King Diamond, toda historia de amor es una historia de fantasmas


I

La ruinas del cine Ópera son fotografiadas por un joven, quien levanta la cámara de su celular y apunta hacia las letras que lo nombran, hacia los ángeles que las resguardan y que vigilan la reja por donde solo se miran escombros, polvo, muerte.

—También me gustaría tomar fotos de cines abandonados —dice el hombre—. Empezaría por este.

Ella se queda mirando el edificio, asombrada. Es la primera vez que lo ve.

Ella no sabe que este hombre ya ha dicho esas palabras antes, un día muy parecido a este, parado casi en el mismo lugar y en la misma posición. Su esposa, quien murió hace poco, estaba junto a él y tampoco había visto aquel sitio y del mismo modo se mostró curiosa ante su arquitectura, herrumbrosa pero todavía imponente.

De pronto el joven que fotografiaba el lugar desaparece. Se esfuma y no lo ven más. Qué extraño, piensa la pareja, y mejor avanza hacia la casa de su amigo, quien vive muy cerca de ahí. Allí los esperan él y otro colega, quien lleva consigo, en una bolsa, unas playeras con el rostro de King Diamond en la parte frontal. Se las entrega. En la espalda se ve el logo de Diamond y el de Exodus, las bandas que esta noche ofrecerán un concierto en el Palacio de los Deportes.

El hombre les dice a sus amigos que quizá no vaya, que no ha dormido y que está hecho mierda.

Uno de ellos, el de las playeras, le dice que no mame y pone un poco de música para recordarle por qué sería un error si prefiere dormir cómodamente en su camita en vez de ir a ver al Rey Diamante en vivo.

—¿Es la primera vez que viene a México, verdad? —pregunta el hombre.

—No, ya había venido, mi hermano fue a verlo.

—¿Te cae?

—Sí, con Mercyful Fate [la legendaria banda danesa de la que Diamond fue frontman].

—¿En dónde estuvieron?

—En el cine Ópera.


II

Desde la lejanía se alcanzan a observar los espectros que deambulan por toda la pista. Una neblina azulada se desplaza muy lentamente entre ellos; es una bruma tibia que resalta aquellos cuerpos, aquellas sombras que levantan sus manos en forma de cuerno, que matean aislados, que ofrecen su alma ante su rey: ese que desprecia la cruz cristiana, que la pone de cabeza y que la tiñe de rojo. Aquel que al centro de su ritual muestra el pentagrama cuyo chivo inmenso los mira bailar celebrando su nombre.

Es King Diamond.


III

Desde la lejanía los observa, sentado, hecho mierda.

Un par de horas antes Strike Master azotó ese escenario. Mientras lo hacían él luchaba por no dormir en la quietud de la sala de prensa, luego de comer algunos bocadillos pretendiendo no claudicar. La banda mexicana de thrash metal, que consiguió estar ahí gracias a que ganó una votación en las redes sociales [y él se pregunta por qué tiene que ser así todavía: una banda ya grande, como Strike, compitiendo por ser telonera], ofreció un breve set list que vendría muy a cuento con la banda siguiente, estandarte del género que tocan, Exodus. Algunos testigos que presenciaron su actuación, sin embargo, destacaron la injusticia del mal sonido que tuvieron. Una lástima, pero quién no suena mal en el Palacio, piensa él, sin saber que esa misma noche King Diamond acabaría con ese mito.


IV

Mira su rostro frente al espejo del baño. Unas sombras subrayan sus ojos; el cabello despeinado, la barba rala, un bigote a la King Diamond [bueno, eso quisiera]. A su alrededor una serie de cuerpos sin rostro, voces del inframundo que conversan, murmullos inaudibles, bocas que beben cerveza que de antemano sabe está muy cara. Esos mismos cuerpos están por todas partes, ataviados por ropas negras y matas largas, chaquetas de cuero, parches, estampados y escotes salidos del infierno.

Los hijos de Satán también se esparcen por todo el pasillo que conduce a la pista del Palacio de los Deportes, cuyas gradas están cubiertas por telares negros: la ceremonia será exclusivamente a ras de suelo. Allí, en la pista, hay suficiente espacio como para caminar libremente hasta que se rebasa el lugar donde está la mezcladora, la misma que hará sonar deficientes no solo a Strike Master, sino también, un poco, a Exodus, quienes están a punto de iniciar. Al fondo del escenario se halla una imagen del arte que ilustra su disco más reciente, el Blood in, blood out: un camino hacia las llamas eternas resguardado por cráneos gigantes. Un camino hacia el que todos se dirigen.


V

La primera vez que abre los ojos el predicador habla enardecidamente sobre la importancia que tiene Jesucristo en sus corazones. Nunca había visto a un hombre como ese en un microbús. Es un viejo adorable. La forma en la que habla es clara, pausada, melodiosa. Hipnótica. Con esa misma claridad escuchará a King Diamond [el de la voz que alcanza los agudos más altos y los medios más únicos, reconocibles] decirle a sus fanáticos mexicanos lo feliz que está, lo agradecido, por tocar frente a una de las mejores audiencias del mundo, para luego sacar la bandera mexicana, extenderla y llenarlos de júbilo.

