Tu arma de ligue, mi objeto del deseo

Domingo, nueve de la mañana. Para este momento la pista de corredores está llena. El círculo que en Google Maps se precia perfecto aquí se torna un poco más ovalado; la tierra rojiza que lo recubre es pisoteada una y otra vez por corredores de todas complexiones y vestiduras. Entre todos ellos busco a mi entrevistada. Nunca la he visto en mi vida ni sé su edad. En un mensaje de texto me ha dicho que lleva chamarra morada, mallas negras y tenis fiusha. Yo, para desentonar, llevo una camisa roja de leñador. “Es más fácil que yo te identifique”, me dice, y es verdad: ya han pasado frente a mí, en los cinco minutos que llevo aquí de pie, unas cuatro mujeres con chamarra morada, mallas negras y tenis fiusha.

La mayoría de estas personas van corriendo con audífonos y mirando al piso. Me pregunto entonces si el motivo de mi visita a este sitio tiene algún sentido: ¿Cómo pueden ligar si van corriendo y escuchando música?

Pienso en eso cuando mi entrevistada llega.

―¿Samuel? ―dice cubriéndose la cara del sol mañanero con su mano derecha.

Me acerco a ella. Llegó trotando desde la puerta principal de este sitio, no muy alejada de donde estoy. Le doy la mano. Mucho gusto. En este texto la llamaré Hedoné, como la diosa del deseo y el placer. Caminamos unos metros sobre la pista, en la orilla, donde van los que caminan, mientras le platico en breve la razón de nuestro encuentro. Los corredores pasan uno tras otro; sus pisadas crujen sobre la arena carmesí. Decidimos buscar una banca donde podamos conversar sin distracción. Hallamos una a la distancia, debajo de unos árboles. El clima está húmedo, el viento fresco. Ella lleva una banda en la cabeza. La chaqueta perfectamente cerrada. Saco mi cuaderno y una grabadora. Antes de encenderla me dice:

―Esto es más común de lo que crees. Les comenté a unos compañeros que me ibas a entrevistar para esto y hubo quien me dijo sorprendido: ¿Eso pasa?

Hedoné tiene poco más de cuarenta años. Un par de hijos. Estuvo casada hace unos años, ahora está divorciándose. Trabaja en una importante institución cultural, y no está muy satisfecha con su sueldo. Aunque se siente plena con lo que hace, hoy, prácticamente todos los días, se dedica sobre todo a hacer ejercicio. A correr, principalmente, pero también a otras disciplinas, como el triatlón. Hoy, que amablemente permitió que la viera enfundada en su apretada licra negra, no muy lejos de unas personas que hacen ejercicios de calentamiento, me cuenta:

―De cuatro años para acá no he tenido pareja. Estoy en una etapa de madurez, de consentirme a mí, de aceptarme como soy aunque todos se pongan en un tu contra.

―¿Has hecho deporte toda tu vida?

―No, no toda la vida, pero fácil ya llevo entre diez doce años que me clavé mucho en la corrida. Ahora he hecho bici, también nado, he hecho triatlones. Pero me siento más corredora.

―¿Y cómo iniciaste?

―Empecé a correr porque mi exesposo corría. Se metía a las carreras de diez kilómetros. Entonces fue una motivación. Me dijo “vamos a correr, que no sé qué”. Empecé a correr con él y, bueno, se me hizo un hábito. En ese momento no trabajaba, me dedicaba al cien por ciento a mi casa y a mis hijos; lo veía como metas personales, me proponía lograr una carrera de cinco kilómetros, lo lograba y “ay, qué padre”, y así te vas picando: una de diez, una de quince, una de veinte. Y ahora un maratón. El que hagas un maratón completo es lo máximo. La satisfacción es increíble.

Aproximadamente medio año después de que inició, Hedoné comenzó a tomarle el verdadero gusto a correr. Aunque antes había tomado clases deaerobics, y había conseguido disciplina y buena alimentación, nunca había sido tan exigida como con este deporte. Una vez que estuvo bajo la guía de un entrenador consiguió mayor seriedad y objetivos claros. Definió sus capacidades.

