La madriguera

La anciana, que era casi ciega, alcanzó a distinguir al ratón que se desplazaba a toda velocidad, recargado en la pared, hacia la puerta que daba al patio. Apoyada en su bastón, la mujer salió detrás de él; supuso que el animal era el mismo que se había encontrado un par de días antes al destapar el retrete: aquel que confundió con un trozo de mierda hasta que éste comenzó a moverse en el agua y a chillar. Como fuera, la anciana quiso descubrir de dónde venía o dónde se escondía el ratón para ponerle una trampa (o veneno), así que husmeó entre las muchas macetas que estaban a lo largo de aquel patio. Con su escasa vista la mujer notó que en el piso, debajo de la última maceta (o la que le quedaba más lejos) había tierra esparcida; fue que la doña regresó unos pasos, tomó una jícara que sumergió en la pileta y, una vez que estuvo frente a la planta en cuestión, lanzó el agua helada esperando, por lo menos, atolondrar al animal que, estaba segura, se encontraba ahí. Y a pesar de que en su niñez esta mujer desarrolló la suficiente sangre fría para cortar de un solo tajo el cuello a los guajolotes, lo que vio (o lo que alcanzó a distinguir) después de la aspersión la hizo estremecerse: tan pronto sintieron el agua, pequeñas crías de rata comenzaron a revolotearse entre la tierra, como si fueran lombrices dorándose bajo el sol. Eso alcanzó a distinguir la anciana, que era casi ciega. Con los canosos pelos de punta y el escalofrío recorriendo su jorobada espalda, lentamente la mujer volvió a su casa apoyándose en su bastón y de la cocina tomó sendas bolsas negras para basura, luego volvió a donde la maceta y comenzó a echar la tierra “con todo y todo” para tirar tres bolsas repletas, de una vez, en el camión que pasó más tarde ese día. La anciana, que era casi ciega, le contó también al de la basura que al romper y rascar dentro de la maceta descubrió una auténtica madriguera: ahí se hallaban más crías de rata, unas vivas, otras muertas, entre trapos, ramas, y demás objetos que la madre había dispuesto para armarla y que, gracias a Dios, dijo la señora, apenas pudo ver.

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