Lleva el rostro recargado en la ventana, luego se endereza un poco y el viejo lo observa, lo invita a que deje entrar a Dios nuestro señor en su corazón. Él le dice, todavía incendiado por el whisky: Dios no existe.

Detrás del viejo, sobre el parabrisas de la micro, un ojo encerrado en un triángulo observa a todos.

[Es curioso: The eye fue el primer disco que este hombre escuchó de King Diamond. En su momento no lo supo apreciar.]

La segunda vez que abre los ojos es por la voz del chofer que le dice que ya llegaron. Se baja del camión por inercia, aterrado. Es el segundo transporte que ha tomado en el día. No sabe dónde está. Todo a su alrededor retumba; el sol del mediodía derrite lo que se le cruce. El hombre camina hacia un puesto de dulces, a la lejanía, colocado en un lugar inconcebible, construido para que solo pasen coches. Quien atiende, un joven con una playera negra estampada con la virgen de Guadalupe, le indica cómo regresar.

Se ha quedado dormido camino a la cita con la mujer con la que horas después verá la fachada del cine Ópera.

—Durante todo ese trayecto soñé con mi esposa muerta —le dice a ella, al contarle lo sucedido—. Recuerdo su rostro. Su voz, esa voz que nunca olvidaré, hablándome.


VI

Exodus abre con «Bonded by blood». El público comienza a reaccionar y sacude sus cabezas al ritmo trepidantísimo de la canción [y de toda su presentación]. También comienzan a formarse slams. El que está detrás de él no es muy agresivo que digamos, pero sabe que si entra caerá de forma estrepitosa sobre los danzantes, quienes detendrían su baile para recoger su cuerpo desmayado. Es así que prefiere ahorrarse la pena y mejor observa los enormes, mamadísimos brazos de Tom Hunting aporrear los tambores en cada una de las canciones; a Lee Althus y Jack Gibson haciendo lo suyo en el bajo y la guitarra. Nota la ausencia del guitarrista fundador, Gary Holt, por andar de gira por sudamérica con Slayer. Ve a Steve Zetro Souza cantar con muchos huevos y agradecer también muy claramente al público por apoyar a la banda cada que vienen a México.

—Ya me tocó ver a los tres vocalistas de Exodus. A Rob Dukes, y a Paul Baloff, antes de que muriera. Ahora a Zetro Souza —le dice su amigo. Curiosamente él vio a Exodus en el cine Ópera un año después de que Mercyful Fate tocara ahí, en el 96.

—Tu hermano me dijo que habías ido al de Mercyful… —le pregunta el hombre.

—No, no fui. Pero supe que King Diamond se quejó porque a cada rato se les iba la luz…

Estos dos se encuentran al final del concierto. El amigo lleva la playera que él mismo diseñó, la que tiene el inmenso rostro de Diamond al frente [el rostro que inspiró, con su maquillaje en blanco y negro, a todo el black metal], los logos de las bandas en la espalda. Está empapado de sudor. Junto a él está su mujer, igualmente sacudida por la oscura marea del inframundo. Desde que inició el concierto procuraron irse lo más adelante posible. Desde ahí levantó la cámara de su celular para retratar al Rey Diamante [«Diamante Bandido», gritó alguien desde otra parte], a las gárgolas que vigilaban la puesta en escena, a la anciana siniestra en su silla de ruedas.

Para hacerlo tuvo que sobrevivir a Exodus y a su potencia sonora que, pese a resultar mermada por los ingenieros de audio, retumbó con toda su furia en cada track. Tuvo que soportar «War is my sheperd», el wall of death que se armó con «Strike of the beast».

—Ha sido uno de los mejores conciertos de mi vida —le dice, sonríe, y se limpia un poco el sudor del rostro.

Él, en cambio, en cuanto termina de tocar la banda que fundó Kirk Hammett antes de entrar a Metallica, procura hallar un lugar en el cual recargarse para esperar a Diamond. Lo encuentra en una barda del Palacio, junto a un hombre cuya gigantesca panza mira el oscuro cielo del domo. No hay nadie más junto a él, así que se sienta. Ya no está para esos trotes. Cierra los ojos una, dos, tres veces, y cada que los abre aquellas sombras rodeadas de niebla siguen esperando a que aparezca el show estelar. Entre otros sueños con su esposa muerta [donde la mujer le asegura que todo estará bien] escucha a quienes hacen el soundcheck, las rechiflas de la gente ansiosa, y luego mira la manta de letras rojas y fondo negro cubrir el escenario hasta que finalmente la oscuridad se adueña de todo y con ella llegan los gritos de entusiasmo de aquellos privilegiados por ver a una de las leyendas del género metalero.

