De réferi a hijo de la chingada


*Primera caída*

Apenas pone un pie afuera de aquel marco en forma de máscara gigante, ese que presenta y pone a la vista a todos los luchadores en su camino hacia el ring, el público lo recibe a gritos: “Rosas, chingas a tu madre”; “Órale, pinche Rosas, échale ganas, culero”. Todos lo conocen, todos lo esperan para intercambiar mentadas y disfrutar de un verdadero show; ya el niño regordete enfundado en payasito azul de la lucha pasada –una exhibición de jóvenes promesas de la lucha– ha dejado de ser el centro de atención.

Es así que Reyes Rosas (nombre y apellido respectivamente, ambos reales) baja los escalones trotando, uno a uno mientras choca las palmas con quienes las tienen estiradas y mientras la música de alguna banda de rock, metal, grupero o hip hop resuena en la que parece ser la única bocina de la Arena Naucalpan. Y Rosas (como le gritonean los espectadores) aguanta vara del improperio maximizado que se lanza contra su humanidad enfundada en el traje tradicional del réferi: pantalón negro y camisa a rayas negras y blancas alternadas que bien podría ponerse cualquier preso.

—Mira, te voy a hablar a título personal. Estaba trabajando en una línea de transportes con Alberto Arredondo, el Grillo, y por medio de él empecé a venir a la lucha otra vez. Yo venía de más pequeño, pero con él me nació nuevamente el gusto y mucho más fuerte. Y por medio de él me entró el gusanito de ser refere (así lo pronuncia Reyes, con “e”).

En el escenario ya están los gladiadores que esa tarde han de enfrentarse y partirse la madre para abrir el apetito de la gente que ha ocupado casi todos los asientos del recinto; media hora antes de las cinco de la tarde ya había una larga fila que esperaba entrar con el boleto de treinta pesos en mano, costo especial por la exhibición de las jóvenes promesas. Casi todos esos gladiadores se suben al ring de un impulso, apoyando primero la rodilla (derecha o izquierda) en el borde del cuadrilátero, y quedando hincados por un momento, se sujetan de la primera cuerda para ingresar. Lo mismo hace Reyes Rosas, pero con más lentitud. Detrás de él, su compañero el Sonrisas traspasa la segunda cuerda y ambos son nombrados por el presentador, aquel hombre que sostiene el micrófono y que también es directivo de la Arena.

La gente aplaude.

—De verlo cómo trabajaba. Yo creo que la mayoría de los referes y de los luchadores se han forjado con un ídolo. Por esa ilusión que tienen sobre el ídolo le nace a uno el gusanito de querer imitarlo, de querer trabajar en este ambiente que es tan lindo y tan hermoso. En los tiempos que yo empecé, de verdad, mi ídolo era, y seguirá siéndolo, el Grillo. Claro, respeto ante todo a los grandes referes, por ejemplo el Gran Davis, en gloria esté; el Maya, el Tigre Hispano, el Fresero que es de Toreo y aquí viene a visitarnos, y muchos otros que escapan por el momento a mi memoria. De hecho cuando empecé en el ambiente, por la herencia del Grillo, me hacía llamar el Hijo del Grillo o el Grillo Segundo, pero la gente se dio cuenta de que no soy hijo del grillo ni el grillo segundo, entonces se enteraron de mi nombre y así me conocen, Reyes Rosas, así se quedó.

Reyes (como también le gritan) levanta los brazos al cielo y se coloca en algún lugar de aquel escenario. Se escucha el pitido que el mismo hombre del micrófono resuena cuando ya está abajo y entonces Reyes camina en círculos, como los luchadores, observando cada uno de los detalles del encuentro. Se agacha, se acerca a ellos y espera. De pronto recarga el lomo contra las cuerdas, extiende los dos brazos sobre la tercera como si ésta fuera un sofá y estuviera viendo la lucha libre desde su televisor.