―El correr ahora está de moda. Y mucha gente lo hace sin entrenar. Sucede que cuando he corrido la gente termina caminando, o se lesiona, o hace mucho tiempo, y es porque no lo toman como disciplina, no entrenan diario, no se comprometen. Está de moda ganarse una medalla porque terminaste una carrera, y subir la foto a Facebook.

Hedoné menciona algunos de los lugares que hay para correr en la ciudad: El Sope en Chapultepec, El Bosque de Tlalpan, Los Viveros de Coyoacán. Cuemanco. En estos sitios se preparan los corredores para enfrentar maratones y demás competencias, donde se requiere una preparación constante, diaria, para conseguirlas sin complicaciones de ningún tipo. Una vida que no imaginaba antes, cuando era ama de casa, con cierto sobrepeso, fastidiada, sintiéndose poco atractiva, insegura.

―Te da una sensación de plenitud. Mucha gente coincidimos en que te sientes vivo. Creo que ahí tiene mucho que ver la gente que está a tu alrededor. Empiezas a tener relaciones emocionales fuertes. Porque sentimos esa sensación al mismo tiempo.

Y menciona que, incluso, la gente con la que no tiene contacto de todos modos puede reconocerla, ya sea en otros parques o en competencias.

Hace tiempo, cuando su matrimonio estaba fracturándose, se mudó con sus hijos a otro país. Su marido los alcanzaría después; por asuntos del trabajo no podía hacerlo definidamente. Ahí, lo primero que preguntó Hedoné fue por un lugar dónde correr. Lo encontró, se hizo de un entrenador y de un grupo de amigos.

Fue ahí que se dio cuenta de que no quería regresar, de que no quería saber más de su relación: comenzaron los celos por la distancia y en su mente lo único que pasaba era la idea de separación. De la plenitud estando sola.

Fue ahí que Hedoné comenzó a ligar.

___

A él lo veo en un restaurante cerca de su casa y de su lugar de trabajo, en una distinguida zona habitacional de la ciudad. A él lo llamaré Epicuro, como el filósofo del hedonismo y el placer. Al igual que en la cita previa, llevo la misma camisa roja de leñador para mi fácil identificación.

―¿Tú eres Samuel? ―me dice cuando llega a la entrada del lugar.

―Mucho gusto.

Dentro de este sitio lo conocen bien. Él le habla por su nombre a los meseros. Por un momento me hace pensar que es el dueño, pero me dice que, aunque es empresario, son otros sus negocios. Nos sentamos en un gabinete. Pide café. Ambos hemos comido ya. El sol de la tarde se cuela por los inmensos ventanales del restaurante. Pronto, frente a frente, él con su constante y perfecta sonrisa, yo sacando mi libreta y grabadora, vamos tomando confianza. Le explico la razón de ser de este encuentro. Pregúntame lo que quieras, me asevera, y no tarda mucho en decirme que tiene casi cuarenta años, un par de hijos, que está separado de su mujer. Su situación económica, si bien no es Carlos Slim, advierte, le permite vivir con cierta holgura. El mesero sirve los dos americanos. El de él cortado con leche, el mío sin azúcar.

Epicuro me confiesa que nunca había estado interesado por el deporte ni nada parecido. Que su vida era el reventón absoluto, el alcohol, los cigarros, las mujeres. Que era adicto al trabajo, con jornadas de más de dieciocho horas, malpasado, sin dormir bien. Que pudo culminar enviciado en las drogas o en el alcohol o en ambas, pero que por fortuna se envició del ejercicio. Al triatlón (tres disciplinas que pueden practicarse en equipo pero que se entrenan individualmente: natación, bicicleta y carrera) llegó por su esposa hace un par de años. Ella siempre ha hecho ejercicio. “Maldita la pinche hora en que te invité a hacer esto”, terminó diciéndole a Epicuro tiempo después.