Otra vez se levanta asustado y de sopetón. Camina hacia el escenario. De entre la gente destaca un hombre de unos cincuenta años que matea junto a su hijo, de unos catorce. Suena «Welcome home», del disco Them, cuyo sonido le recuerda lo que hizo después todo el black metal sinfónico. Pasada la rola que disfrutan juntos, el hombre le pregunta a aquel padre de familia cómo la están pasando.

—Muy chingón, desde chavo escuché sus discos y ahora le he tratado de transmitir eso a mi hijo: que escuche lo que es bueno…

El hombre se aleja de ellos. King Diamond no da tregua y se sigue con «Sleepless night», un trallazo acorde con su circunstancia.

El hombre se da cuenta que el público no solo escucha, sino que observa atónito la soberbia puesta en escena. Ha visto algunos conciertos, y por lo regular no se fija en las luces en el escenario, pero esta ocasión lo hace: cada tono de rojo, azul o sepia es indispensable para generar la atmósfera siniestra que los temas requieren. Gracias a las luces, aquel parece ser el lugar al que cualquiera puede llegar después de bajar de la carroza que ilustra el álbum Abigail, un disco adelantado a su tiempo, genial, precursor de composiciones de bandas posteriores, pero no siempre reconocido —por ignorancia, quizá— entre los grandes del género. La batería en esa grabación está a cargo de Mikkey Dee, uno de los bateros que más respeta este hombre y a quien pudo ver con Motörhead, Dios mediante.

Esta noche, treinta años después de su aparición, lo tocan completo. Su regocijo es mayor.

Y como pensó líneas arriba, sonar bien en el Palacio parecía una hazaña que solo Diamond consigue superar sin dificultad. Seguramente por eso fue la demora: o sonaban bien o no sonaban. Y vaya que lo hacen, especialmente el legendario guitarrista Andy LaRocque, quien suena como uno espera que suene cualquier músico en cualquier concierto. Así la banda se avienta las canciones del Abigail, con tal pulcritud que hasta el más exigente de los espectadores se queda sin aliento. O por lo menos le roba el sueño, como a él, quien esboza por primera vez una sonrisa cuando escucha su favorita del álbum, «A mansion in darkness» [junto con «Black horsemen»]. No le extraña entonces que otros amigos y conocidos suyos [a quienes ve ahí, o quienes lo postean en sus redes sociales] reconozcan lo impecable del espectáculo, un show que nadie se podía perder, al grado de que hubo quienes se arrepintieron de no ir.


VII

Todas las historias de amor son historias de fantasmas.

Es el título de la biografía del finado escritor David Foster Wallace. No sabe por qué platican de eso, pero el hombre le dice a ella que le parece un título hermoso. Van en un taxi hacia una taquería. Cuando entran, tampoco sabe por qué, él se detiene. Ve la espalda de una mujer que está sentada en una mesa, arrinconada en una esquina. Ve detenidamente su ropa, su bolso, su cabello… es la espalda de su esposa muerta.

Pero no está seguro, desde luego, así que espera un par de segundos hasta que la mujer se ríe.

Es su risa, no hay duda.

Sentado frente a ella, el hombre ve un demonio. El demonio que lo perturba cada noche.

Se observan. El hombre no había visto un rostro más aterrador.

Se congela, no se acerca. En su lugar toma del brazo a su acompañante y la saca de ahí. Ella no entiende por qué. Una vez fuera, y luego de encender un cigarrillo para recuperar el aliento, trata de explicarle lo que vio.

Ella le dice que es imposible:

—Tu esposa está muerta… además de que no existen los demonios —expresa, un poco preocupada.

Toda la noche se la pasa reflexionando lo sucedido, aniquilando un vaso de whisky tras otro, ya en su casa. En algún momento de su velada solitaria pone la canción «Melissa», de Mercyful Fate, celebrando que al día siguiente verá a King Diamond, sin prever que viajará casi muerto en el transporte público, sin saber que se detendrá frente al cine Ópera junto a otra mujer, como lo hizo alguna vez junto a su esposa.

Oh, Melissa, estás en mis sueños / estás conmigo cada día. Oh, Melissa, ¿realmente pude escuchar tu voz? / Oh, Melissa, ¿recuerdas los momentos que compartimos… las noches mágicas… el amor que tuvimos? / Jamás olvidaré tu sonrisa…

Algo de eso canta King Diamond en esa canción con su atril de huesos en forma de cruz. Con su sombrerito de copa; una imagen imitada por algunos asistentes, quienes portan esos sombreros y quienes llevan los rostros maquillados. Entre aquella horda de espectros que de pronto matean o cantan junto a los coros fantasmales que se esparcen por todo el Palacio, el hombre la escucha en vivo. Oh, Melissa. Agobiado por el cansancio, de pie cierra los ojos. Una tras otra transcurren las notas. Una a una, las lágrimas se le escapan. Abre los ojos. No le falta mucho para caer, para que el sueño lo venza, así que vuelve al lugar donde estaba el gordo con su panza mirando al cielo. Ahí sigue. Hecho mierda, desde donde está, observa el espectáculo del rey.


Texto publicado originalmente en Kaja Negra.

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