—Como habrás visto ahorita, en el encuentro que encabezaba el Imposible por un bando y por el otro el Emperador Azteca, en una pasada que le dan a un muchacho, éste cayó descompuesto. Te recuerdo esto porque yo lo vi, yo vi que cayó, pero por la perspectiva que tenía yo del golpe pensé que se había pegado en la cabeza, entre la cabeza y el hombro. Cuál es mi sorpresa que cuando recurro a auxiliarlo quiero agarrarle la cabeza, pero se gira y deja al descubierto el brazo y veo cómo lo tenía zafado. Mi primer reacción fue sostenerlo para que no lo moviera, para que ni él mismo se tocara y no hacer más grande la lesión. Uno es el primer espectador porque estamos más cerquita de los luchadores. Dada la experiencia que ya llevo en este deporte, que son diecisiete años, ya te das cuenta bien cuando un elemento está lastimado, cuando un elemento cae mal, o cuando lo golpean mal o cuando está totalmente noqueado; hay ocasiones en que les pegan en la cabeza y en el golpe no se ve, pero te das cuenta cuando el luchador está desorientado. La experiencia que hemos adquirido durante este tiempo es la que nos ha ayudado, no a diagnosticar porque no somos doctores, pero sí a darnos cuenta de que el elemento no está bien.

De pronto golpea una, dos veces la lona con la palma extendida para decretar las espaldas planas, pero el gladiador sometido resiste y se zafa de su agresor antes de que llegue el tercer golpe. Entonces Reyes Rosas se incorpora otra vez, casi al tiempo que aquél, y vuelve a observar. El público le grita algo y el réferi anunciado en la esquina inferior derecha del volante responde con un corte de manga. “Pinche Rosas, chingas a tu puta madre”. Éste se ríe, y entre tanto griterío su respuesta no alcanza a ser escuchada por su interlocutor, quien también se ríe junto con los demás porque seguramente ese pinche Rosas debió decir un buen chiste.

Porque si algo sabe hacer Reyes Rosas es hacer reír a la gente.

—Te voy a contar un secreto, ¿si? Pero si te lo cuento ya no va a ser un secreto, ja.

Y como cualquier otro luchador, el hombre que tengo sentado frente a mí, con la Arena ya vacía y a oscuras, entre los restos de fritangas esparcidas en el suelo, también tiene una identidad que ocultar:

—A grandes rasgos te lo voy a platicar. Lo que pasa es que, como te platicaba, yo entré a las luchas por invitación del Grillo, porque trabajábamos juntos. Entonces, mira, yo soy bien dicharachero, bien cotorro y bien despapayoso. No te puedo decir la palabra correcta por obvias razones, pero en ocasiones he participado en fiestas infantiles, como animador y echando tantito el cotorreo, y al Grillo le agradó la personalidad que yo reflejo en ese trabajo. Y me hizo la invitación y yo le dije estás loco, hombre, no es para mí; yo te admiro como refere, y la verdad eres mi ídolo pero al grado de que yo trabaje como refere hay un mundo de distancia. Y mira, el mundo se hizo pequeño, y aquí estoy.


*Segunda caída*

Fue así que Rosas se acercó de una forma distinta, impensada para él hasta ese día, a la lucha libre de la que tanto gustó desde pequeño; aquella que lo hizo llorar la vez que con su familia (su padre, su madre y sus dos hermanas) vio la despedida de Black Shadow. “Lloré junto con mis hermanas porque se iba un grande de la lucha libre”, me dice aún cuando no recuerda bien los detalles, pero sí tiene grabados perfectamente los movimientos que hacía el legendario luchador: una marometa, el giro y el tope invertido. “¿Cómo lo hacía el señor a su edad?”, se cuestiona Reyes Rosas frente a la grabadora. “Por eso le decían el hombre de goma”, concluye y rememora señalando el balcón de esta Arena, “ahí cerquita donde está ese barandal, a un ladito, ahí estábamos mis hermanas y yo, llorando porque el señor ya se iba. Y mis papás namás se estaban riendo”.