Me cuenta:

―Se practica en equipo porque los entrenamientos largos son sábados y domingos; nos juntamos todos en un solo lugar y vamos a rodar o vamos a correr, o vamos a correr y rodar. Dependiendo cuál sea la combinación que hagas puede ser que estés en un entrenamiento tres horas o en su defecto puedes terminar conviviendo ocho horas en un día, doce horas un fin de semana. Y si a eso le sumas que después de entrenar te quedas a desayunar o que tienes que salir de viaje, la convivencia se hace mayor.

En el restaurante hay unas pantallas donde transmiten un programa deportivo. Epicuro me cuenta que una de las razones principales por las que él entró a ejercitarse fue porque su esposa se lesionó en un algún momento. Durante su convalecencia él decidió correr por ella. Al principio se aburría, no le encontraba sentido al correr. Podía hacerlo, me dice, en cualquier sitio. Fue que con las personas que entrenaba le plantearon un nuevo objetivo: un maratón, que declinó por un medio Ironman (que, me explica, comprende natación 1900 metros, bicicleta 90 kilómetros, y medio maratón).

―En ese momento no sabía qué estaba diciendo, estaba bien pendejo, wey.

Así fue como empezó, para ver qué se sentía. Para entender a su mujer.

Sin embargo para él el deporte era tiempo perdido. Tiempo que podía disfrutar en otra cosa o para su trabajo. Eventualmente fue comprometiéndose con el equipo con el que entrenaba, tras ser muy indisciplinado cuatro meses.

―El día que yo supe que esto me podía gustar fue una vez que tuvimos un entrenamiento en una montaña. En aquella ocasión íbamos a correr trece kilómetros. Salimos a las 5 de la mañana, yo no había ido ahí en mi pinche vida, o una vez, pero me congelé. No conocía a mis compañeros de equipo [las rutinas y ejercicios que le mandaban por correo electrónico a él y al resto las podía cumplir por separado], ahí conocí a la chica con la que salgo ahora. Ahí nos presentaron. Ya que andaba ahí arriba en el cerro, sin agua, sin comida, sin ni madre. Estaba bien pendejo. De regreso me puse a llorar como bebé. Era una sensación rara. Fue estar un momento conmigo sin que me estén chingando mis clientes, mis hijas, mi vieja, nadie, cabrón. De ahí le agarré el cariño.

Hoy Epicuro sabe que después de hacer mucho ejercicio por tiempos prolongados la gente se pone sensible. Ejemplifica con una Miss Universo, quien llora no por estar donde está, sino por el esfuerzo que le costó llegar ahí. A partir de eso comenzó a entrenar más, aunque no lo suficiente: en un triatlón casi se ahoga.

―Creo que en esto se da mucho la gente poser. Los wannabe. Cabrón. Yo era uno de esos. El mar me puso una chinga. Terminé a huevo. Terminé muy mal por no haber entrenado.

De ahí, esta vez sí, se puso a entrenar de lleno, lo cual implicaba cuatro horas diarias. Aun viviendo con su familia se levantaba a las siete de la mañana y hasta la una entrenaba. Ya no vivía para trabajar. Pero la situación con su mujer ya estaba desgastada. Eran la familia perfecta, pero por fuera. No hubo momentos violentos, pues no hacían falta. Su problema, confiesa, fue la falta de comunicación.

―Llenaba un vacío afectivo ―me dice Epicuro sobre el triatlón―, de reconocimiento. Por primera vez en mi vida me juntaba con alguien que no tenía nada que ver con el trabajo, con dinero o con familia, o con otras cosas que hacía diario.

Epicuro encontró su objeto del deseo.

___

―Fue con un chavo mucho más chico que yo ―me dice Hedoné sobre su primer ligue, un tanto apenada, y prosigue―: recién casado. Tiene que ver mucho el que te ves diario, te pasas el teléfono, el whatsapp; terminas de correr y sigues la conversación, sigues el relajo en el chat. El coqueteo. No es tanto en la corrida, es más en los chats. Pero lo conocí ahí, era parte del grupo.

