Tu cerebro

Es raro caminar así a tu lado; yo con nada en las manos y tú con tu bolso enorme (el de siempre, uno negro, como de piel), solo que esta vez llevas en él (además de tus discos, tu maquillaje, tus dulces, e infinidad de cosas que siempre llevas) una caja metálica inmensa, una que se mira muy pesada y que contiene tu cerebro. Qué raro es, pienso, caminar así contigo mientras te tomo de la mano y entrecruzamos nuestros dedos, sin preguntarnos o comentar qué ha pasado, por qué llevas así tu cerebro, cargándolo en esa caja cuyo centro es visible gracias a un cristal transparente pero igual de grueso y resistente que el resto. Esto último lo sé no solo porque lo haya mirado, sino porque al menos dos veces, en lo que dura la caminata, azotas la caja contra el piso, furiosa, trastornada, y me dices: Ves, no hay problema, soporta muy bien cualquier cosa, y el líquido que la contiene y que resguarda tu materia gris se entremezcla con la sangre formando burbujas, provocando un estruendo que aterriza en las lágrimas que se estancan tras tu dulce mirada. Luego me sonríes y yo me siento afortunado de estar ahí junto a ti, como siempre me he sentido.

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