El hombre que nació en el Estado de México, en un pueblito que se llama Cahuacán (en Villa Nicolás Romero) hace exactamente cuarenta y nueve años, tres meses (“no puedo ocultar ya mi edad, claro, aunque aparento como sesenta, pero no”, bromea) lleva viviendo cuarenta y cuatro años en Naucalpan. Su papá los llevaba, no muy seguido, confiesa, porque las entradas eran caras  “y bueno, siguen estando caritas, y pos éramos tres hijos, y con la mamá y el papá, pues imagínate. Y luego que el refresquito, que la tortita, pus no, no alcanzaba”. De esos años hasta el momento en que Reyes Rosas decidió convertirse en quien es ahora, el tiempo transcurrió como un relámpago. De pronto el origen del réferi que tengo enfrente, de ese que se dice ser neutral aunque claramente apoye al bando rudo, se dio sin más y quizá como muchos otros orígenes en el ambiente donde también existen los técnicos:

—Sí, sí me acuerdo, fue en una fiesta en la colonia Santiago Ahuizotla, si la memoria no me falla. Tiene como dieciocho, diecinueve años, porque aquí voy a cumplir diecisiete años en mayo, pero ya andaba haciendo yo mis pininos, como le decimos en el argot luchístico, en los moles, en las fiestas de pueblo, en las fiestas de colonias, ahí es donde yo empecé a trabajar como refere. Imagínate, todo mundo desconocido para mí. El Grillo me platicó un poquito de teoría y un poquito de ejercicio. Nosotros como referes llevamos un tiempo en que tenemos que entrenar. No te voy a decir “entrenamos al ritmo de los luchadores”, pero también entrenamos, sí, elementos básicos de lucha grecorromana, colegial, entonces tenemos conocimiento de todo esto por obvias razones; debemos de saber cuándo un luchador está aplicando una buena llave. Hay ocasiones en que es tanto el dolor que ya ni puedes articular palabra, ora sí que con la gesticulación de la cara nos damos cuenta que el elemento que está recibiendo el castigo ya no puede. Son elementos básicos que necesitamos saber nosotros para poder desempeñarnos en el ring. Aquí es un deporte de contacto, pero uno de nuestros, se puede decir que un mandamiento de la lucha libre, es: “lucharé, competiré y gladiaré y nunca lastimaré a mis adversarios”. Aquí el profesionalismo es tal que entregamos cuerpo y alma allá arriba, pero allá arriba es una cosa, abajo es otra cosa. Aquí abajo somos compañeros de trabajo y arriba es a muerte, pero no con la intención directa o con la malicia de lastimar al compañero. En el momento de la lucha, a como te defiendas me defiendo, a como me des te doy.

—¿Y cuando se trata de dos réferis en el mismo encuentro, quién tiene la voz cantante en situaciones como la de hace un momento?

—Orita fue una confusión: yo di el conteo porque vi unas espaldas planas que estaba aplicando Orion a Black Terry; yo empiezo el conteo, pero llegó el otro refere, el Sonrisas, y me empujó, o sea me quitó la autoridad para poder decretar la victoria hacia cierto bando y ya después, alternando con él, me indica que Terry recibió un puñado de harina en la cara, lo cual significaba la descalificación del equipo contrario. Cualquiera de los dos, si, los dos tenemos la misma autoridad, el mismo criterio debemos de tenerlo; no hay uno que diga “yo soy el jefe y yo mando”, no. Me ha tocado trabajar con señores ya grandes en el ambiente y pues a respetar la jerarquía del compañero. Somos compañeros, tenemos la misma autoridad pero las jerarquías se respetan. Me ha tocado, mira, por ejemplo con el Teddy, Rafael Maya, Terror Chino, el Grillo, el Tigre Hispano, y jóvenes también que empiezan en este ambiente, me ha tocado debutarlos, ser su padrino.