El contacto humano es inevitable en este parque. Aún con audífonos, las personas, es verdad, van muy cerca una de la otra. Son algunos, sin duda, quienes van solos. Situación que no ocurre únicamente en los ejercicios sino en las propias carreras, donde “de repente vas corriendo y mucha gente se te pega”.

Al principio no se había fijado en aquel joven. Se fue dando poco a poco. La primera vez que estuvieron juntos fuera de las pistas o del campo de entrenamiento acudieron en grupo a un partido de basquetbol.

―De la corrida va pasando a otros espacios, donde tienes más contacto, más plática, más charla. Nos divertíamos, echábamos relajo.

Fue entonces que el interés de ambos se despertó en plenitud. Cada uno se volvió una motivación más para acudir a los entrenamientos.

―Estás entusiasmado y motivado porque vas a ver a la persona que te gusta. Que te está ligando, que te quieres ligar.

Hedoné piensa que el joven fue quien dio los pasos más fuertes en el ligue. Me dice que difícilmente ella sería quien lance la primera piedra. Sin embargo no niega que, ante la disposición de ambos, ella aceptó la propuesta de avanzar.

―Para mí que un chavo quince años más chico que yo se fijara en una señora era wow. Me halagó. Le dio a mi amor propio y dije, bueno, no estoy tan jodida.

Antes de esa experiencia nada de eso ocurría en su vida. Ni ocurre, me dice, en ambientes como el de su trabajo. Su exesposo era indiferente con ella en ese aspecto. “Nunca me halagaba ni me decía qué bien te ves o te ves bonita”, me cuenta. Ella se sentía equis, insegura, cuando hoy se siente muy atractiva.

―Hasta que alguien viene y te lo dice.

Su romance duró apenas unos meses. “Los romances tienen que durar poquito”, afirma. La razón principal de dicha separación fue que regresó al país, e inició los trámites de su divorcio. No niega que lloró después de llamarle al joven para decirle que en ese momento no tenía cabeza para más. Jornadas diarias de más de una hora de ejercicio por las mañanas y posteriores comidas y eventos e interminables horas de chat tejieron lazos afectivos con él. Con el resto del grupo.

―Después del ejercicio nos echamos un café y no sabes, son horas y horas de plática muy a gusto. Yo ahora tengo un grupo tan fuerte que nos sabemos muchas cosas. Somos cómplices. Es que cuando tú vas corriendo, vas arreglando tu mundo. Cuando vas solo haces y deshaces tu vida. Y cuando vas acompañado se presta mucho para que vayas platicando de muchas cosas: de tus problemas, de tu trabajo. Te empiezas a desahogar. Y si estás con alguien que te gusta empiezas a compartir cosas fuertes. Se empiezan a hacer relaciones fuertes.

―No me puse a hacer deporte buscando ligarme a alguien, Samuel. La neta que no. En más de alguna ocasión la chica con la que me relacioné tuvo ciertas insinuaciones ―me dice Epicuro, quien no es muy de ligarse a las mujeres. Mientras bebemos café, confiesa que las mujeres le daban miedo. “Porque son cabronas”, afirma riendo.

―Una vez que le agarré el hilo a qué es lo que tenía que hacer, que era entrenar, toda esta gente se convirtió en mi familia, Samuel. Sustituyó a mi pareja, si así lo quieres ver.

De seis de la mañana a dos de la tarde estaba con ellos. Ese grupo de gente, dice, vive lo mismo que tú. Compartían sus problemáticas durante sus viajes cada quince días, en las sesiones de entrenamiento, donde, al verse vulnerables, conocen la parte humana del otro. La gente que corre, asegura, literalmente corre de sus problemas. La que hace triatlón, también. “Nos queremos fugar”.

―En la convivencia, si partimos del hecho de que lo haces para disfrutarlo, difícilmente vas a crear conflictos.

