de gallina y antes de las tortas calientes– y que la vio pasar. Él no soporta a las ratas, mucho menos a una blanca, de ojos rojos y gigante. Me dijo que soltó su plato y se echó a correr a donde pudo. Que sus tacos de cabeza quedaron tirados en el piso. Él aún piensa que, seguramente, la rata se los comió.

Pero no la encontré. Ni los siguientes días. Fui en distintos horarios y nada. Nunca pasó frente a mis ojos o a los ojos de los demás. A lo mejor porque no había lugar para sentarse.

—No hay banquitos desde que la rata le mordió un pie a un hombre que se estaba echando dos de surtida —me dijo uno de los comensales.

Me quise asomar abajo del puesto, pero uno de los dos taqueros me dijo que no lo hiciera, que si la rata estaba ahí y me veía, sería hombre muerto, o cuando menos hombre sin cara. Le hice caso y pedí un taco de lengua y otro de maciza. Era comprensible que la gente siguiera yendo a ese lugar con unos tacos tan ricos y tan baratos. Después me asomé abajo del puesto. No había nada. Cuando menos eso vi al primer momento. Porque después noté una bola blanca, como acurrucada.

—¡Chingue su madre, ahí está! —Le grité al taquero. Al oírme, los demás clientes se echaron para atrás como tres metros. Lo suficiente para estar a salvo de una mordida letal. Y para poder ver.

—No manches hijo, te dije que no te asomaras, que la dejaras tranquila.

—Pues ahí estaba quietecita, no parece que se haya enojado.

Los taqueros tomaron dos de sus cuchillos más grandes y uno de sus ayudantes agarró la escoba.

—Pícale ahí, Lagañas. Nomás no metas la cabezota —el Lagañas sujetó la escoba desde el extremo superior y empezó a picotear por debajo del puesto. Nada pasó.

—Está repinche duro, se me hace que el joven se confundió. Creo que es la piedra que detiene la pata coja del puesto.

Tanto los clientes como los taqueros me miraron acuciosos.

—No, de verdad que vi algo. Si no me creen, asómense —les dije y nadie se asomó. Para mí había sido suficiente con haber visto a la rata de los tacos de cabeza. Así dormidita, tranquilita, sin molestarse. Ahí debajo del puesto, como me habían dicho. Ya podía marcharme.

De no haber sido por los berridos que a continuación se escucharon, lo habría hecho rápido.

El espanto se apoderó de las caras de todos, incluyéndome. Empalidecimos. Muchos huyeron sin pagar el consomé tan bueno de ese puesto, otra de las razones de su éxito. Porque, de alguna forma, todos creían en la rata.

Hasta decían que era inmortal.

Los berreos fueron aumentando en volumen. Rechinaban en nuestros oídos, enchinaban nuestra piel. Y nadie era tan valiente como para asomarse abajo del puesto para ver por qué tanto chillido. Los piquetes del Lagañas seguramente habrían enfurecido o lastimado al animal.

De pronto todo quedó en silencio.

Esperamos la salida de la rata como se espera a que la rubia de la película de terror se salve de la puñalada del villano. O a que la asesine de una vez por todas.

Una tropa de ratitas blancas surgió de pronto por todas partes. Parecían hambrientas de carne humana. Los comensales escaparon despavoridos, gritando, atragantándose, sin pagar. Yo esperé un poco más, detrás de un poste, a sabiendas que la madre estaba a punto de salir.


Texto publicado originalmente en Los Bastardos de la Uva.

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