Un pedazo de cinta rodeaba el antebrazo de Reyes Rosas durante su presentación. Lo llevaba puesto, pero en este momento de la conversación, no. Es parte del atuendo, de la personalidad que ha ido forjando con el tiempo el réferi. Al respecto, me cuenta:

—La gran mayoría de las actitudes que tomamos en el ring, te voy a ser sincero, ya las traemos, sí, pero por medio del ambiente adoptas otras cosas, incluyendo las groserías; somos léperos, somos majaderos, pero también es el mismo ambiente el que te envuelve. Esa imagen que tengo de dicharachero es por lo que te comentaba hace rato, por el trabajito que de repente desempeño en otros lugares. Hay una anécdota de unos muchachos que vinieron aquí a las luchas: estaba el mentadero de madres, ¿no?, entonces me pongo al tú por tú y, saliendo, unos muchachos me encontraron ahí en la puerta y me dicen, “oye, Reyes, tú no te enojas de que te mientan la madre”. Le digo no pos para qué me enojo, no mira, me mientas la madre, me enojo, nos agarramos a cabronazos, y si me das, salí perdiendo. Mejor me mientas la madre, te miento la madre y nos desahogamos todos. Aquí la mayoría de la gente, incluyendo los que estamos trabajando, venimos a desestresarnos, a desahogarnos, a sacar todo lo que no podemos sacar en casa o en el trabajo.

Sin embargo, ser el primer espectador en la lucha libre ha hecho de Rosas no sólo flanco de insultos o aplausos:

—Una ocasión, cierta parte del público me aventó una moneda y me pegó en el ojo. Entonces respondí a la agresión. La verdad yo ni cuenta me había dado de quién me había aventado la moneda, pero un compañero de los del staff me dijo: sabes qué, esa persona fue la que te golpeó, y pues respondí a la agresión. Fue allá afuera, en la calle. Es la única ocasión que he respondido a una agresión que sí me lastimó mucho, el dolor fue intenso; gracias a Dios no pasó a mayores, no perdí visibilidad, todo está perfecto, hasta me hice pipí en los pantalones del dolor ese día, se me salió tantito, la verdad, no es cotorreo, el dolor fue fuertísimo.

—¿Es tu papel, Reyes Rosas, el papel más difícil dentro del ring?

—Yo lo veo de dos maneras, mira. El papel más difícil, no te puedo decir “sabes qué, es el del refere”, no. El papel más difícil es el del luchador. Nosotros tenemos la facultad de poder decretar una decisión, pero no es nuestro trabajo el más difícil. Arriba del ring el trabajo difícil es de todos los muchachos que están desempeñando un trabajo allá arriba, porque tienen que resistir castigos, resistir llaves, tienen que tener condición física; el trabajo es físico y lo están haciendo ellos y el trabajo de autoridad lo desempeñamos nosotros. Pero en realidad todos tenemos un trabajo muy difícil.


*Tercera caída*

En la tercera lucha de la tarde unos payasos se suben al ring. Son dos. Son los retadores. Ambos llevan atuendos que entre los músculos pudieran verse ridículos y provocar risa. Tras la batalla, Reyes Rosas y Sonrisas los decretan vencedores en una caída. Todos extienden los brazos al cielo y la gente entre que aplaude y abuchea. En las gradas y en las sillas que rodean las cuatro esquinas del espacio azul hay muchos fanáticos de los rudos que vitorean la decisión de su réferi favorito. Imagino entonces a Reyes Rosas siendo el tercer miembro faltante de aquella dupla excéntrica: ¿nunca pensaste en ser luchador?

—Para esto conocí también al yerno del Grillo, el Cachorro, que le decimos, y él me entrenaba. Me decía “vente, acompáñame a entrenar”, y la verdad sí me gustó, nada más que yo tengo un problema en la zona lumbar, en la quinta vértebra. No pude seguir. Nunca debuté como luchador, nunca luché. De hecho ni entrené mucho tiempo. Ahorita lo poco o mucho que entreno más que nada es un poquito de carrera, de caminar. Ya no puedo hacer mucho ejercicio por el motivo de mi lesión en la zona lumbar.