Epicuro me muestra en su teléfono una foto suya con un trisut, su traje deportivo. Le pregunto si ese de ahí en verdad es él. Me dice que sí. Es un hombre muy distinto portando ese atuendo al que tiene ahora: camisa y pantalón. En la foto sonríe ampliamente. Aparece con su ligue actual. Pero pasó mucho tiempo para que Epicuro consumara ese romance. El único que ha tenido en estos círculos, me asegura. Así que con detalles fue conquistando a la mujer con la que ahora sale, quien es casada y diez años más joven que él. Hubo mucho aguante de ambas partes. Ambos lo han comentado, ¿cómo aguantaron tanto en el cortejo, sin que pasara nada? Epicuro me dice que no era su prioridad. Que no era coger por coger. En el restaurante suena “Lamento boliviano”, de Enanitos Verdes. “Nena no te peines en la cama, que los viajantes se van a atrasar”. Epicuro atribuye que su casi nula promiscuidad, contraria a la de sus amigos y cercanos de sus negocios, se debió también al duelo de su separación. Para él la monogamia era la regla. No quería tener otra relación. Sentía que, de lo contrario, no podría parar. No quería meterse en problemas. No quería enamorarse.

Hedané y yo continuamos en la banca. Alguna que otra persona se ha sentado cerca, otras hacen ejercicios de calentamiento a unos metros. El movimiento de personas es cada vez mayor y el sol comienza poco a poco a hacerse sentir. Ella se quita la banda que lleva en la cabeza, y me cuenta qué pasó con sus ligues en el momento en que regresó al país, una vez que se unió a un entrenador y a un nuevo grupo de corredores.

―Acá fue con un amigo que conocí ahí, empezamos a ligar. Cero sexual pero seguimos platicando y mensajeándonos, ya no con la misma frecuencia de antes, pero sí cada quince días ―me dice bajo la cada vez más tenue sombra del árbol. Este romance fue un poco más largo que el anterior. En total ha tenido cinco ligues que tienen que ver con el mundo de la corrida. “Se puede”, me dice, pues al ser una mujer divorciada actúa con mucha mayor libertad. En su círculo se ha encontrado con parejas en restaurantes, parejas que en sus mundos son casados pero que al correr se juntan. “Se da muchísimo”, asegura. Correr y ligar, desde lo que ha visto, es muy común.

―La mayoría de los corredores son muy machos ―destaca Hedoné―, se da mucho el “yo soy fuerte”. Si corres y haces muchos tiempos y te va bien en la corrida te hace sentirte muy hombre. Muy ligador. Esa va a ser tu arma para poder ligar. El que digas: “yo he hecho 10 maratones, y me fui a hacer el de Nueva York, el de Miami”.

Es que le pregunto si esas armas han funcionado en ella, o qué es lo que le atrae de los hombres con los que liga. Porque no sólo por el hecho de correr es que se fija en ellos.

―¿Te digo algo?, siento que un atractivo para mí es que tengan cierto poder en el trabajo, en su profesión. No me gusta su poder en sí, me gusta la seguridad que les da ese poder. Un hombre al que le va muy bien en su chamba, que es exitoso, adquiere cierta seguridad. Esa seguridad es la que me atrae.

―Si he visto que hay personas que se meten a hacer ejercicio por ligar, por ver a quién chingados se tiran. Es un medio de conocer gente ―me dice Epicuro. En su círculo no es común, pero concede que existen las armas de ligue que menciona Hedoné: ―Sí hay. Siento que este tipo de deporte te lleva a viajar (un deporte muy caro, aclara, donde un viaje cuesta, por lo menos, diez mil pesos). Entonces me llevo a mi chofer. “Te llevo a mi chofer, pasa a tu casa y ahí nos vemos”. Haces uso de las necesidades del otro. A la gente la enamoras por lo que le hace falta. Ahora bien, si eres una mujer bonita y eres buena corriendo, nadando, haciendo lo que haces, garantizado que te van a llover los weyes. Y si eres hombre, no eres feo, eres atleticón y más o menos tienes [dinero], no tienes ningún problema.