Ni tiempo le dio a Reyes Rosas de pensar en algún nombre para cuando fuera luchador. Sin embargo, su destino, como el de muchos más que trabajan junto a él, hubiera sido igualmente irrevocable:

—Mira, de la lucha libre ya no vivimos. De verdad ya no se vive, y no te lo digo en sentido de queja, sino de tristeza. Si tú te diste cuenta, la Arena estuvo a la mitad. Pero hay funciones en que las entradas son de cincuenta, setenta personas. Entonces, con la parte que nos toca de sueldo pues no vivimos, y viéndolo de parte de la empresa pus tampoco sobrevive la empresa. O sea, debemos también tener visión y dar un agradecimiento a la empresa que se sacrifica, que sacrifica ganancias si tú quieres, para darnos un poquito de espacio para trabajar nosotros, que poquito o mucho que llevemos a la casa es un aliciente también, es una ayuda. Pero, lamento decirlo y con tristeza, ya no se puede vivir de la lucha libre. Los tiempos buenos de la lucha libre ya pasaron.

De tal modo que Reyes Rosas ha tenido que sortear estos años en el ring de distintos modos. No sólo apoyado por la mujer que desde varias sillas de distancia observa la entrevista y que ahora, después de treinta años de no verla, es su compañera de vida tras haber sido su compañera en la primaria. Reyes Rosas no sólo lleva a cabo el trabajo en el que no quiere revelar su identidad para sobrevivir: también se ha tenido que fletar un round sin límite de tiempo contra la muy ruda vida.

—Trabajábamos en una línea de transportes que se llamaba, porque creo que ya no existe, Transportes Naucalpan, una línea de transportes, camionetas y hasta tráilers que hacían servicio de fletes. Sí, yo soy chofer, se puede decir. He sido trotamundos. He trabajado hasta de mesero, imagínate. Pero mi fuerte mi fuerte es el transporte. Desgraciadamente la situación económica en la que estamos ahorita es un poquito dura: yo tenía una camioneta de tres y media toneladas para hacer fletes y mudanzas y ya la tuvimos que vender por la situación que estamos viviendo. Entonces ahorita estoy trabajando, si se puede decir trabajando porque hay muy poco trabajo y de hecho me dan trabajo nada más cuando se requiere, en un taller de torno. Cuando empecé a trabajar aquí en la Arena Naucalpan únicamente estaba el Grillo, mi jefe, mi papá aquí en la lucha libre, y en aquel entonces estábamos trabajando jueves y domingo, pero pues es cansadito, así que nos empezaron a auxiliar referes que nos traía la empresa. Para no hacerte el cuento largo, ahorita somos cuatro referes los que nos estamos turnando un miércoles, un domingo. No tenemos un día fijo.

Y el castigo, la llave de la que Reyes Rosas ha tenido que zafarse, proviene de todos los flancos, desde la primera a la tercera cuerda.

—Cuando llega la Honorable Comisión de Box y Lucha del Estado de México y te dice sabes qué, te equivocaste, hiciste esto mal, y pum, viene el castigo. Por una mala decisión, digamos, una cabellera o hasta una máscara, que le hagas un mal decreto, viene una sanción. O agrediste a un compañero de trabajo, viene una sanción por parte de la Comisión.

O desde la primera fila:

—Sí, desgraciadamente la gente se ha perdido de muchas cosas, luego hay luchas buenísimas buenísimas, y poca gente. Hubo una que sí me encantó, una lucha entre El Hijo del Santo y Doctor Cerebro por un campeonato mundial que tenía en su poder en aquel entonces El Hijo del Santo. Fue un luchonón, fue un luchonón; he refereado muchas luchas, pero de verdad el Doctor Cerebro en aquel entonces estaba en su apogeo, estaba en el momento preciso. Y El Hijo del Santo es un grande el señor, mucha gente lo conoce y no lo reconoce por el nombre que trae, no, el señor es muy bueno.

—¿Qué se necesita para que haya un luchonón?

—El desenvolvimiento de un luchador arriba del ring, conocimientos de toda índole: ejecuciones, lances, llaves, llaveo contra llaveo, castigos, resistencia, condición física…

Y del réferi.

—Hoy te vi empujar a un luchador del ring (uno que yacía a la orilla del cuadrilátero, y al que Reyes Rosas sólo pateó levemente para que cayera) —le recuerdo.

—No, le ayudé a bajar. Es que pobrecito, ya no podía ni moverse y le ayudé a bajar. Hasta me dio las gracias. Ya te imaginarás en qué idioma me dio las gracias.

La gente se ha perdido de muchas cosas, repito entre risas, y Reyes Rosas asiente. Él también se ha perdido de algunas. Además de la Arena Naucalpan ha refereado en la López Mateos. En auditorios, centros de convenciones, luchas ex profeso en fiestas de pueblo. Le han dicho que tiene madera para estar en la Coliseo o en la México. Es uno de sus sueños, me asegura, sin embargo sabe que es difícil: cada Arena tiene sus réferis, que se rotan, y que están ya establecidos. Pero no lo descarta, que un día su nombre esté impreso en algún cartel de esos recintos, bajo el manto del Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL) o de la Triple A (AAA), en los que es más fácil que un luchador se mueva. Porque los reflectores siempre están en el luchador, me dice Reyes sobre la entrevista, agradecido, y yo le pregunto, ahí sentados en las tinieblas de la Naucalpan, con la gente de los refrescos terminando de cerrar las hieleras y con el ring dormido, silencioso, como inigualable telón de fondo, qué es lo que lo mantiene en la lucha libre después de tantas funciones.

—El amor a este deporte. Todo, todo lo que se mueve en este ambiente. Te voy a platicar una anécdota muy bonita: en una ocasión que estuve castigado, estuve inhabilitado algunos días, algunos mesecitos (3 meses, acota), pero regresé, gracias a Dios; hablé con los patrones y, como me dijeron ellos “ahí está su lugar, joven, ahí está su lugar”. Fíjate bien, ese detalle sí me lo llevo hasta la muerte: voy bajando las escaleras y empieza la gente a gritar “ese Reyes”, porque ya ves que en el programa de mano, bueno ese que también ponen en la pared, al final ponen los referes. Pusieron Reyes Rosas y la gente me recibió como no te imaginas, echándome porras, empezó la gente: “Reyes, Reyes”. Y te imaginas, para una persona como yo, no ser famoso, bueno, la gente me conoce por la televisión, pero honestamente no tengo un nombre que sea muy conocido por ser refere, y que la gente en este santuario empiece a corear tu nombre, subí al ring y la gente seguía gritando “Reyes”. Yo lo único que hice fue un gesto de agradecimiento. La gente empezó “quiere llorar, quiere llorar”. En respuesta a eso y con perdón de la palabra dije “a huevo, sí lloro y cuál es el pedo”. Porque soy un humano, cabrón. Un humano que, se puede decir, estaba carente de amor, no de amor personal porque tengo a mi pareja, pero sí de que la gente te demuestre su amor, de que te lo grite, de que te lo manifieste. Eso quiere decir que hasta el momento has desempeñado bien tu trabajo. Es algo que agradecerle a Dios y principalmente al monstruo de mil cabezas que es el público.

—¿Y cuál es tu frase favorita dentro del ring para dirigirte a ese monstruo?

—La clásica que tengo es cuando, por ejemplo, termina una caída y le das el triunfo a los elementos: “ahí está” o “aquí está”, que significa un mentadero de madres, eso sí. O empieza la gente a gritarme “Reyes culero, Reyes culero”. Y me les volteo y les digo: “y para el año que entra me recibo de hijo de la chingada”.


Texto publicado originalmente en Kaja Negra.

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