―De mis generaciones o más arriba, son muy machos. Quieren estar siempre confirmando su hombría. Eso no me gusta. No están contentos con su vida de matrimonio, pero ahí siguen, no la dejan, no terminan relaciones, les da miedo salirse. Emocionalmente son pobres ―insiste Hedoné, quien alguna vez salió “con un chavo Ironman muy guapo, de dinero, de novia fresa, rubia, tienen que cumplir cierto patrón”.

Por su parte, a Epicuro no le importa si es buen atleta o no. “Si me concedes que vengo del sofá al maratón, me doy por bien servido”. Y confiesa que en el deporte halló un sitio donde depositar sus frustraciones, un lugar donde las pudo sanar. Pero que no le importa impresionar a nadie más que a él mismo. Que ahora es una mejor persona.

―He visto cómo una persona se ha transformado de que llegó al grupo súper conservador, serio, hablando de su familia, de sus hijos, y cómo se ha ido transformando, de ser muy informal a salir a entrenar fines de semana, compensando a su familia para que le den chance de venir y disfrutar ―dice Hedoné.

―¿Y cuáles son tus armas de ligue? ―le pregunto a ella.

―Me siento atractiva. A lo mejor no lo estoy, pero como me siento, a lo mejor la gente percibe algo en mí. Soy muy platicadora, sociable, abierta, hablo de temas que a las mujeres no les gusta hablar, soy franca. A veces siento que de repente les doy miedo.

El miedo al que sucumbió Epicuro:

―Me declaro culpable, wey ―me dice mientras golpea levemente la mesa donde estamos, mientras tiembla la taza del café vacía que está frente a él―: el tener demasiadas atenciones, no demasiadas [llevarla con su chofer a su casa, reparar su bicicleta, hacerle el desayuno, pedirle un té o un café sin azúcar], las atenciones necesarias. La parte interesante de esto, Samuel, es que terminas conviviendo tanto que haces vínculos de cariño, de amor, con buena o mala intención. Todos los detalles que tengo no los tiene en su casa, cabrón.

La casa, el lugar al que ambos, Hedoné y Epicuro, le ocultan su mayor secreto.

―No me siento mal, ni arrepentida, porque he sido honesta conmigo misma. Soy buena amiga, sé escuchar. He sabido de esposas que han venido a correr para cuidar al esposo, porque se enteraron de que el marido andaba ligando. O de alguien a quien el marido ya le prohibió ir a correr porque se enteró de los ligues.

Fue así que Epicuro entendió, a sus cuarenta años, que la monogamía no era lo único, que no necesariamente tendría que estar al lado de la madre de sus hijos. Alguna vez ha tenido que ejercitarse con ella, y tanto él como su pareja actual han tenido que disimular su relación. Hay, como dijo Hedoné, total complicidad: el mundo de su grupo de corredores es ése, y si intervienen factores externos –como las familias– nadie dice nada al respecto. Nada pasa.

El problema, confiesa Epicuro, es enamorarse. Es un excelente medio para ligar (cuarenta, cincuenta por ciento, calcula, lo hace para eso), pero el problema es enamorarse por el compromiso que eso puede acarrear.

Y él se enamoró.

___

Hedoné cree que es muy difícil que se vuelva a comprometer. Por eso ha salido con hombres casados. Porque no le van a pedir que se comprometa.

―¿Qué prefieres, correr o ligar? ―Le pregunto.

―Correr. Porque ligar lo puedes hacer en cualquier lado. La satisfacción que te da correr…

―¿Es mayor a la que te da ligar?

―…pues ahí se van.

―¿Cómo te sientes mejor, corriendo o ligando?

―Corriendo. En el ligue a veces la pasas bien y a veces la pasas mal. Y corriendo siempre te la pasas bien.

―¿Nunca te la has pasado mal corriendo?

―No, aunque luego sufres con las carreras, con los maratones, vas toda adolorida, pero es un dolor rico. Uno que dices “lo volvería a hacer”… Bueno igual pasa en el ligue, ¿no?


Texto publicado originalmente en Kaja Negra.

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